sábado, 14 de marzo de 2026

INVESTIGANDO EN INTERNET CAPITUO 1

 




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El aire en la habitación de JC vibraba con el zumbido constante de la laptop y el eco amortiguado de sus propias risas. Las persianas, a medio cerrar, filtraban el sol de la tarde en franjas doradas que danzaban sobre el polvo suspendido en el ambiente. JC, con su remera roja, se estiró en la silla giratoria, sus codos excavando en el cojín gastado. A su lado, Mike, envuelto en su buzo azul, se inclinaba hacia la pantalla, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Tenían catorce años, y la tarde se les escurría entre videos de patinadores torpes y compilaciones de bromas pesadas.

Esta es una locura, ¿viste? , JC murmuró, señalando un vídeo con el mentón.

Mike apenas parpadeó. No tanto como el último. El tipo se rompió la muñeca de verdad.

Un escalofrío recorrió la espalda de JC Nah, ese fue un montaje. Demasiado perfecto.

Se sumergieron en otro video, esta vez de gente intentando trucos de parkour y fallando espectacularmente. Las carcajadas llenaron la habitación, pero a medida que el vídeo avanzaba, la intensidad disminuía. Mike, con el pulgar, deslizó el cursor hacia abajo, buscando algo más.

Che, mirá esto, Mike dijo de repente, su voz bajando un tono. Sus ojos se fijaron en un recuadro lateral, una sección de Videos Personalizados que antes habían ignorado.

JC se enderezó, la curiosidad picándole. ¿Qué es? ¿Más gente cayéndose?

No. Es... diferente. Mike señaló la pantalla. Un anuncio parpadeaba, con un texto que capturó su atención de inmediata. Se requieren dos chicos entre 13 y 14 años para un video de nalgadas. Muy buen pago. Mandar fotos de frente y de espaldas, y si es posible, con traseros desnudos.

El silencio se instaló en la habitación, denso y cargado. Las risas se habían evaporado, reemplazadas por una especie de asombro mudo. JC sintió un calor subir por su cuello. Mike, a su lado, parecía haber quedado sin aliento. Sus miradas se encontraron, una chispa de travesura y sorpresa bailando en sus ojos.

¿Nalgadas? JC finalmente logró articular, la palabra sonando extraña en su boca.

Mike se encogió de hombros, pero sus ojos no abandonaron la pantalla. Parece que sí. Y... ¿traseros desnudos?

El recuerdo de la semana pasada, vívido y un poco vergonzoso, irrumpió en sus mentes. El partido de truco, la apuesta estúpida con los pibes del barrio: el equipo perdedor se sacaba una foto con el culo al aire. Ellos habían perdido. Y sí, tenían esas fotos. Dos de ellas, de hecho. Una con ellos abrazados de frente, sonriendo, y otra, la infame, donde se habían bajado los pantalones hasta los tobillos, mostrando sus nalgas redondas. El trasero de Mike era notoriamente más burbuja , como lo había descrito JC en tono de broma, aunque el suyo no se quedaba atrás.

Nosotros... tenemos esas fotos, ¿no? Mike preguntó, su voz apenas un susurro, como si temiera que alguien más los escuchara.

JC avanzando lentamente, una idea audaz comenzando a formarse en su mente. Las de la apuesta. Las que sacamos para reírnos.

Buen pago , dado. ¿Qué tan buen pago? Mike se mordió el labio inferior, sus ojos brillando con una mezcla de tentación y duda.

Nariz. Pero suena... interesante, JC musitó, su mirada fija en la pantalla, luego en Mike. Y... tenemos buen culo, ¿no?

Mike soltó una risita nerviosa. El tuyo no está mal. El mío es... bueno, lo sabes.

Lo sé, lo sé. El mejor. JC le dio un codazo suave. La tensión se rompió un poco, dejando espacio para una risa más genuina. Entonces, ¿y si lo hacemos? ¿Qué perdemos?

¿Y si nos descubren? Mike frunció el ceño.

¿Quien? Nadie va a saber que somos nosotros. Es internet. Y dice vídeo personalizado . Debe ser para alguien específico, no para que lo vea todo el mundo. JC intentó sonar más seguro de lo que se sentía. La idea era una locura, pero también... emocionante.

Mike se inclinó hacia la pantalla de nuevo, leyendo el anuncio en voz alta. Muy buen pago . Imagina lo que podríamos comprar. La nueva PlayStation. O una bicicleta eléctrica.

La perspectiva de dinero, y mucho, era un poderoso incentivo. Sus ahorros combinados apenas alcanzan para un par de juegos viejos.

Mandamos las fotos. Total, si no les gustamos, no pasa nada, JC sugirió, su voz ganando un poco de firmeza. Y si sí... pues vemos qué onda.

Mike asintiendo, una sonrisa lenta y traviesa extendiéndose por su rostro. Valle. ¿Cuáles eran? ¿Las del celular de tu mamá?

JC se levantó y fue a buscar el teléfono de su madre, que estaba cargando en la cocina. Regresó en unos segundos, las fotos ya en la pantalla. Las miraron, la imagen de sus traseros desnudos, redondos y pálidos contra el verde difuminado del parque, les hizo reír de nuevo. Era una foto divertida, inocente en su contexto original. Ahora, adquiriría un nuevo significado, y ligeramente más atrevido.

Este hijo, JC confirmó, un latido acelerándose en su pecho. La de frente también, por si acaso.

Mike ascendió. Abrieron la página web que mostraba el anuncio, buscaron el formulario de contacto y, con una mezcla de nerviosismo y euforia, adjuntaron las imágenes. Escribieron un breve mensaje, diciendo que tenían catorce años y estaban interesados. Luego, hicieron clic en Enviar .

Una vez que el mensaje se fue, un silencio diferente llenó la habitación. Era un silencio de anticipación, de haber cruzado un umbral. Se miraron, sus rostros reflejando la misma pregunta: ¿Qué acabamos de hacer?

Bueno, ya está, JC exhaló, como si hubiera estado manteniendo la respiración durante un tiempo.

Si. Ya está, Mike repitió, sus ojos aún fijos en el punto donde el botón de Enviar había estado.

La tarde siguió su curso, pero la ligereza de antes se había ido. Jugaron un rato en la consola, pero sus mentes no estaban del todo en el juego. Cada vez que el teléfono de JC vibraba con una notificación, ambos saltaban, esperando la respuesta. No hubo nada esa noche.

A la mañana siguiente, el sol ya alto, JC se despertó con el sonido de un mensaje en su laptop. Parpadeó, frotándose los ojos, y se incorporó en la cama. Mike, que se había quedado a dormir, aún roncaba suavemente en el colchón inflable en el suelo. JC abrió la laptop con un clic, el corazón latiéndole fuerte en el pecho.

Era un correo electrónico. El remitente era CustomVideo Productions .

Mike, Mike, despertate, JC susurró, la urgencia en su voz.

Mike gruñó, dando la vuelta. Cinco minutos más...

No, en serio. Nos respondieron.

Eso hizo que Mike se sentara de golpe, el sueño desvaneciéndose de sus ojos. Se arrastró hasta la cama de JC, sus ojos fijos en la pantalla. JC abrió el correo.

Estimados JC y Mike, leyó en voz alta, su voz un poco temblorosa. Agradecemos su interés en nuestra propuesta. Sus fotos son excelentes y cumplen con los requisitos. Nos gustaría programar una videollamada para mañana a las 16:00 horas para discutir los detalles del proyecto. Por favor, confirmen su disponibilidad.

Una ola de emoción recorrió a ambos chicos. ¡Lo habían logrado! O al menos, el primer paso.

¡Guau! ¡Esto es real! Mike exclamó, con una sonrisa de oreja a oreja.

Confirmamos, ¿no? JC preguntó, aunque la respuesta era obvia.

Claro que sí. ¡Confirmará!

JC tecleó una respuesta rápida y entusiasta, confirmando la videollamada. El resto del día pasó en una neblina de excitación y nervios. Intentaron parecer normales, pero cada vez que se miraban, una sonrisa cómplice se formaba en sus labios.

Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, se sentaron frente a la laptop de JC, el corazón golpeándoles contra las costillas. Habían ordenado un poco la habitación, como si eso fuera a disimular su nerviosismo. La llamada entrante apareció en la pantalla. JC hizo clic en aceptar.

La pantalla se encendió, revelando el rostro de un hombre de mediana edad, con el pelo cuidadosamente peinado y una sonrisa profesional. Detrás de él, una oficina pulcra y moderna.

Hola chicos. Soy el Sr. Vargas, de CustomVideo Productions, el hombre dijo, su voz suave y amigable. Gracias por unirse a esta llamada.

Hola, JC y Mike respondieron al unísono, sus voces sonando un poco más agudas de lo normal.

Bien, vamos directo al grano, continuó el Sr. Vargas, su sonrisa inmutable. Hemos recibido sus fotos y estamos muy impresionados. Tienen el perfil que buscamos para este proyecto en particular.

Mike le dio un codazo a JC, una mirada de orgullo en su rostro.

Como vieron en el anuncio, se trata de un video de nalgadas, explicó el Sr. Vargas, sin rodeos. Es un encargo de un cliente específico, que busca una recreación de una situación muy común en ciertos hogares. Y sí, es posible que el video, una vez aprobado por el cliente, se suba a nuestra plataforma como parte de nuestra colección de Custom Videos , si así lo desea.

JC tragó saliva. La idea de que el video pudiera estar en internet para que cualquiera lo viera era un poco intimidante, pero el muy buen pago seguía siendo un eco tentador en su cabeza.

Ahora, lo más importante, dijo el Sr. Vargas, su tono volviéndose un poco más serio. Ustedes son menores de edad. Por lo tanto, necesitamos la autorización escrita de uno de sus padres o tutores legales. Sin eso, no podemos proceder.

Los chicos se miraron, la emoción cediendo un poco al obstáculo. ¿Cómo le iban a decir a sus padres algo así?

Y... ¿de qué se trata el vídeo exactamente? Mike preguntó, tratando de desviar la conversación.

El Sr. Vargas sonriendo. Excelente pregunta. Se trata de una actuación. Contrataremos a una actriz profesional que interpretará el papel de la madre de JC. La trama es sencilla: la madre los encontrará a ustedes dos fumando a escondidas. Una situación clásica, ¿verdad?

JC y Mike se miraron de nuevo, un poco desconcertados. fumar. No fumaban, pero podían actuar.

Y como castigo por su travesura, la madre les dará a ambos una serie de nalgadas. Primero, con la mano abierta, y luego, con la madera de un cepillo de pelo ovalado. El Sr. Vargas hizo una pausa, observando sus reacciones.

Los ojos de JC se abrieron un poco. ¿Un cepillo de pelo? Eso sonaba... más intenso de lo que habían imaginado. Mike se encogió, un pequeño escalofrío recorriéndole.

Será todo muy profesional, por supuesto, aseguró el Sr. Vargas. Hay un guión, una dirección. Es una actuación, como cualquier otra producción. Queremos que sea creíble, pero siempre con su seguridad y bienestar en mente. Se les pagará una suma muy generosa por su tiempo y participación.

¿Y la autorización de los padres... cómo haríamos eso? JC preguntó, su voz un poco ronca.

Necesitamos que uno de sus padres firme un consentimiento informado, donde se detalle el tipo de video, el pago y su rol. Podemos enviarles el documento para que lo revisen. Entendemos que es un tema delicado, pero es un requisito legal ineludible. El señor Vargas mantuvo su mirada firme.

Un silencio incómodo se cernió sobre la videollamada. Los chicos se miraron, la pregunta flotando en el aire. ¿Estaban dispuestos a ir tan lejos? La idea de contarle a sus padres sobre un video de nalgadas era casi tan aterradora como la idea de las nalgadas mismas.

¿Y si... y si no queremos que se suba a la web? Mike preguntó, su voz apenas un susurro.

Podemos negociarlo con el cliente, respondió el Sr. Vargas, su tono algo menos flexible. Pero la compensación económica sería menor. El valor principal para nosotros, y para el cliente, es la posibilidad de que sea un producto que pueda comercializarse. Es un video personalizado , sí, pero también es contenido para nuestra plataforma.

Entendiendo, JC murmuró, sopesando las opciones. Menos dinero, menos exposición. Más dinero, más riesgo.

Piénsenlo, chicos, dijo el Sr. Vargas, detectando la indecisión. Tienen hasta mañana para decidir si quieren continuar. Si es así, me avisan y les envío el formulario de consentimiento. Si no, no hay problema. Agradecemos su tiempo.

Gracias, Sr. Vargas, JC dijo, la llamada terminó con un clic.

La pantalla volvió a la imagen de su escritorio. La habitación se sentía más pequeña, el aire más pesado.

¿Un cepillo de pelo? Mike dijo, rompiendo el silencio. Su voz sonaba un poco ahogada.

Si. Y lo de la autorización de los padres... JC se pasó una mano por el pelo. Eso es lo complicado.

¿Se lo vas a decir a tu mamá? Mike preguntó, sus ojos suplicantes.

JC se imaginó la cara de su madre. La furia, la decepción. La vergüenza. No lo sé. ¿Y vos?

Mi papá me mata, Mike dijo con firmeza. Me encierra hasta los dieciocho.

Bueno, pero es por una buena plata, JC intentó argumentar, aunque sonaba hueco. Podríamos decir que es para un comercial o algo así. Y que es una escena de actuación, que es todo falso.

¿Falso? ¿Y el cepillo de pelo? Mike replicó, con el ceño fruncido. Y el culo rojo de verdad, eso no es falso.

Un escalofrío real recorrió la espalda de JC La idea de un cepillo de pelo contra su piel, y la de Mike, no era tan divertida ahora. Pero la promesa de una suma considerable de dinero seguía flotando en el aire, una sirena tentadora.

Es una vez, dijo JC, tratando de convencerse a sí mismo tanto como a Mike. Y después, chau. Con la plata podemos hacer lo que queramos. Compra la PlayStation 5, la que sale el mes que viene. ¿Te imaginas?

Los ojos de Mike se iluminaron un poco ante la mención de la consola de juegos. La de la nueva generación... Sí, pero... ¿y si duele mucho?

No estás actuando, Mike. Acérdate. Es para un vídeo. No te van a lastimar de verdad. JC le puso una mano en el hombro. Además, estamos los dos. No va a ser tan malo si estamos juntos, ¿no?

Mike respiró hondo, la indecisión aún grabada en su rostro. No sé, JC. Esto es... esto es un montón.

Perder. Pero pensá en la plata. ¿Cuántas veces en la vida vamos a tener una oportunidad así de hacer algo así y que nos paguen un montón? JC insistió. Además, si no lo hacemos, siempre nos vamos a quedar con la duda. ¿Y si era una boludez? ¿Y si no dolía tanto?

Mike se rascó la nuca. Y la foto de nuestros culos ya la mandamos. Ya sabes cómo somos.

Exacto. Ya estamos a medio camino, JC lo animó. Solo tenemos que convencer a uno de nuestros viejos para que firme. Podríamos decir que es un casting para una serie de internet para adolescentes, que buscan chicos con carisma. Y que hay una escena donde te castigan, pero es todo falso y accionado.

¿Y lo de las nalgadas con cepillo? Mike levantó una ceja.

Eso no lo decimos. Decimos que es un contrato de confidencialidad y que no podemos hablar de los detalles. JC sintió una oleada de astucia. Mi mamá es más fácil de convencer que tu papá. La mía siempre quiso que yo hiciera algo artístico, aunque sea un extra. Podría decir que es una oportunidad para empezar.

Mike lo miró fijamente, sopesando la propuesta. Pero si se entera de lo del cepillo...

No se va a enterar. Firmará el papel, y listo. Después del video, no hay problema, aseguró JC, aunque una parte de él sintió un punzón de culpa. Vamos, Mike. Piénsalo bien. ¿Plata o quedarnos con las ganas?

El silencio volvió a caer, pero esta vez, era un silencio de deliberación. Mike cerró los ojos por un momento, imaginando la PlayStation 5, los nuevos juegos, la libertad de tener su propio dinero. La imagen del cepillo de pelo aún lo inquietaba, pero la tentación era fuerte.

Bueno, Mike finalmente dijo, abriendo los ojos. Había una nueva determinación en ellos, mezclada con un poco de miedo. Pero si duele mucho, te juro que te mato.

JC soltó una carcajada nerviosa, una sensación de alivio inundándolo. Trato hecho. Y si no duele tanto, me debes una pizza grande.

Ambos se miraron, una sonrisa nerviosa en sus rostros. Habían tomado una decisión. Una decisión que, sabían, cambiaría el curso de su amistad, y quizás, de sus vidas, de una manera que aún no podía comprender del todo. La aventura, extraña y un poco aterradora, había comenzado.

JC le envió un correo al Sr. Vargas, confirmando su interés en continuar. El productor respondió casi de inmediato, adjuntando el formulario de consentimiento. El documento era largo, lleno de jerga legal, pero el punto principal era claro: la autorización para que dos menores de edad participaran en una producción que involucra disciplina corporal actoral .

Esa noche, JC esperaba el momento oportuno. Su madre, agotada después de un largo día de trabajo, estaba sentada en el sofá, navegando por su tableta. JC se acercó con el formulario impreso, el corazón latiéndole como un tambor.

Mamá, ¿puedo hablar con vos un segundo? JC preguntó, su voz sonando más seria de lo que pretendía.

Su madre levantó la vista, una ceja arqueada. Claro, hijo. ¿Pasa algo?

No, no. Es algo... importante. Una oportunidad. JC se sentó a su lado, extendiendo el papel. Unos productores me contactaron a mí ya Mike. Es para un casting de una serie web nueva. Buscan chicos de nuestra edad.

¿Una serie web? ¿Mi JC actor? Su madre irritante, una pizca de orgullo en su voz. Contaminar.

JC le explicó la oportunidad , omitiendo cuidadosamente los detalles más escabrosos. Habló de la experiencia, de la posibilidad de ganar un buen dinero para sus estudios futuros, de la escena de castigo que era totalmente simulada y accionada, como en las películas . Su madre, siempre soñadora y con una vena artística, escuchó con atención. La idea de que su hijo fuera parte de una producción, aunque fuera pequeña, le atraía.

¿Y este papel qué es? preguntó, señalando el formulario.

Es el consentimiento. Porque somos menores. Es para que sepas que tenés conocimiento y autorizarás mi participación. Es un formalismo, explicó JC, con una naturalidad que apenas podía creerse a sí mismo. Hay una cláusula de confidencialidad, por eso no puedo contarte todos los detalles de la trama, mamá. Pero es algo inocente, de adolescentes, no te preocupes.

Su madre leyó el documento, sus ojos recorriendo las líneas. JC observó su rostro, buscando cualquier señal de duda o sospecha. Pero ella parecía más interesada en la idea de que su hijo pudiera estar actuando .

¿Y el pago? ¿Es bueno? preguntó, volviendo al pragmatismo.

Muy bueno, mamá. Suficiente para comprarme esa guitarra que quiero, y para que Mike y yo ahorremos para la universidad, JC exageró un poco, pero la cifra del Sr. Vargas era realmente tentadora.

Finalmente, con un suspiro, su madre tomó la lapicera. Bueno, si es una oportunidad para vos, y es algo sano... confío en tu juicio, JC Firmó el documento, su rúbrica elegante y decidida.

Un peso gigantesco se quitó de los hombros de JC Sonrió, sintiendo una mezcla de alivio, triunfo y una punzada de culpa. Gracias mamá. Te juro que no te vas a arrepentir.

Al día siguiente, JC escaneó el documento firmado y se lo envió al Sr. Vargas. La respuesta fue rápida y entusiasta. Excelente, JC Todo en orden. Les enviaré los detalles para la sesión. Será en un estudio que acondicionamos para que parezca una casa. La madre ya está lista.

Los siguientes días fueron una mezcla de euforia y ansiedad. Hablaban del dinero, de lo que harían con él. Pero también de las nalgadas, del cepillo, de la vergüenza. La realidad del actuar se cernía sobre ellos, cada vez más tangible. La fecha se acercaba, y la tensión crecía con cada hora que pasaba. Los dos chicos, inmersos en su pequeña conspiración, se preparaban para la intensa sesión de azotes que les esperaban. La inocencia de la apuesta del truco se había transformado en una aventura que prometía mucho más que unas simples risas. Y sabían, en lo profundo de sus jóvenes corazones, que no había vuelta atrás.

LA CURIOSIDAD DE ADRIÀ CON SU ABUELA 2ª PARTE

 https://relatospanalesyazotes.blogspot.com/2021/01/la-curiosidad-de-adria-con-su-abuelo.html


La semana se arrastró, cada día una dulce tortura para Adri. Las imágenes de su abuela, la sensación de sus manos firmes en su piel, el ardor y el placer, se repetían en su mente, un bucle constante que lo mantenía en vilo. Contaba las horas, los minutos, hasta el sábado. El recuerdo de esa primera nalgada, el impacto inicial, el dolor que se transformaba en una extraña excitación, era como un fuego latente en su interior.

El sol de la mañana sabatina encontró a Adri despierto mucho antes de lo habitual. Se duchó, el agua fría no logró calmar el torbellino en su estómago, y se vistió con el mismo jogging azul de la semana anterior. Era un talismán, un uniforme para su aventura secreta. Al llegar a casa de su abuela, el aire olía a café ya una promesa tácita.

Su abuela abrió la puerta, una sonrisa cálida en su rostro. Adri qué alegría verde!

Hola Abu. ¿Cómo andas? Adri se acercó, un abrazo fugaz, pero cargado de anticipación.

Pasa, pasa. Justo un tiempo. ¿Qué te parece si repetimos el ritual del sándwich y la Coca-Cola? Su abuela le guiñó un ojo, su mirada cómplice.

Se sentaron en el sofá, el mismo donde la semana pasada había comenzado todo. Su abuela regresó con el plato rebosante y la bebida burbujeante. Adri mordió el sándwich, el sabor familiar se mezclaba con la adrenalina que corría por sus venas.

¿Qué tal la semana, campeón? La abuela observó a su nieto, una chispa divertida en sus ojos.

Uff, Abu. Larga. Pensé en... en lo del sábado pasado, un montón. Las palabras de Adri salieron un poco atropelladas, su voz teñida de un anhelo apenas disimulada.

A ella le sonó, un sonido ronco se escapó de su garganta. ¿Ah, sí? ¿Y qué pensaste, picarón?

Adri se atragantó un poco con el pan, sus mejillas se encendieron. Pues... que me gustó. Mucho. Y que ya quiero que sea hoy.

Jajaja. ¡Qué descarado! ¿Te gustó el castigo ?

Sí, Abu. Me ardió el culo por días, pero... valió la pena. ¿A ti también te gustó? Adri levantó la vista, sus ojos celestes brillaban con una mezcla de inocencia y atrevimiento.

Ella apoyó una mano en la rodilla de Adri , un gesto tranquilizador. Digamos que me devolviste las ganas de algunas cosas. Y sí, verte disfrutar, aunque fuera entre lágrimas, fue... interesante. La voz bajó un tono, una confianza. Me hizo recordar viejos tiempos. Tiempos donde yo era el que ponía orden con... más contundencia.

¿Cómo con mis tíos?

Exacto. Aunque ellos no eran tan... entusiastas como tú. Una risa compartida llenó la sala, rompiendo la tensión. Bueno, ya charlamos y comemos. ¿Estás listo para la segunda parte?

Adri tragó saliva, sus ojos fijos en los de la abuela. Más que listo. ¿Empezamos con la mano, como precalentamiento?

Buena idea. Hay que preparar ese culito para lo que viene. La abuela se levantó, su mirada se detuvo en el jogging azul de Adri Veo que te pusiste tu uniforme de batalla.

Adri ascendió, su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Si. Es el de la suerte.

Ella se sentó en el medio del sofá grande y le hizo un gesto a Adri de ir hacia el mueble de tres plazas. Adri obedeció, su cuerpo vibraba con la expectativa. Ahora recuéstate, apoya la pelvis sobre mi regazo. La cabeza y las manos en el cojín, cerca de este brazo, y las piernas en el otro.

Adri se acomodó, su cuerpo se moldeaba a la postura indicada. Su trasero se elevó, expuesto, una invitación silenciosa. Ella notó el familiar jogging azul, una sonrisa se dibujó en sus labios. Sus ojos se fijaron en las nalgas de Adri , ahora prominentemente levantadas. Estiró una mano, sus dedos rozaron el elástico del pantalón.

Vamos a liberar a esta hermosura. Ella tiró del elástico, bajando el jogging y el calzoncillo al mismo tiempo. Adri , con un movimiento instintivo, levantó las caderas, facilitando la tarea. La tela se deslizó, revelando el blanco y tierno lienzo de sus nalgas.

Su abuela suspiró, una mezcla de admiración y deseo en su mirada. Sus manos grandes y cálidas se posaron sobre las nalgas de Adri , acariciándolas con una ternura que contrastaba con la inminente dureza. Masajeó la piel, amasándola suavemente, explorando cada curva, cada milímetro. Adri cerró los ojos, un gemido se escapó de su garganta, la anticipación era casi insoportable.

Qué piel tan suave, Adri . Una obra de arte. La voz era un murmullo cercano. Pero ahora, la obra necesita un poco de color.

El primer golpe cayó, seco y contundente, en la nalga derecha. *¡SPANK!* Adri se encogió, un pequeño grito ahogado. ¡Sí!

Eso es solo el comienzo, mi pequeño pervertido. Su abuela alternó las nalgas, una y otra vez, en cada nalga, en el centro, arriba y abajo. Sus manos se movían con precisión, sin dejar un centímetro sin azotar. *¡AZOTAR! ¡AZOTAR! ¡SPANK!* El sonido resonaba en la habitación, un ritmo primitivo y adictivo.

El dolor se intensificó, un fuego ardiente se extendió por sus nalgas. Adri ya no podía contener los gemidos, que se transformaron en sollozos. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, mojando el cojín. Su cuerpo se sacudía con cada impacto. Sus nalgas, antes blancas, ahora se teñían de un rojo vibrante, más intenso que cualquier tomate maduro.

¡Ay, ay, ay! ¡Abu, me duele! ¡Por favor! La voz de Adri era un lamento, pero en el fondo, una parte de él anhelaba más. El placer del dolor, la humillación, la entrega, lo envolvía.

Su abuela no se detuvo. Sus manos seguían su implacable danza, golpeando con una fuerza calculada, pero sin piedad. El rojo se hizo más profundo, casi púrpura en algunos puntos. De repente, una sensación de calor se expandió por la entrepierna de Adri . Un chorro de esperma se liberó, empapando la falda de su abuela.

Adri se estremeció, la vergüenza y el éxtasis colisionando. Perdóname, Abu... Su voz era un hilo, ahogada por los sollozos.

Ella detuvo su mano por un instante, su rostro se inclinó. Perdonarte, ¿por qué, por hacerte pis blanco? Y con esas palabras, dos nalgadas más, duras, resonaron en las nalgas de Adri . *¡AZOTAR! ¡AZOTAR!*

¡Sí! ¡Me duele, Abu! ¡Pero me gustó! Adri hipó, su cuerpo aún temblaba.

Su abuela se incorporó, una sonrisa en su rostro, su mirada brillaba con una mezcla de satisfacción y picardía. No hay problema, campeón. Mientras me cambio, ves al rincón. Manos en la cabeza, nariz pegada a la pared, y que se te ve bien ese culito rojo. Y cuando vuelva, traigo el cinturón.

Adri , con el cuerpo dolorido pero la mente embriagada, ascendiendo. Se deslizó del regazo de su abuela, sus piernas temblaban. Caminó con dificultad hasta el rincón, la piel de sus nalgas ardía con cada paso. Se apoyó contra la pared fría, las manos entrelazadas sobre su cabeza, su nariz tocando la superficie. Miró hacia atrás, sus nalgas, ahora de un rojo intenso y palpitante, eran una exhibición innegable de lo que acababa de suceder.

Ella regresó, el cinturón de cuero en su mano, un objeto que parecía cobrar vida propia en sus dedos. Se sentó en el sofá, justo enfrente de su nieto, sus ojos fijos en las nalgas expuestas de Adri .

Qué lindo culito, nietito. Bien, bien rojito y calentito. La voz de su abuela era un ronroneo bajo, cargada de una admiración casi tangible.

Adri , aún con la nariz en la pared, giró ligeramente la cabeza, una sonrisa traviesa asomando entre sus lágrimas. Me duele, pero me gusta... dijo Adri

La abuela soltó una carcajada, el sonido grave llenó la habitación.  te gusta que te lo pongan así, ¿o no? Se levantó, el cinturón chasqueó en el aire, un sonido seco y amenazante. Prepárate para el cinto, ahora. Por eso, te quiero todo desnudo, doblado en la parte posterior del sillón, con las manos apoyadas en los cojines de los asientos.

Adri obedeció sin dudar. Se despojó de su camiseta y sus calzoncillos, dejándolos caer al suelo con un susurro. Su cuerpo joven, esbelto y ahora completamente expuesto, se dobló sobre la parte posterior del sofá. Las manos se apoyaron firmemente en los cojines de los asientos, elevando ligeramente sus caderas. Sus nalgas, aún rojas y palpitantes por el castigo manual, ofrecían un blanco tentador.

Todo tuyo, mi culito, Abu. La voz de Adri era un susurro jadeante, una mezcla de dolor y deseo.

Ella se acercó, sus pasos resonando con una autoridad silenciosa. Dobló el cinturón, la hebilla metálica brillando bajo la luz. Lo hizo sonar en el aire, un *¡WHAP!* seco que erizó los pequeños vellos de la piel de Adri . Luego, con una presión deliberada y una fuerza contenida, lo estrelló en el centro de las nalgas de su nieto.

¡AAAAAHHH! El grito de Adri  llenó la habitación, agudo y prolongado. Su cuerpo se tensó, las manos se aferraron con fuerza a los cojines, sus nudillos blanqueaban.

Ella vigilaba la marca roja que el cinturón había dejado, una línea perfecta que cruzaba las nalgas. Sigo. La palabra fue una promesa, una amenaza.

Adri , con el aliento entrecortado, levantó la cabeza. Sí, Abu... duele, pero puedo seguir. Una súplica apenas audible. 

La abuela ascendiendo, una chispa oscura en sus ojos. Levantó el cinturón de nuevo, el cuero silbó en el aire antes de estrellarse contra las nalgas de Adri . *¡WHAP!* ¡AAAAHHH! Otro grito desgarrador, esta vez con un matiz de éxtasis.

El cinturón subió y bajó, una y otra vez, con un ritmo implacable. Cada golpe dejaba una nueva marca, una línea roja que se sumaba a las anteriores, entrelazándose, cruzándose, creando un mosaico de dolor y color. Las nalgas de Adri se transformaron, de un rojo tomate a un violáceo intenso, salpicado de moretones que comenzaban a aparecer. El cuero del cinturón se pegaba a la piel sudorosa, dejando impresiones temporales, una topografía de castigo.

Las lágrimas de Adri fluían sin control, empapando el sofá. Su cuerpo se retorcía, intentando escapar del impacto, pero al mismo tiempo, buscando más. Los gritos se mezclaban con jadeos y gemidos, una sinfonía de dolor y placer que llenaba el espacio.

Por hoy, es suficiente. La voz de la abuela cortó el aire, un bálsamo inesperado. El cinturón cayó suavemente al suelo. ¿Qué tal, Adri ?

Adri , sollozando, se enderezó lentamente, sus nalgas pulsando con un dolor agudo. Me dolió un montón, Abu... pero me gustó. Te pasaste, abuela. Las palabras salieron entrecortadas, su voz ronca por el llanto.

Ella irritante, una expresión suave en su rostro. Recogió el cinturón y lo dejó a un lado. Luego, se sentó en el medio del sofá, haciendo un gesto para que Adri se recostara de nuevo en su regazo. Esta vez, no era para castigar.

Adri se acomodó, su cuerpo aún tembloroso, su respiración irregular. La abuela tomó un tubo de crema de un cajón cercano. Abrió la tapa, el aroma mentolado llenó el aire. Con sus dedos, comenzó a aplicar la crema en las nalgas de Adri , extendiéndola suavemente, acariciando cada centímetro de la piel herida.

Ahhhhhh... El alivio fue instantáneo, un escalofrío de placer recorrió el cuerpo de Adri . La frescura de la crema calmaba el ardor, las caricias de su abuela eran un bálsamo. Sus manos se movían con ternura, masajeando los moretones incipientes, suavizando las líneas rojas.

Ella observó las nalgas de su nieto, su obra de arte. Se quedó en silencio por unos cinco minutos, sus ojos fijos en la piel multicolor, una mezcla de rojo, violáceo y blanco. Adri , sintiendo la intensidad de su mirada, sonaba débilmente.

Cómo te calientas, abuelita. Un tono juguetón en su voz, a pesar de las lágrimas secas en sus mejillas.

La abuela levantó la vista, una sonrisa enigmática en sus labios. Y tú también, pequeño pervertido. ¿O no te acuerdas que fuiste tú quién me lo pidió?

Adri río, un sonido ronco y feliz. Sí, ya sé, abuelita, estoy bromeando. Yo también... querido, te quiero mucho, Adri . Yo también, te requiero Abu. Las palabras salieron con una sinceridad abrumadora.

Después de un rato, Adri se levantó. El dolor aún estaba ahí, pero era un dolor manejable, mitigado por la crema y las caricias. Se vistió lentamente, sus movimientos aún cautelosos. Se despidieron con un abrazo, un pacto sellado en el silencio.

El sábado que viene, ¿otro instrumento? La pregunta fue una invitación, una promesa.

Claro, Abu. Lo pensamos en la semana. Algo más fuerte, ¿no? Adri irritado, sus ojos brillando con una anticipación renovada.

Algo que te deje el culo aún más hermoso, mi Adri .

Adri ascendiendo, su corazón lleno de una emoción compleja y poderosa. Salió de la casa de su abuela, el sol de la tarde bañando las calles. La semana se había ido, y la siguiente ya se cernía, llena de nuevas promesas, de nuevos dolores y nuevos placeres. Su abuela, por su parte, se quedó en la puerta, observando a su nieto alejarse. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro. La vitalidad había regresado, el fuego había sido reavivado. La historia de sus nalgadas apenas comenzaba.

sábado, 6 de septiembre de 2025

EL DEBER DE PAPÁ 2


Oí que sonaba el timbre y Matthew, el más pequeño de mis hijos, saltó:
"¡Yo abriré!", se ofreció como voluntario el delgado y amigable niño de 10 años, dejándonos a mí y a sus dos hermanos para seguir viendo el rugby en la televisión.

"Gracias, amigo", reconocí, y los otros dos muchachos gruñeron en señal de agradecimiento.

Apenas un par de minutos después, Matthew volvió a la habitación, seguido de Alex, el hijo de 11 años de mi vecino. Su madre estaba soltera desde que su marido la abandonó cuando Alex tenía unos 4 años, así que el niño solía participar en las actividades de mis hijos, y yo era muy consciente de que yo era una especie de modelo masculino a seguir para él.

Alex, un preadolescente robusto pero no gordo, amaba los deportes, pero le apasionaba especialmente el teatro; ya había protagonizado varios anuncios de televisión locales. Su cabello rubio oscuro siempre era demasiado largo y siempre le tapaba los ojos. Pero esto le daba al atractivo niño, un poco bajo para su edad, una mirada deliciosamente traviesa. Esperando ser recibido por su energía y su sonrisa espontánea, me sorprendió ver que el niño de 11 años estaba al borde de las lágrimas. Antes de que pudiera decir nada, Matthew dijo:
"Por favor, papá". El niño de 10 años se puso serio: "Alex necesita hablar contigo. En privado".

Normalmente, me habría molestado la interrupción del rugby, pero la expresión de Alex lo disipó. Obviamente, el chico tenía asuntos serios que atender. Me puse de pie, le puse una mano en el hombro y lo guié con cuidado fuera de la sala, cruzando el pasillo hasta el comedor contiguo. Al cerrar la puerta, oí a mis hijos mayores preguntarle a Matt en voz baja qué pasaba, pero, por el tono de su voz, era evidente que Matthew no tenía ni idea de por qué Alex necesitaba hablar conmigo.

—Está bien, muchacho —giré al niño nervioso para que me mirara—, ¿qué puedo hacer por ti hoy?

—Mi madre —empezó Alex, mordiéndose el labio ligeramente por el nerviosismo— me dijo que viniera a pedirte que me dieras una paliza, igual que le das a tus hijos.

Me sorprendí. Aunque su madre nunca había dicho nada, siempre tuve la impresión de que no aprobaba el castigo corporal, sobre todo cuando se trataba de su precioso y mimado hijo.
"¿En serio, Alex?", pregunté con voz tranquila. "¿Y qué has hecho para merecer una paliza, hijo?".

"Le he estado robando dinero del bolso", soltó el niño de 11 años, luego bajó la mirada y una lágrima le resbaló por la mejilla, "y no es la primera vez. Lo he hecho muchas veces, y ella dijo que ya es hora de que me discipline de verdad".

"Ya veo", necesitaba saber más, "¿y qué opinas de esto? ¿Estás de acuerdo con ella? ¿Crees que esconderte de mí es el castigo adecuado para ti?"

"Sí, señor", susurró el niño.

Sabes que me duelen las palizas. Conoces a mis chicos desde hace tanto tiempo que les has hablado de que les den una paliza. ¿No te asusta eso?

—¡Sí, señor! —Alex lo dejó claro—. ¡Tengo miedo! Pero si tus hijos pueden, yo también. Sé que duele, pero todos dicen que sigues siendo el mejor padre del mundo, aunque les des una paliza brutal.

"Está bien, Alex", no tenía sentido seguir discutiéndolo con el preadolescente. Había venido a que le diera una paliza, y yo le haría el favor.

Abrí la puerta y asomé la cabeza por la puerta de la sala.
"Matthew, ¿podrías salir un minuto, por favor?".

El inteligente niño de 10 años apareció rápidamente, y su comportamiento expresó su aprecio por la atmósfera seria:
"¿Sí, papá?"

"Alex está aquí para que le des una paliza", Matthew intentó disimular la sorpresa; él también suponía que Alex nunca sería sometido a un castigo corporal gracias a su madre protectora. "Quiero que lo subas a tu habitación y lo prepares. Y también lleva el bastón, por favor. Luego baja".

"Sí, señor", asintió Matt, tomándose su papel muy en serio, luego se volvió hacia el chico un poco mayor, con simpatía escrita en todo su rostro, "vamos, Alex".

Matthew condujo a Alex por las escaleras y yo regresé a la sala de estar, y el jugador de rugby,
"¿Qué pasa papá?", uno de mis otros hijos no pudo resistirse a preguntar.

—Le daré una paliza a Alex en unos minutos —no tenía sentido no responderle al chico—, pero los detalles son personales. Así que déjalo ahí, ¿de acuerdo?

"Sí, papá", todos mis hijos eran muy amables y comprendieron que el dolor que le infligiría al trasero regordete de nuestro vecino sería suficiente castigo sin la humillación añadida de otros niños. No dijimos nada más mientras los tres seguíamos viendo el partido.

Después de unos 10 minutos, oí a Matthew bajar las escaleras trotando y entrar en la cocina. Se oyó el ruido de un armario abriéndose y cerrándose, y luego se oyeron los pasos de Matthew subiendo. Los otros dos chicos me miraron, sobresaltados. Era evidente que Matt había recogido mi bastón de menor tamaño y se lo había llevado arriba. Aunque mis tres hijos habían empezado a recibir azotes cuando cumplieron 10 años (el mayor ya tenía 13), sabían que Alex era un novato en esto de las palizas. Una paliza para él significaría un castigo severo.

"Está listo, papá", me dijo el niño mientras bajaba de nuevo y se sentaba a mi lado en el sofá.

"Gracias, Matt", respondí, pero no me moví. Esperaría hasta el descanso, en otros 10 minutos, antes de subir a darle una paliza a Alex. No le haría daño esperar unos minutos más, pensando en su escondite.

Tan pronto como sonó el pitido del medio tiempo, me puse de pie y, estoy seguro de que innecesariamente, advertí a los chicos:
"Quédense aquí, por favor, chicos. Me gustaría que le dieran privacidad a Alex para esto".

Todos los chicos asintieron. De todas formas, no tenían intención de subir. Aunque no existiera la amenaza tácita de ser apaleados si eran desconsiderados, eran chicos amables por naturaleza y comprendían a Alex.

Subí lentamente las escaleras, luego por el pasillo hasta llegar a la habitación de Matthew, tan ordenada como siempre, y cerré la puerta. Mi hijo, sin duda, había hecho un buen trabajo. Había colocado su propia silla de respaldo recto, con el asiento hacia afuera, contra el borde de la cama, e incluso le había puesto un cojín fino para que Alex tuviera un lugar cómodo donde apoyar las rodillas cuando le daban una paliza.

Me fijé en el bastón que yacía sobre la cama, junto con la camisa, los vaqueros y los calzoncillos de Alex, cuidadosamente doblados, y luego miré hacia el rincón donde Matthew había dejado al niño de 11 años. El niño, nervioso, miraba hacia la pared, con las manos en la cabeza, sin atreverse a darse la vuelta, ni siquiera al oírme en la habitación. Matthew le había dado buenas instrucciones. Alex tenía un rabo joven, abundante, redondo y regordete, a diferencia de los traseros delgados y musculosos de mis hijos; su palidez lo hacía aún más prominente contra su espalda y piernas bronceadas.

"Date la vuelta y ven y párate frente a mí, por favor, Alex".

Alex se giró e, instintivamente, al acercarse para pararse justo frente a mí, dejó caer las manos para cubrirse la entrepierna sin vello. Sabía que el preadolescente era muy tímido; mis hijos solían bañarse desnudos en nuestra piscina, una práctica que permitía como una diversión inofensiva, siempre y cuando no tuviéramos visitas adultas ni femeninas. Aun así, Alex siempre insistía en usar su bañador. Pero recibir una paliza se basa mucho en la sumisión, y Alex tendría que aprender a someterse a mí para que su castigo fuera efectivo.
"¡Manos atrás en la cabeza, jovencito!", le espeté.

Rápidamente, sorprendido por mi tono, sobre todo por mi amabilidad al acercarme cuando vino a pedirme que lo azotara, Alex obedeció. No hubo resistencia por su parte.
"Robar es un delito, Alex", comencé, "y uno que trato con mucha severidad, ¿entiendes?"

—Sí, señor —susurró Alex, incapaz de mirarme a los ojos.

Si fueras mi hijo, te darían al menos once latigazos con la vara; de hecho, probablemente catorce o incluso quince. Once es el mínimo, porque esa es tu edad.

"Lo sé, señor. Matthew me dijo que probablemente me tocaría eso", entonces el chico me miró brevemente, con sus grandes ojos azules llenos de lágrimas, "pero esta es mi primera paliza, señor. ¡No sé si podré con tantas!"

"Lo sé muy bien, Alex", comenté en voz baja, mientras me giraba y me sentaba en la silla donde pronto se arrodillaría el chico, "así que voy a ser indulgente contigo, ¡aunque aun así tendrás una introducción seria a las palizas! Ahora ven aquí".

Manteniendo las manos sobre la cabeza, el niño desnudo de 11 años se acercó a mí y lo acerqué con cuidado a mi lado.
"Te voy a dar una buena y fuerte nalgada en la rodilla con la mano, y luego te voy a dar seis de las mejores con el bastón. Espero que eso sea suficiente para que aprendas la lección".

—¡Oh, gracias, señor! —El alivio de Alex se notaba en su voz, pero era evidente que el niño no entendía el dolor que le causaría a su redondeado culito incluso la paliza que le iba a dar.

"Apóyate sobre mis rodillas, muchacho", le ordené, y, casi con entusiasmo, Alex se inclinó con cuidado sobre mi regazo. Su instintiva adopción de la posición tradicional colocó su trasero redondeado en el ángulo perfecto para la nalgada, y apoyé la mano sobre las mejillas regordetas del preadolescente.

Hacía tiempo que no me encontraba en esta situación, con un niño travieso sobre mis rodillas para azotarlo. Mis hijos habían dejado de hacerlo hacía años, así que disfrutaba del peso del robusto niño de 11 años, sumiso y tendido allí, esperando a que empezara a broncear su redondeado y blanco trasero. Apreté las nalgas de Alex para tranquilizarlo y luego levanté la mano, lista para comenzar un castigo que el niño desnudo jamás olvidaría.

Sorprendentemente, cuando apoyé la mano sobre el trasero desnudo del chico, disfrutando de la suave gordura de su cola, e incluso cuando volví a levantarla, claramente lista para empezar a azotarlo, Alex no hizo ningún esfuerzo por apretar sus nalgas expuestas. El niño había decidido someterse por completo a mi castigo.

Como siempre que doy una paliza, empecé a azotar al chico lenta, metódica y fuertemente, alternando entre sus sensibles nalgas y asegurándome de enrojecerle el trasero de forma uniforme. Solo cuando tuve un tono rosado oscuro y uniforme, me concentré en dónde centraría el resto de los azotes y los azotes: en la parte baja del trasero de Alex, de 11 años, donde la piel es más sensible.

Alex intentó ser valiente, y durante la primera docena de fuertes palmadas en el trasero, la única reacción del chico fue un jadeo sordo y una ligera sacudida. Pero las repetidas palmadas de mi mano sobre su suave y sensible trasero, sobre todo a medida que aumentaba el calor de los azotes, le afectaron rápidamente, y no tardó en gritar; era evidente que estaba llorando y empezó a retorcerse ligeramente en mi regazo. Pero se esforzaba por no moverse, así que no dije nada, solo le presioné la espalda con la otra mano para recordarle que se quedara quieto, y seguí dándole nalgadas.

Mi intención era usar los azotes como precalentamiento para los azotes, así que tuve cuidado de no magullar el trasero gordo que castigaba. En lugar de contar los azotes, usé el color del trasero de Alex y su reacción al creciente escozor de su cola para decidir cuándo parar. El niño desnudo de 11 años lo aguantó mejor de lo que esperaba, así que tenía el trasero muy rosado, con el enrojecimiento intensificándose en la parte baja del trasero, cuando decidí que esta parte de su escondite había terminado.

"Arriba, Alex", ayudé al niño que lloraba a levantarse, y me divertí al ver cómo sus dos manos acudieron de inmediato a calmar su cola irritada. A Alex ya no le preocupaba estar desnudo delante de mí. Su trasero dolorido se había convertido en el centro de atención. Típico de todos los niños de su edad cuando les dan una paliza en el trasero.

Dejé que el niño siguiera frotándose el trasero por unos momentos más, luego le ordené:
"Vuelve a la esquina, Alex", reforcé mis palabras guiando suavemente al niño travieso de vuelta a la esquina donde había estado cuando llegué a la habitación, "manos en la cabeza y no te muevas. Volveré a darte un azote en breve".

"Sí, señor", Alex había dejado de llorar, pero, por su tono, era evidente que aún estaba a punto de llorar, sobre todo al mencionar la vara. Sabía perfectamente que Matthew, de tan solo 10 años, había dejado de recibir azotes hacía años, y por lo tanto había subestimado enormemente el dolor de una nalgada. Era un niño inteligente y se había dado cuenta de que la vara sería mucho peor de lo que acababa de experimentar.

Salí de la habitación, dejando la puerta abierta a propósito. Alex no sabía que mis hijos no subirían, así que esperaba que al pasar lo vieran allí de pie, con las manos en la cabeza y su trasero rojo a la vista. Además, no tenía ni idea de cuándo volvería, así que no se atrevía a bajar las manos, pues no quería que llegara a la puerta abierta y tuviera que castigarlo aún más.

Bajé las escaleras y Matthew me preguntó de inmediato:
"¿Está bien, papá? ¿Agarró bien el bastón? ¿Puedo acercarme?".

Conociendo a Matt, estaba preocupado por su amigo y quería ir a consolarlo, aunque tenía la curiosidad natural que tiene cualquier niño cuando otro recibe una paliza, especialmente cuando el otro niño es un poco mayor y era su primera paliza.

—Está bien, Matt —confirmé—, y no, no puedes subir. Todavía tengo que darle la paliza; solo le di los azotes.

"Qué cobarde, sólo una paliza", no pudo evitar murmurar mi hijo mayor, Brad.

"Creo que has olvidado que es su primera paliza, jovencito", le espeté al tímido chico de 13 años, "¿quizás te gustaría quitarte los pantalones cortos y los calzoncillos y ponerte sobre mis rodillas para recordarte lo mucho que duele?"

—No, papá. Lo siento, señor —Brad se dio cuenta de que se había equivocado—. Fue una grosería de mi parte. No lo volveré a decir.

Asentí con la cabeza al chico, y los cuatro nos sentamos a ver un poco más de rugby. Aunque no dijimos nada, estoy seguro de que ninguno de nosotros olvidó, ni por un instante, al chico desnudo y con el trasero rojo que esperaba arriba a que le diera un varazo. Había planeado hacerle esperar al chico los cuarenta minutos completos de la segunda mitad del partido, pero después de solo diez minutos, decidí irme y acabar con aquello de una vez. Los azotes de Alex significarían que su trasero todavía estaría dolorido, pero necesitaba terminar con la paliza.

Me aseguré de hacer suficiente ruido al subir las escaleras para que Alex pudiera oírme llegar y, si se agarraba el trasero, tendría tiempo de volver a la posición correcta. No quería aumentar sus movimientos por algo tan insignificante como frotarle el trasero cuando se suponía que debía tener las manos en la cabeza.

Entré en la habitación de Matthew por segunda vez y cerré la puerta tras de mí, admirando al chico desnudo, con el trasero rosado, firme, con las manos en la cabeza, mirando a la pared en la esquina, exactamente como lo había dejado. El enrojecimiento de su cola regordeta se había desvanecido un poco, y decidí que el chico estaba definitivamente listo para la verdadera tunda de la tarde.

"¿Estás listo para terminar con tu escondite, Alex?"

"Sí, señor", asintió con la cabeza el niño desnudo de 11 años, todavía sin atreverse a darse la vuelta ni a bajar las manos.

"Cuando Matthew te preparó para tu castigo, ¿te explicó cómo espero que los niños se agachen para recibir el bastón?"

—Sí, señor —confirmó Alex—. Tengo que arrodillarme en la silla, inclinarme sobre el respaldo y poner la cabeza y las manos sobre la cama para que mi trasero quede justo arriba para que usted pueda azotarlo. Me hizo practicar para que pudiera hacerlo bien y no enfadarlo.

Sonreí. Típico de Matthew. Decidido a ser minucioso, e igualmente decidido a facilitarle al mayor la tarea de que le patearan el trasero.
"Agáchate, Alex".

Alex se dio la vuelta y, sin atreverse a quitarse las manos de la cabeza sin permiso, se acercó a la silla donde yo me había sentado para azotarlo antes. Solo entonces, el preadolescente desnudo bajó las manos y se subió a la silla, colocándose a la perfección. Matthew le había enseñado bien: me obsequió con un par de nalgas deliciosamente redondas y llenas, listas para ser azotadas. Al agacharse para las nalgadas, mis dos hijos mayores siempre apoyaban la frente en las manos, pero Matt siempre apoyaba la cabeza directamente en la cama y los antebrazos junto a ella. Así era como le había enseñado a Alex, y noté con satisfacción que el niño de 11 años incluso había separado las rodillas lo más que podían en el asiento de la silla.

Una vez más, me impresionó lo diferente que era el trasero de Alex al de mis hijos. Sus nalgas eran redondeadas y suaves, comparadas con las colas delgadas y bien formadas de mis muchachos. Decidí que ambas formas de trasero eran igual de atractivas, pero ansiaba la experiencia de azotar el delicioso trasero de Alex. Acaricié suavemente el trasero del chico, que tan sumisamente se me ofrecía, mientras me acercaba a él y recogía el bastón de donde estaba junto a su cabeza.

"Seis golpes, Alex", le recordé al nervioso preadolescente, golpeando la punta del palo primero en una mejilla redondeada, luego en la otra, y luego frotando suavemente la caña en ambas nalgas, suave y abajo, exactamente donde estaría azotando.

"Lo sé, señor". Debió de estar en la mente de Alex. Matthew le habría confesado que lo máximo que había tenido fueron tres, pero Alex tenía once y Matt diez. Y Alex no había recibido ya una buena paliza, como la que recibió Matthew aquel día, cuando recibió su primera, y hasta entonces única, paliza.

"Asegúrate de no moverte, incluso cuando termine la paliza", sentí que debía explicarle a Alex, "para que no haya riesgo de que te golpee las piernas o la espalda. De hecho, si te mueves, te daré más golpes, ¿entiendes?"

Alex solo pudo asentir, concentrado en los ligeros golpecitos que le daba en su pequeño y expuesto trasero. ¡Era el momento! ¡El chico estaba a punto de entrar en un nuevo mundo de dolor en el trasero!

Usando habilidad y técnica experta, en lugar de fuerza bruta, azoté con la vara el trasero desnudo de Alex. El sonido fuerte y agudo de una vara tradicional juvenil impactando a gran velocidad contra la piel desnuda del trasero de un niño resonó en la habitación. El golpe fue perfecto, con la agonía justa para un niño de la edad y experiencia de Alex. Insoportable, pero dentro de sus posibilidades.

Me impresionó la reacción del niño desnudo de 11 años. Gritó con fuerza en la cama, con el cuerpo estremecido por el dolor y la sorpresa de su primer latigazo. Pero no hizo ningún esfuerzo por apartarse de la trayectoria del arma de castigo para preadolescentes, ni siquiera cuando sintió que volvía a apuntar el bastón contra sus nalgas, expuestas y doloridas.

Como es mi costumbre cuando doy buenas palizas, esperé varios segundos, dejando que el chico asimilara la agonía y temiera el siguiente golpe. No tenía sentido apresurar una buena paliza. El chico tenía que sufrir el castigo lo máximo posible para que fuera realmente efectivo.

Con mi habilidad habitual, volví a golpear con el bastón las regordetas nalgas del chico desnudo, disfrutando el sonido del golpe (similar pero no idéntico al sonido del bastón azotando los traseros de diferentes formas de mis propios chicos) mientras mordía los cuartos traseros de Alex.

El tercer latigazo fue igual de efectivo, provocando un sollozo apenas ahogado del niño. Matthew se había levantado ligeramente tras cada azote, pero Alex se mantuvo estoicamente quieto. Sin embargo, sus dedos encorvados y su fuerte agarre al edredón de Matthew desmentían lo mucho que le dolía su primera paliza. Me agaché y le di un masaje rápido en el trasero dolorido, no tanto para aliviar el dolor, sino para asegurarle que, aunque le estaba haciendo un daño terrible, no le haría ningún daño real.

El cuarto golpe impactó contra las nalgas de Alex, y de nuevo el niño apenas logró contener un aullido al sentir la intensidad del dolor explotar de nuevo en su trasero desnudo, cada vez más dolorido. Inconscientemente, el niño de 11 años giró ligeramente el cuerpo, apartando su colita palpitante y ardiente de mí.

—Ponte derecho, Alex —ordené, agarrando suavemente sus mejillas regordetas y moviéndolas hacia donde debían estar—, solo faltan dos.

Alex no dijo nada. Sin duda había estado contando, y ahora estaba desesperado por terminar con su agonizante castigo. No creo que tuviera ni idea de lo doloroso que sería una buena paliza con la vara en su trasero desnudo. ¡Y estaba igualmente seguro de que no tocaría el bolso de su madre!

Por penúltima vez, azoté al chico que lloraba, cumpliendo con mi deber con mi precisión y habilidad habituales. Mi objetivo era azotarlo con fuerza en el trasero, y sin duda lo estaba logrando. Alex sabía que su castigo casi había terminado, y casi con orgullo ofreció su trasero para el último azote. Había logrado ser valiente durante tanto tiempo, y estaba decidido a terminar la paliza de una manera que me complaciera.

Sabiendo que más adelante Matthew, y probablemente mis otros dos hijos, admirarían las marcas de su amigo, le di al chico la misma paliza que le había dado los cinco azotes anteriores. Seis latigazos significaban que, aunque el chico había aguantado bien el castigo hasta el momento, aún necesitaba seis buenas verdugones para lucirse.

Alex se quedó quieto, tal como le había dicho. Le froté el trasero enrojecido y lleno de verdugones un momento antes de dirigirme al niño que lloraba, más por el alivio de que su calvario hubiera terminado que por el dolor de esconderse.
"Se acabó, Alex. ¿Has aprendido la lección?"

¡Oh, sí, señor! —Alex levantó la cabeza de la cama, pero mantuvo el trasero quieto y bien erguido, con la cara roja y húmeda por las lágrimas, pero una pequeña sonrisa de orgullo y gratitud era visible—. Nunca volveré a robar. ¡Gracias por tratar conmigo! Esto fue una agonía, pero me alegro de haber recibido una paliza, en lugar de que me castigaran o algo así. Al menos ahora se acabó. ¡Le preguntaré a mamá si puedes hacerme todos los castigos en el futuro!

Me agaché y les revolví el pelo a los chicos, luego puse el bastón sobre la cama.
"Puedes levantarte y, cuando estés listo, puedes vestirte. Baja el bastón cuando estés listo; mis chicos no subirán hasta que bajes".

"Sí, señor", Alex, sorprendentemente, no se movió, "gracias, señor".

Salí de la habitación, cerrando la puerta esta vez, dejando a Alex en esa posición, boca arriba. Era evidente que necesitaba asimilar lo que acababa de pasarle a su trasero, nunca antes destrozado, durante unos instantes.


EL DEBER DE PAPÁ 1


Matthew estaba sentado en su cama esperándome y se levantó rápidamente cuando entré en su habitación y cerré la puerta con fuerza. Vestido solo con su pijama ligero de verano, el alto y delgado niño de 10 años parecía particularmente vulnerable. Mantenía la cabeza gacha, avergonzado de mirarme a los ojos; su cabello castaño claro, corto y corto, comenzaba a pegarse a su frente, ligeramente húmedo por la ducha, pero también señal de su nerviosa anticipación. El preadolescente no se hacía ilusiones: su pequeño trasero iba a recibir una buena paliza, una experiencia nada nueva para Matt, pero desde luego no una sesión que le hiciera ilusión.

Tenía en la mano la carta que le habían dado a mi esposa cuando recogió a mi hijo del colegio. Suspendido solo un día, pero algo que nunca habría esperado de un niño normalmente amable y bien educado:
«Esta carta decía que tú empezaste la pelea, y que ni siquiera te provocaron, Matt. ¡Y que el chico al que golpeaste era Joe, tu mejor amigo! ¿Qué te pasó?».

"Lo siento, papá", el niño de 10 años luchaba por contener las lágrimas, "pero siempre juegan al fútbol en el recreo y yo tenía muchas ganas de jugar al rugby. Simplemente perdí los estribos".

Matthew era un apasionado del rugby. No es que le disgustara el fútbol, ​​y a sus amigos también les gustaba. No me correspondía decirles a qué jugar en el recreo, pero Matthew a veces se enfadaba. Sin embargo, tendría que aprender que las rabietas, sobre todo a los 10 años, y más aún cuando implicaban golpear a otros niños, eran un comportamiento totalmente inaceptable.

¿Crees que tu reacción fue la correcta?

—No, papá —el niño negó con la cabeza—. Ya le pedí disculpas a Joe. Merezco que me suspendan. Y merezco que me des una buena paliza.

—Está bien —crucé la habitación, cogí la silla del chico de detrás de su escritorio y la coloqué al pie de la cama, con el asiento hacia afuera—. No creo que tenga que sermonearte por tu comportamiento. Sabes lo que hiciste mal. Te voy a dar una paliza, y luego lo dejamos así.

Matthew asintió con la cabeza, se giró para pararse detrás de su silla, luego me miró por encima del hombro y me preguntó:
"¿Vas a azotarme esta vez?"

La última vez que le di una paliza, le había prometido empezar a usar el bastón al niño de 10 años. No porque fuera un niño travieso, sino porque, como ya tenía 10 años y ya iba por las decenas, la tradición familiar sugería que pasaría al bastón. Yo, desde luego, lo había hecho a su edad, al igual que sus dos hermanos mayores. Pero el preadolescente estaba realmente arrepentido y avergonzado por su comportamiento tan inusual. Esta vez le daría un buen azote, pero también le daría algunos golpes con el bastón, solo para que el chico tuviera una idea de lo que le esperaba en el futuro.
"Te voy a dar un buen azote esta vez, Matt", le expliqué a un niño bastante aliviado, quien inmediatamente, involuntariamente, bajó la mirada hacia mi cintura, donde mi grueso y ancho cinturón de cuero me sujetaba los vaqueros, "pero terminaré tu paliza con una pequeña muestra del bastón".

Ante mis palabras, las delgadas nalgas del niño se tensaron brevemente, el movimiento de sus pequeñas nalgas era claro incluso a través del fino algodón de sus pantalones cortos de pijama. Matthew era dolorosamente consciente de que solo le azotaba el trasero muy fuerte, que se escondiera de mí era algo que debía evitar a toda costa, pero ahora iba a recibir una excepcionalmente buena.
"Sí, papi".

"Agacharse,"

Matthew conocía la orden y el procedimiento a la perfección. Sin necesidad de que se lo dijeran, se quitó rápidamente los pantalones cortos ligeros por sus delgadas piernas. Todos los azotes, ya fueran con correas o con varas, se aplicaban sobre el trasero desnudo, sin excepción.
Su camisa cubría la mitad superior de su pálido trasero, pero hablaría de eso antes de empezar a azotarlo. El niño arrojó los pantalones cortos sobre la cama y luego, como tantas otras veces, se subió al asiento de la silla, arrodillándose con las rodillas tocando el respaldo, tan separadas como le fue posible. Luego, lentamente, el niño de 10 años se inclinó sobre el respaldo y apoyó la frente en la cama. Esto elevó su joven trasero con humildad y a la perfección para la zurra.

En cuanto el chico se agachó, me acerqué a él y le levanté con cuidado la camisa hasta que quedó arrebujada bajo sus brazos. Esto dejó al descubierto por completo su trasero, y la mayor parte de su delgada espalda, ligeramente bronceada por el sol. Claro que solo le estaría dando nalgadas, pero la exposición adicional le añadía a Matthew la desnudez que necesitaba para humillarlo lo suficiente como para azotarlo.

A pesar de ser relativamente alto para su edad, el trasero de Matt era pequeño y redondeado, y pude sujetar fácilmente ambas mejillas juntas con una mano mientras apretaba tranquilizadoramente la tierna colita de mi hijo antes de dar un paso atrás y colocarme ligeramente al costado del niño para posicionarme para su escondite.

Tomándome mi tiempo, me desabroché el cinturón, sabiendo que Matthew escuchaba cada sonido al oír el familiar y suave siseo del cuero al pasarlo por la trabilla de mis vaqueros. Envolví la hebilla y los primeros centímetros del cuero en mi mano, luego doblé el resto del tramo, apretando la correa doblada con un ruido sordo, disfrutando del intento involuntario de apretar sus nalgas. Pero la postura de Matthew, tan agachada, con las piernas bien separadas, hacía que apretar fuera imposible.

El tramo de cuero doblado con el que azotaba el trasero de mi hijo de 10 años era corto. Pero claro, el delgado trasero de Matthew era pequeño, y era importante para mí asegurarme de centrar mis esfuerzos solo en su joven cola, sin dejar que el cuero se enrollara y entrara en contacto con sus caderas. A lo largo de los años, les había dado a Matthew y a sus hermanos suficientes palizas como para convertirme en un experto en azotar traseros desnudos.

Toqué suavemente con el cinturón las mejillas tiernas y pequeñas del preadolescente, advirtiéndole que su castigo estaba a punto de comenzar, y Matthew se movió ligeramente y luego se quedó quieto. Era tan experto en recibir palizas como yo en darlas, así que sabía qué hacer y cómo debía comportarse cuando lo azotaban.

Nunca me contuve al darle una paliza a Matthew. El propósito de azotarle el trasero era castigarlo a fondo y darle una lección dolorosa, así que usé toda mi habilidad y azoté con la correa su pequeño trasero; el sonido del cuero al impactar con fuerza contra su trasero resonó en la habitación. Sus muchas palizas anteriores ayudaron a Matthew a mantener la posición, con el cuerpo ligeramente sacudido mientras el fuego se hundía en sus jóvenes cuartos traseros, sollozando de dolor. Nunca le dije a Matt cuántos golpes iba a recibir, pero el niño de 10 años sabía que recibiría un mínimo de diez: uno por cada año de su edad.

Además de asegurarme siempre de que, al azotarle el trasero a Matthew, lo hiciera con fuerza, nunca me apresuraba a darle una paliza. Alargarle la zurra significaba que mi hijo pasaría tiempo de calidad con el trasero al aire, sufriendo mientras yo le cubría el trasero con ampollas, y que podría pensar en las consecuencias de su comportamiento. Así que hice una pausa de casi medio minuto mientras esperaba a que el chico estuviera listo. Luego volví a golpearlo con la correa, asegurándome de azotarle el trasero con la misma fuerza que la primera vez.

Tras otra larga pausa, volví a golpear con el cinturón doblado las mejillas redondeadas de mi hijo. Observé que la mitad inferior de su cola, la parte del trasero en la que siempre me fijo al darle nalgadas, ya estaba muy roja. El grito de Matthew ya era húmedo, lo que me indicó que el preadolescente estaba llorando. Era un jugador de rugby muy duro y sabía que las lágrimas no aliviarían su castigo. Así que el llanto era genuino. Era un niño con el trasero muy dolorido, sufriendo la familiar quemadura del viejo y bien curado cinturón de cuero de su padre, aplicado con vigor a su joven, tierna y desnuda cola de preadolescente.

A pesar de la angustia del niño, le di una paliza a mi hijo de 10 años por cuarta vez, cumpliendo con mi deber de padre amoroso con eficiencia. Darle nalgadas a Matthew era una tarea desagradable pero necesaria que debía cumplir como su padre. Y como buen padre, estaba decidido a hacerlo bien. Nada de palmadas a medias; cuando Matthew merecía una paliza, ¡la recibía con fuerza! Y hoy no fue la excepción. El culito de Matthew iba a estar muy dolorido para cuando el preadolescente se fuera a la cama. Y recordaría la paliza cada vez que se sentara en la escuela al día siguiente.

Azoté el trasero de Matthew, ahora rojo brillante y desnudo, por quinta vez, siguiendo el latigazo, dejando que el cuero se quedara un instante en el trasero del niño de 10 años, dejando que la energía del latigazo se filtrara en su trasero. Matthew se aferraba a las sábanas con los nudillos blancos y los dedos de los pies se le encogían por el esfuerzo de mantenerse quieto ante la creciente agonía que se extendía sobre su trasero alzado y expuesto. Apretando la cara contra la cama, el chico debía de ser muy consciente de que, en el mejor de los casos, solo estaba a medio camino de su escondite.

El cuero volvió a envolver las nalgas de Matthew, bien golpeadas, mientras el niño sollozaba de dolor y vergüenza por la paliza que le había dado su padre en el trasero desnudo por haber perdido los estribos y haber golpeado a su mejor amigo. Y ser expulsado de la escuela: otra humillación para un niño como Matthew. Cuánto más sensato habría sido una buena paliza para el preadolescente. Pero las escuelas ya no podían hacerlo, dejando la paliza en los culitos de los niños a los padres que nos tomábamos en serio nuestras responsabilidades.

Por séptima vez azoté a Matthew, notando que esta vez su delgado cuerpo en realidad se retorcía levemente por el dolor del golpe, antes de que el preadolescente levantara y enderezara su trasero nuevamente, presentándose humildemente para continuar su escondite.

Esperé y me ajusté el cinturón en silencio.
«¡Levántate, Matthew!», le ordené al sorprendido preadolescente. ¡Solo había sufrido siete infartos!

El niño se levantó con cuidado, llevándose las manos a su trasero dolorido, frotando y apretando con cuidado su trasero sensible y palpitante. Me miró inquisitivamente, con la cara roja y húmeda por las lágrimas, recordando lo que le había dicho del bastón. No lo hice esperar mucho más:
«Como un niño de diez años, te toca recibir al menos diez azotes. Así que te quedan al menos tres. Terminaremos de apalear con el bastón. Tráelo, por favor».

Matthew no necesitaba que le dijeran dónde estaba el bastón. Vivía en un armario de la cocina y, aunque esta sería su primera sesión con él, había visto a sus hermanos mayores recogerlo suficientes veces a lo largo de los años como para saber dónde estaba. Y además, la humillación de ser visto por sus hermanos bajar, con el trasero desnudo ya rojo y claramente golpeado, a buscarlo. Los otros chicos sin duda se asegurarían de estar en la cocina en unos minutos para admirar las rayas de Matthew cuando fuera a devolver el bastón después de esconderse con él. El chico tampoco hizo ningún esfuerzo por volver a ponerse los pantalones cortos. Sus hermanos siempre recogían el bastón sin pantalones cortos; simplemente era como se hacía en nuestra familia.

No pasaron más que unos minutos cuando el pequeño niño de cara y trasero colorados regresó, trayéndome, por primera vez en su vida, mi temido bastón infantil para que lo escondiera.

Le quité el bastón al nervioso y medio desnudo niño de 10 años, lo doblé y luego lo agité en el aire.
"Te daré solo tres con el bastón, Matthew. Si los tomas con valentía. Cualquier tontería, y recibirás más, ¿entiendes?"

"Sí, papi", el niño intentaba parecer valiente frente a mí, pero incluso esto quedó desmentido por el regreso de sus manos a su ya dolorido trasero joven, "Haré lo mejor que pueda, señor".

"Agáchate, muchacho", le ordené suavemente, y lentamente, soltando a regañadientes su trasero bien ceñido, Matthew volvió a inclinarse, tal como debía, presionando la cara contra la cama y apretando las sábanas con fuerza, anticipando lo que sabía, por lo que le contaban sus hermanos, sería una experiencia mucho más dolorosa que mi cinturón. Con cuidado, le subí la camisa al niño de 10 años hasta debajo del brazo.

Me puse en posición de azotar y golpeé suavemente la punta del bastón, primero en una nalga y luego en la otra, la pequeña nalga levantada de mi hijo menor. Una vez más, me impresionó lo pequeño que era el trasero de Matthew. Usaba la punta del bastón para azotarle su colita, por la misma razón que había usado la punta acortada de mi cinturón. No quería que el palo se girara y se le clavara en las caderas. Solo le azotaría el trasero. Pero usar solo la punta del bastón tenía otro propósito: las leyes de la física indicaban que la punta se movía más rápido al golpear, para que el delgado trasero desnudo de Matthew sintiera la máxima fuerza en cada latigazo.

Esperé unos instantes más y luego le di a Matthew el primer azote con la vara. El primero de muchos en el futuro, estaba seguro, pero aun así marcó un antes y un después en la vida de un niño de 10 años. En cuanto la vara le golpeó las mejillas, Matthew se dio cuenta de que había entrado en un mundo completamente nuevo de castigo corporal. A diferencia de cuando le azoté, no puse toda mi fuerza ni habilidad para colocarle la vara en el trasero. Era demasiado pequeño y joven para eso. Pero un azote no necesita ser administrado con fuerza para ser efectivo, y, mientras seguía el azote, ¡Matthew debió sentir como si le hubiera cortado el trasero hasta el hueso!

Hubo una pausa de unos segundos mientras el preadolescente absorbía el dolor de la vara. Luego, con la cara apretada y las manos y los pies inmóviles, levantó las rodillas de la silla y volvió a caer, luchando por no aullar ante la intensa agonía que le infligían en el trasero expuesto. Pero el chico se recuperó rápidamente, usando claramente toda su fuerza de voluntad, y fortalecido por mi promesa anterior, para levantar su trasero desnudo y prepararse para lo que ahora sabía que era una agonía como nunca hubiera imaginado.

Estaba contento con Matthew. Ninguno de mis hijos mayores, ahora de 12 y 13 años respectivamente, había recibido sus primeras palizas con un trasero ya bien ceñido, y Matthew había logrado dar su primera brazada con la misma valentía que ellos a su edad. Pero claro, ambos tuvieron que quitarse los Speedos y tocarse los dedos de los pies para recibir dos latigazos cada uno cuando tenían 8 y 9 años respectivamente por nadar en nuestra piscina cuando mi esposa y yo estábamos fuera. Me tomo muy en serio la seguridad de mis hijos, como descubrieron mis dos mayores ese día.

El bastón volvió a golpear al niño de 10 años, y la reacción de Matthew fue casi idéntica: el crujido seco del bastón, el grito ahogado del pequeño, y luego el golpe sordo al apoyar las rodillas en la silla. Era un pequeño ritual exclusivo de Matthew: levantarse de rodillas así. Había dejado de hacerlo recientemente durante sus azotes, aunque estoy seguro de que si hubiera seguido con la correa, habría empezado. Era señal de que a mi hijo menor le costaba mucho aguantar una paliza.

Hice esperar a Matthew el mayor tiempo posible, mientras le acariciaba suavemente el trasero, pequeño y dolorido, con el bastón. Luego, le di un latigazo en el trasero, clavándole el bastón sin piedad en la parte inferior de la cola. La reacción de Matthew fue un poco más enérgica que antes, pero se quedó quieto, con la desesperada esperanza de haber sido lo suficientemente valiente como para que terminara de darle una paliza.

—Está bien, muchacho —suavicé la voz—, ya ​​no te esconderás. Levántate.

El niño de 10 años casi se cae de la silla, abrumado por la desesperación de ponerse de pie y calmar su trasero. Girándose, con las manos agarrándose el trasero, apretó la cara contra mi camisa.
"¡Lo siento, papi! Te prometo que no volverá a pasar".

"Seguro que no, hijo mío", abracé al pequeño que lloraba, sabiendo que probablemente tenía razón. Pero también sabiendo que pronto habría otra razón para azotarle su joven y desnudo trasero, "llévate el bastón a la cocina y vete a la cama".