viernes, 8 de agosto de 2025

CAMILA RECIBE UNOS AZOTES



Camila era una chica de raza negra, de 15 años con un cuerpo delgado, unos pechos no muy grandes pero una cola redonda y parada que había sido siempre la envidia de sus amigas y la atracción de todos los chicos que la conocían.

Camila había vivido hasta ahora fuera del país, y sus papás no solían utilizar el castigo físico con ella, sin embargo, al encontrar una oportunidad laboral mejor en el país, la familia decidió mudarse de vuelta.

La primera sorpresa para Camila, fue enterarse de que en el país se utilizaba el castigo corporal, no como excepción sino como norma, que incluso había regulaciones legales frente al mismo. El día que salieron del aeropuerto, Camila vio a varias chicas en faldas de castigo con las claras marcas de las azotainas recibidas durante el día.

- ¿Porque están así esas chicas papa? - fue su natural pregunta

- Habrá tiempo para hablar de eso luego - le respondieron.

Desde entonces ella había aprendido mucho sobre el tema, y había visto muchas palizas en público, sin embargo, esto sólo lograba aumentar su curiosidad por saber como sería pasar un día en una de esas faldas de castigo. Se veía doloroso claro, y humillante, pero había algo que seguía llamándole la atención, la sensación de estar así, dispuesta para los castigos de cualquiera.

En un par de ocasiones trató de causar dificultades para que sus papás la castigaran, sin embargo ellos no estaban muy acostumbrados y solo en una ocasión su mamá le dio unas nalgadas, sobre sus pantalones con la mano.

Camila, cada día sentía más curiosidad, hasta que finalmente se presentó la oportunidad a través de su tío.

El tío de Camila siempre había consentido todos sus caprichos hasta ahora y un día ella lo escuchó hablando con sus papás acerca de cómo había mejorado todo desde que se establecieron las políticas de castigo dentro del rango de edad.

- Ahora ya no se ven tantos vándalos, los chicos son más respetuosos y se han reducido la mayoría de los problemas con los adolescentes - Decía su tío

- Sin embargo, me parece un poco exagerado humillarlos en público - contestaba su mamá

Allí fue cuando a Camila le surgió la idea, si lograba que su tío le ayudara tal vez podría satisfacer su curiosidad sin necesidad de que sus papás se enteraran. asi qué unos días despues, cuando se quedó a solas con él le dijo: - tío, ¿podemos hablar? -

-Claro nena -

- Es que he estado pensando en algo, y sé que solamente tú me puedes ayudar, porque no hay nadie más a quien me atrevería a contárselo - 

Su tío se sintió muy halagado por esto, e impresionado por la seriedad que Camila le daba al asunto, se preguntó que se traería entre manos

- Sabes que puedes hablarme de lo que sea nena -

- ¿Me prometes que no se lo dirás a nadie? -

- Tienes mi palabra -

- Es que.. desde que llegué hay algo que me da vueltas y vueltas en la cabeza -

- ¿Si? -

- Tú sabes, donde vivíamos no había castigo corporal y... yo... -

Su tío empezaba a entender para donde iba todo esto.

Tomado aire, Camila dijo - quisiera saber como se siente salir en falda de azotes - 

- ¿ Y como puedo ayudarte con eso?

- es que he visto a muchas chicas solas con las faldas en la calle y todo el mundo les pega, me da miedo meterme en algo que no pueda manejar, así que quiero que tu me lleves - contestó Camila, mirándolo a la expectativa de como fuera a reaccionar

Su tío se quedó pensativo por unos momentos, no era la primera vez que pensaba que a Camila le serviría un paseo en falda de azotes, a veces era muy grosera y respondona, finalmente le dijo: - No creo que funcionaría como debe ser si tu lo escoges y si puedes parar cuando quieras. De hacerlo tendríamos que hacerlo como un castigo real -.

- Eso es exactamente lo que quiero Tío, dime cuál es el castigo y yo haré lo que digas -

- Si acepto esto, no va a ser agradable para ti, y créeme que voy a encargarme de que lo recuerdes por muchos días, no hay marcha atrás después de que empecemos ¿entendido?

- Si señor - Dijo Camila Tragando saliva

- ¿Aún estas segura de intentarlo? -

Camila lo pensó unos instantes, esto podía salirse de control y su tío hablaba en serio, pero si no lo intentaba ahora, no reuniría el valor de intentarlo de nuevo

- Si señor, estoy lista -

- Muy bien jovencita, levántese y quítese los pantalones y los panties - dijo el tío

Camila obedeció, sintiendo como se sonrojaba, pues su tío estaba a punto de verla semi desnuda.

Se bajó los pantalones por completo y se los quitó, quedando en solo un par de panties de tipo bikini blancos, al tomarlos para bajarselos, titubeo, pues nunca había estado desnuda así en frente de un hombre.

La reacción de su tío fué asestarle dos fuertes nalgadas plasssss plasssssss

auuuuuuuu, - dijo Camila girando para mirarlo

- Usted obedece de inmediato o el castigo se empeora ¿entendido? - la tomo del brazo y le asestó otra nalgada - 

-ayyy - Camila obedeció de inmediato dejando caer los panties hasta los tobillos, mientras se tapaba delante.

- Las manos a los lados Jovencita - dijo su tío con una voz muy autoritaria. Estaba decidido a que le quitaría a ella las ganas de esta experiencia desde el comienzo.

Camila abrió mucho los ojos, pero obedeció quedando completamente expuesta frente a su tío

Su tío la tomo del brazo la llevó hasta la pared y la hizo parar mirando a la pared con las manos en la cabeza.

- Espéreme ahí hasta que yo regrese y no se le ocurra moverse ¿entendido? -

- Si señor -

Camila sólo podía pensar en cuanto le ardía ya la cola y apenas iban empezando, no se atrevía a moverse de ahí pero casi no aguantaba las ganas de frotarse las nalgas. Justo cuando estaba a punto de bajar la mano para sobarse, escucho la orden

- dese vuelta jovencita -

ella rápidamente se dio la vuelta sin bajar las manos y vio a su tío con una falda de azotes verde en las manos

Esta era de tu prima cuando aún estaba en el rango de edad, creí que tenia una roja en el carro pero sólo hay esta y creo que estará bien para lo que quieres experimentar. póntela

Con esto le pasó la Falda. Cuando pilar se la puso, se dio cuenta de que la falda cubría mucho menos de lo que se esperaba, por detrás, quedaba lista para recibir nalgadas, y por delante escasamente le cubría lo mínimo.

Su tío la tomo del brazo de nuevo y la llevó a una silla, se sentó él y la empujó sobre su regazo 
- Voy a darle un calentamiento antes de irnos, además es la costumbre antes de salir en público. Si se trata de tapar la cola, le voy a dar con el cinturón ¿entendido? - 
- Si señor - Dijo Camila, rezando para que aguantara las ganas de taparse la cola

Plasss plassss plasss splassss empezaron a caer las nalgadas rápido y fuerte en la cola desprotegida de Camila.

Despues de cuatro o cinco nalgadas ella ya estaba segura de que esta era una mala idea, a las 10 estaba empezando a patalear a las 20 estaba gritando como loca

AAAAAAyyyyyyyy noooooooo ayayayayyyyyyyyyy nonoooooooo no maaaaasssssss porfavooooorrrrrrrr

Su tío seguía sentándole nalgada tras nalgada, y ella sentía su cola como si estuviera echando fuego, y hacía grandes esfuerzos por no taparse la cola, pues no alcanzaba a imaginar como sería el dolor del cinturón. Antes de que terminara el día ya lo habría averiguado.

Cuando su tío terminó las nalgadas le dijo: - Si hoy en cualquier momento después de esta o de cualquier pela, se soba las nalgas, la voy a desvestir del todo y la voy a tener así todo el día ¿entendido? -

- S..Si Señor sniff sniff - dijo Camila, pensando que iba a ser casi imposible aguantar las ganas de sobarse, sobre todo cuando la pela fuera con un instrumento.

- Ahora vamos al centro comercial, y vamos a hacer lo siguiente: Vamos directo a la zona de intercambio verde y cuando yo le haya dado una pela a una chica rubia, una pelinegra y una peliroja nos regresamos, ¿entendido?, si entre tanto usted recibe 5 o 6 pelas, pues que lástima -

*** en el centro comercial***

Al llegar al centro comercial, su tío la hizo bajar del carro y colocar las manos en la cabeza

Antes de ir hacia la entrada, su tío saco del baúl del carro una correa ancha con agujeros, que hizo que a Camila le recorriera un escalofrío por la espalda.

- Esto se llama la marcha de la vergüenza - le dijo

comenzó entonces a darle nalgadas mientras la llevaba caminando hacia el centro comercial, con cada nalgada, Camila saltaba un poco hacia adelante y sentía como su ya adolorida cola se prendía en fuego y su falda se alcanzaba a levantar de adelante, haciéndola sentir mucha vergüenza.

al entrar en el centro comercial su tío le dijo:

-si alguien pregunta porque estas aquí, le dirás que robaste el auto para salir de fiesta con tus amigos

-si señor-

Continuó llevándola a nalgadas hasta la plaza de intercambio verde, por el camino, Camila vio varias chicas de diferentes edades algunas con faldas de castigo, otras completamente desnudas, e incluso, para su sorpresa varios chicos desnudos en plena marcha de la vergüenza, que se veían mayores que ella.

Antes de llegar a la plaza, su tío de detuvo un momento al ver a un amigo con sus hijos, un chico y una chica, ambos en ropa de castigo roja.

Camila agradeció el momento de respiro, aunque no estaba destinado a durar mucho tiempo.

Mientras su tío hablaba con su amigo, Camila vio a un chico rubio de unos 11 años, con los pantalones y boxers en los tobillos caminando mientras su mama le llevaba a nalgadas con las manos en la cabeza.

muy bien entonces -dijo su tio- Camila, venga para acá

tragando saliva, Camila obedeció

Será mejor que haga lo que don Fabrcio le dig o le asegura que va a se rmucho peor para su cola entendió?

-Si señor - fué lo que dijo Camila

- Fabricio la tomo del brazo y la levo a un banco cercano

- Porqué la trajo su tio? - preguntó Fabricio

-por ser tan tonta como para meterme en este problema solo por curiosidad - Pensó Camila, sin embargo, su respuesta fue

-por robarme el auto para ir de fiesta

Fabricio sacó una chancla gruesa de caucho, y la hizo colocar a ella sobre sus rodillas

Entonces empezó a descargar un chancletazo tras otro en las desprotegidas nalgas de Camila que solo acertaba a patalear y llorar desconsolada mientras el dolor de su cola crecía a cada segundo, hasta un nivel que ella creía imposible.

De repente ella, no lo soportó más, así que trató de colocar su mano para proteger su adolorida cola.

Ello sólo tuvo el resultado de que le aseguraran su mano contra la parte baja de su espalda y le descargaran una serie de mas de 20 chancletazos en cada muslo, empeorando con mucho el dolor que ya de por sí sentía.

Entre tanto, el tío de Camila estaba con el chico y la chica de su amigo.

- Usted por que esta aquí jovencito?

- Por perder 4 materias señor

- Y usted jovencita?

- Por perder 5 materias señor

- Pues yo me voy a asegurar que se acuerden de lo que deben ir a hacer al colegio

los dos chicos tragaron saliva al ver la correa de castigo en su mano

- Inclínense con las manos en las rodillas

Los chicos obedecieron de inmediato no queirendo hacer peor una de por si ya mala situación

el tío de Camila empezó dándoles un correazo a cada uno que los hizo saltar, y continuo dándoles dos a cada uno, luego tres. luego cuatro y luego 5 momento para el cual los dos ya lloraban como si tuvieran 5 años y hacían enormes esfuerzos por no levantarse a sobarse las colas castigadas.

- cuantas materias van a perder? (una serie de seis correazos a cada uno)

- whaaaaa ningunaaaaa señooorrrrrr

- a que van al colegio? (una serie de siete correazos a cada uno)

- a estudiarrrrr aaaaaaaaaaayyyyyyyy ooooooowwwwwwwwww - contestaron al unísono

los dos chicos tenian el cabello negro así que contaba como la primera pela del día, aunque el sabía que conseguir una chica pelirroja podría llevar algun tiempo


Cuando finalmente Fabricio soltó a Camila ella estuvo a punto de cogerse la cola cuando escuchó la voz de su tío

- acuérdese de lo que le advertí!!!!

Haciendo un esfuerzo increíble ella apartó las manos de su cola en llamas cerrándolas fuertemente en dos puños mientras bailaba al rededor. Finalmente, decidió ponerlas de nuevo en su cabeza.

- Gracias Fabricio, nos vemos en el trabajo el lunes - se despidió su tío mientras reiniciaban el camino hacia la plaza verde y la marcha de la vergüenza.

al llegar a la plaza verde, había toda suerte de chicos y chicas en ropa de castigo verde recibiendo varios instrumentos en muchas posiciones, Camila nunca había visto tanto chicos llorando al tiempo.

Al entrar en la plaza una chica rubia de unos 10 años se levantaba de las rodillas de su papa que sostenía un cepillo de pelo marrón en su mano y estaba iniciando su baile, cuando el papa de la chica se dirigió a su tío.

- Le interesa intercambiar? - dijo

al tío de Camila le pareció un poco pronto para la chica, pero no quería estar allí más de lo necesario, así que aceptó.

La chiquilla aun estaba en pleno baile cuando vio que su papa la llevaba con el tío de Camila

- nooo papiii por favorrr no maaassssss

- Acabamos de llegar señorita, además pegarle con una piedra a tu hermano en la cabeza, y mandarlo al hospital no es una cosa que merezca compasión

Al escuchar esto, al tío de Camila se le acabaron cualquier tipo de escrúpulos que hubiera tenido, tomo a la niña del brazo y comenzó a descargar los correazos en su pequeña colita mientras ella bailaba alrededor, tratando de esquivarlos.

Entre tanto el papa de la chica le preguntaba a camila - quien la trajo?

- Mi tío

- Porque?

- Por robarme el auto para ir de fiesta - fue la respuesta aunque cada vez más entendía lo mala idea que había sido esto.

El hombre entonces la empujó sobre sus rodillas y sin mediar palabra le comenzó a dar cepillazos, fuertes y rápidos en su pobre cola.

Camila, gritaba, pataleaba, se sacudía, prometía portarse bien y todo lo que se ocurría para tratar de detenerlo, para tratar de que parara de darle azotes con ese cepillo que dolía como si le estuvieran poniendo la cola sobre un fogón de la estufa.

De repente el hombre, al ver que su tío había terminado, se detuvo y la hizo levantar.

Camila empezó de inmediato a bailar, y sólo era capaz de apretar los puños contra los costados para tratar de resistir la tentación de tocarse la cola y quitar al menos una parte del dolor que sentía.

En cuanto el papa de la chica rubia la tomo del brazo se acercó a una mujer -le interesa intercambiar?

Camila sólo sabía que ya llevaban 2 de tres y esperaba que pronto apareciera la chica peliroja, sin embargo no tuvo tanta suerte, pues la siguente en acercarse fue una chica morena de 19 años con su madre.

- Podría encargarse de ella? le preguntó la madre al tío de Camila, necesita la mano de un hombre severo.

- Claro que sí, - dijo él - le importa? - agregó señalandole a Camila, ella sólo asintió y la tomó del brazo

entonces el tío de Camila se dirigió a la chica

- Por que la trajo su mamá?

- Por llegar borracha a casa

- Dese vuelta e inclínese sobre esa silla

La chica obedeció y de inmediato los correazos del tío de Camila empezaron a llover sobre su cola, la chica, que ya llevaba las marcas da varios castigos, empezó a llorar desde el primero y aunque levantaba una de las piernas con cada uno, no hizo ademán de levantarse o cubrirse la cola con las manos.

le cayeron mas de 30 correazos 12 de ellos en el sitio en que se sentaría después dejando marcas profundas en su piel y desde luego en su intención de volver a consumir alcohol alguna vez en su vida.

Cuando el tío de Camila le permitió levantarse, las piernas por poco le fallaban y no tenía energía mas que para llorar y limpiarse los ojos, ya que el dolor era tan intenso que no se atrevía ni a tocar sus nalgas.

Mientras tanto, la madre de la chica puso a Camila sobre su regazo y empezó a azotarle las nalgas con la mano, de forma rápida pero metódica, cubriendo cada centímetro de su joven trasero y cayendo muchas veces encima de las marcas de la pelas anteriores haciéndola ver los resultados de las malas decisiones que había tomado ese día.

Al levantarse, Camila simplemente se quedó allí llorando y esperando contra toda probabilidad que la siguiente fuera la última paliza del día

Entonces un hombre con una chica pelirroja, se acercó a su tío - ¿Le importaría intercambiar?, le dijo. Su tío miró al chica de arriba a abajo y se sonrío considerando la suerte que era haber encontrado tan pronto a la última chica de la condición que él había puesto.

- por supuesto-, respondió su tío - qué trajo? - el hombre le mostró un cinturón y él a su vez le mostró la correa con agujeros.

 Quien la puso en falda de castigo?- preguntó el hombre

- Mi tío

- Porque?

-Por robarme el auto para irme de fiesta

El hombre entonces la tomo del brazo y le asestó algunas nalgadas plass plass plasss

- Esta loca? sabe lo que pudo pasarle? plass plass plasss

- Ella se retorcía en su agarre y solo podía decir SSSSIIIII SEÑOOORRRR

El hombre la llevó hasta una silla y la hizo reclinarse sobre la misma

- Más vale que no se levante entendido?

- s..si señor - dijo la Camila

Él levanto el cinturón y comenzó a descargarle un azote tras otro y tras otro con fuerza mientras veía como el cinturón se le marcaba en las nalgas, dejando marcas blancas, en lugar de rojas, mientras Camila pataleaba y se esforzaba por mantenerse inclinada en la silla gritando por los correazos.

Cuando le permitió levantarse ella lazó las manos a sus nalgas y en el último momento se arrepintió de tocarlas apretó los puños a los lados y sólo pateó el suele con fuerza con una pierna a la vez. 

Él la miró sorprendido y fue cuando Su tío se acercó y le dijo: -tiene prohibido sobarse so pena de perder la ropa el resto del día.

El hombre le dio las gracias y se fue con su hija mientras s mama llegaba con un chico en short de castigo.

El tío de Camila entonces, decidió que era hora de irse la tomó del brazo y comenzó a llevarla hacia el auto. En esta ocasión decidió no continuar con la marcha de la vergüenza, para darle un respiro, cosa que ella agradeció muchísimo sin embargo al llegar al auto cayó en cuenta de algo.

- Apoye las manos contra el auto - le dijo.

ella temblorosa obedeció y a continuación sintió una oleada de fuego cuando un correazos se estampó en su maltrecho trasero. Brincó de la posición, y sin poder evitarlo mandó sus manos a sobarse la cola, el dolor fue tan intenso y sorpresivo que la reacción sucedió antes de poder controlarla.

Al percatarse de lo que había hecho, puso de inmediato las manos en su cabeza, pero ya era tarde. de un sólo tirón su tío le retiró la falda, dejándola desnuda de la cintura para abajo.

- Suba al auto, - fue su siguiente orden

Aunque el dolor de sentarse fue muy intenso, Camila tenía sentimientos encontrados. Por un lado esta aliviada de no haber tenido que pasar el día desnuda. Por otro lado avergonzada de estar con su zona privada al descubierto, y además agradecida de que su tío hubiera cumplido su deseo liberándola de cualquier clase de curiosidad.

Al legar a casa, su tío sólo la dejó bajar del auto cuando estaban dentro de la cochera, de manera que no tuvo que exponerse más.

- Siento mucho por lo que pasaste, pero eso era lo que habías pedido-

-Lo sé tío- Dijo ella, ahora sé que se siente y nunca más voy a volver a pasar por eso

a continuación se lanzó al cuello de su tío y le dió un enorme abrazo y un beso en la mejilla.

- Será mejor que descanses un poco antes de que regresen tus papás - le dijo, pensando como iba a explicarles que ella no podría sentarse en varios días.

Camila cayó dormida en cuanto tocó la almohada. varias horas más tarde al llegar sus padre le pidieron que bajara a la sala.

Al llegar a la sala, ella tuvo buen cuidado de permanecer de pié y no sentarse para que no se notara demasiado lo que había sucedido.

- Camila - empezó su papá, tu mamá y yo hemos estado pensando

-Y hemos decidido que ya que vamos a quedarnos a vivir aquí hay algunas cosas que debes aprender - continuó su mamá.

En ese momento su mamá sacó un paquete y colocó el contenido sobre la mesa. eran seis faldas de diferentes colores, completamente nuevas.


jueves, 7 de agosto de 2025

ETAPAS Y EDADES



Fue en una tarde lluviosa de viernes cuando Karen estaba hablando con su vecina, y confiándole secretos desde lo más profundo de su corazón. Al principio le parecio unapropiado, pues solo había invitado a la nueva vecina a la casa como un signo de cortesía, para conocerla y para presentarla al resto del vecindario. Pero mientras miraban las fotos de su hijo Juan cuando era un bebé, despertó un sentimiento muy profundo dentro de ella. Ella no entendía porque había tomado la decisión de trabajar en casa, si su hijo no la iba a necesitar, más bien se sentía como una cocinera, una criada y lavandera, pero nunca como una mamá.

La profesora Joan escuchaba todo esto atentamente. Finalmente pregunto “’¿alguna ves has considerado que la necesidad que sientes de cuidar a tu hijo es porque el aun necesita que alguien lo cuide?”

Karen se quedo atonita mirando a la profesora por unos momentos, porque había dicho un comentario que había estado dando vueltas en la cabeza de Karen por meses, algo que ella de algún modo sentía pero que no había podido sacar de su corazón. Juan acababa de cumplir 13 años. Ella había reprimido sus instintos maternales al máximo por considerarlos egoístas. El muchacho rechazaba todos los intentos de ser consentido o de que su madre mimara. Pero había una actitud en sus rechazos que le resultada misteriosa.

Karen continuó diciéndole a la vecina que tal ves tenía mucha razón en sus comentarios, pero Joan le interrumpió: “tengo el presentimiento de que si tan solo escuchas tus instintos, las cosas van a mejorar mucho con tu hijo” y le guiño el ojo con una sonrisa.

La profesora se despidió, no sin antes acordar hacer planes para salir a cenar juntas un día próximo.

Cuando Juan llegó a casa, un plato de galletas y un jarrito de leche estaban esperándolo en la cocina. Este rito siempre se había repetido en la casa hasta que cumplió los 9 años. Dudó un poco en tomar las galletas con leche, pero tenía hambre. “Gracias” grito, y se fue a sentar frente al televisor, llevándose su bocadillo.

Se fue a acostar un poco temprano para un fin de semana, porque su mamá insistió, diciéndole que tenían muchas cosas que hacer por la mañana. Juan no se quejó, porque se sentía cansado de todas maneras, y se quedo dormido rápidamente. 

Esa noche soñó que estaba caminando por un río, y mientras el agua fluía a su alrededor, se sintió feliz, como si esta se estuviera llevando todas sus preocupaciones y problemas.

Se levantó todo mojado y con mucho frío. Esto era algo que nunca le había pasado. Tenía miedo de lo que diría si madre si descubriera que el se había orinado en la cama, y estaba demasiado avergonzado como para averiguarlo. Entonces decidió que lo mejor era esconder la evidencia, “tal ves pueda esconder las sábanas en el closet y lavarlas cuando mamá no este en casa” pero mientras pensaba, todo su plan se vino abajo.

Karen abrió la puerta de el cuarto de su hijo, y encontró un niño al lado de la cama con las pijamas todas orinadas. “s..se me cayó un po..poco de agua en..cima” contesto asustado el niño, pero la verdad era evidente. Comenzó a llorar, no había palabras para explicar su humilación. Ella lo abrazó y trató de tranquilizarlo diciéndole que un pequeño accidente le pasa a cualquiera, que no tenía que preocuparse. Pero este muchacho, que había estado en el umbral de la adolescencia, reclamando independencia, era ahora un niñito que se orinó en la cama, con sus pijamas todas mojadas y necesitaba a su mamita para que le secara las lágrimas y lo hiciera sentirse mejor.

En ese momento Juan se sentía muy debil. Todo lo que podía hacer era sumergir su cabeza en el pecho de su mamá y llorar. “ya ya mi amor, todo va a salir bien, ven, vamos a ponerle algo sequito” le dijo dulcemente.

Juan dejo que su mamá le quitara las pijamas. Habían pasado mucho años desde que ella lo había visto desnudo, pero su privacia y modestia habían sido destrozadas con este accidente. Asi que se quedo quetido mientras su mamá le quitaba los pantalones de la pijama. “manos arriba mi amor” el obedeció dócilmente mientras mami le quitaba la camisa.

La idea de bañarlo le cruzo por la cabeza, pero casi inmediatamente la reprimió. Aun no entendía muy bien porque le había quitado la pijama ella misma, pero es que Juan le pareció tan pequeñito e indefenso, hasta lindo, que ella sintió el poder de arreglar todas las cosas y hacer lo que ella creyera necesario para cuidar a su niño.

“ahora vaya y báñese bien, yo voy a limpiar todo esto. No te preocupes, nadie tiene que saber de un accidente pequeñito”

Y el tema de la cama orinada no se volvió a tocar durante todo el día.

A la hora de acostarse, Juan estaba preocupado, pero seguro de que ya no se volvería a orinar. Esa noche soño que estaba en la casa, cuando sintió ganas de orinar, se levantó y fue al baño, pero la puerta estaba cerrada, lucho y lucho pero no pudo abrirla, no pudo aguantarse más y miró como una mancha húmeda le crecía en los pantalones mientras se orinaba encima, miró hacia arriba y ahí estaba su madre, que lo tomó de la mano y lo llevó hasta su cuarto, solo que ahora este tenía una cuna, una mecedora y una mesa para cambiar pañales, abarrotada de talco para bebés y pañalitos. Despertó por la mañana, y de nuevo se sintió todo mojado y frío. Se había orinado otra ves en la cama, y esta ves era bastante.

Karen sabia que debía ir al cuarto de su hijo esa mañana, y se encontro precisamente con lo que imaginaba; ahí estaba Juan sentado en su muy mojada cama, tratando de no llorar. Ella se sentó junto a el y le frotó la espalda con cariño.
“Te sientes bien mi amor?”
“si si, pero no se que me pasa, no lo hago a proposito”
“yo se, bebé, pero temo que tendremos que ir a ver al doctor, voy a ver si puedo sacar cita para hoy. Bueno, arriba campeón”

Juan se levantó, y una ves dejó que su madre le quitara la ropa, y se fue a bañarse solo.
Karen le quito las sábanas mojadas a la cama, y fue a buscar a su closet. Ahí encontró lo que necesitaba: los protectores de plástico que Juan usaba en la cama cuando era un niñito pequeño. Era lo mejor que podía hacer para proteger el colchón, pensó “solo espero que el estampado de ositos no le moleste mucho”.

Juan se mostraba inquieto y nervioso mientras estaban en la sala de espera de su pediatra. Tenía vergüenza de el hecho de que su madre supiera de sus accidentes por la noche, y no se sentía muy feliz de tener que contárselo también al doctor. Esperaba que de alguna forma se olvidaran que tenía cita, y de esta forma podría irse a casa y guardar su secreto.
Pero la enfermera gritó su nombre, y lo llevarón junto con su mamá al cuarto de examinación. Ahí lo pesaron y midieron. Con su 1.45 metros y 40 kilos era el niño más pequeño de su aula. La enfermera, tratando de alegrarlo un poco, le dijo que había crecido un poco desde su última visita. Pero Juan sabia que el era solo un niño pequeño, con un problema que solo le pasa a los niños pequeños.

La enfermera dejó el cuarto, pidiéndole a Juan que se quitara toda la ropa menos sus calzoncillos. Así lo hizo, y su mamá tomo su ropa, la dobló con cuidado y la puso en una silla cerca de ella. El doctor entró en el cuarto, y por una eternidad (al menos para Juan) el doctor y su mamá discutieron cada uno de sus accidentes. Le era difícil no ponerse rojo de vergüenza mientras su mamá contaba como le había enseñado a ir al baño cuando era bebé, hasta le mencionó el accidente que tuvo durante el paseo de segundo grado de la escuela.

El doctor ordenó algunos examenes, y cuando todo estuvo listo, su mamá le dio otra ves la ropa, y se despidieron, sintiendo que ahora todo el mundo sabía que bebé más grande el era.

Juan estaba determinado a no mojar su cama esa noche. Nada de liquidos después de las 6, y fue al baño justo antes de ir a la cama. Saltó a la cama y de imediato escucho el vergonzoso sonido del protector plastico. Cada vez que se movía en la cama, el sonido le recordaba que estaba acostado sobre una protector de plástico adornado con ositos, diseñado para disminuir los efectos de los accidentes de los bebés que aun no aprenden a ir al baño de noche.

“Juancito, mi amor, levántese”
Juan abrió los ojos lentamente, mientras su mamá le acariciaba los cabellos gentilmente
“tuviste otro accidente” el estaba mojado desde sus rodillas hasta casi su pecho, sus esfuerzos habían sido totalmente inútiles. Estaba condenado, parecía ser, a orinarse todas las noches.
Juan fue al colegio ese día con la seguridad de que el era el único estudiante de sétimo año al que la mamá le quitaba las pijamas orinadas todas las mañanas.

Mientras tanto, en casa, Karen recibió una llamada del consultorio de pediatra
“Dices que empezó a orinarse desde el viernes?” pregunto el doctor incrédulo.
“Si, Juan no hacia eso desde que estaba en el kinder, por qué?”
“el desarrollo neurológico de la vejiga de Juan es tan solo un poco más desarrollada que la de cualquier niñito pre-escolar, no hay ninguna posibilidad de que permanezca seco por toda una noche. Supongo que su vejiga sufrió algún tipo de regresión, pero es la primera ves que oigo de un caso así, tendré que consultar algunos libros, espero que te puedas hacer cargo del problema de la mejor manera”

Karen sabia lo que tenía que hacer. Era necesario dejar de lavar sábanas y pijamas todas las mañanas, y además tenía que asegurarse de que Juan durmiera bien todas las noches. Se sintió mal por Juan, ella sabía muy bien que ya de por si el se sentía muy humillado, pero también sentía que tenía que hacer lo necesario, por el bien de los dos.

Parecia ayer que el era todavía un bebé, el era muy lindo. Y ahora, a pesar de la edad, todavía era lindo. La mamá de uno de los compañeros de clase de Juan había comentado una ves que jovencito Juan se veía en comparación con sus compañeros, y que, a pesar de estar en la escuela secundaria, todavía tenia algo que lo hacia tan lindo y tierno como cualquier otro bebé.
Su aparentemente perpetua cualidad de parecer un niñito haría mucho más fácil cuidarlo de la manera más apropiada, pensó su mamá. De hecho, estaba ansiosa por hacerlo. Esperaba que el pudiera entender por que este paso era necesario, hasta esperaba que el pudiera apreciarlo.
Juan llegó a casa, y encontro a su mamá esperándolo en el sillón “Juan ven, tenemos que hablar” Juan tenía una idea del tema, pero se sentó en el sillón con ella.
Karen abrazo a su hijo, y comenzó a explicarle la situación “el doctor me llamó en la tarde con los resultados de los exámenes que te hicimos. Aún no saben cual es la causa, solo saben que no lo haces a propósito. Tu vejiga no se puede controlar toda la noche, por ahora vas a orinarte en la cama casi todos los días”
Juan comenzó a llorar cuando comprendió todo lo que su mamá le decia, Karen lo abrazo un poco más.
“bueno, mi amor, ,no queremos que te despiertes todas las noches todo orinadito, asi que decide ponerte de nuevo pañales ”
“no no mami no, voy a tratar más, ya no soy un bebé” protesto Juan.
“mira, yo decidí cuando quitarte los pañales, y ahora puedo decidir ponértelos otra vez. Amor, necesitar dormir bien, y yo no puedo lavar sábanas todos los días. Entiendes porque tienes que usar pañal?”
Juan dejó de llorar. Entendió que esto era para su bien. Por un lado sentia mucha vergüenza, pero por otro se sentia muy aliviado. Movio la cabeza para decir que si.
“y vas a dejar que te los ponga mientras resolvemos este problema?”
“si”
“ese es mi niño, vamos, tenemos que ir a la tienda”

Su pequeñito la necesitaba, y Karen estaba feliz de poder cuidarlo. Aunque aun estaba preocupada de que su problema solo fuera un síntoma o una señal de alguna cosa más seria. Pero por ahora, su hijo la necesitaba para ponerse los pañales, y Karen estaba ansiosa de hacerlo, si bueno, se sentía un poco culpable por esto, pero solo quería recuperar a su bebé.

Juan se sintió aliviado al ver que no había mucha gente ese día en el supermercado, lo último que le gustaría era que alguno de sus amigos o conocidos vieran a su mamá comprándole pañales. Llegaron y se estacionaron, luego su mamá cerro las ventanas y se bajó, Juan la siguió lentamente, aún no estaba seguro de querer hacer esto, se sentía un poco avergonzado con toda esta situación. “Tal ves, si no entro, no me compren nada” pensó por un momento, pero estos fueron casi de inmediato interrumpidos cuando su mamá lo tomó de la mano, ella eran sin duda más persistente que el, y no le iba a ser tan fácil escaparse de esta. “vamos, apúrate cielito”.

Y así, de la mano de su mamá, entraron al supermercado y directamente a la sección de pañales, donde había toda una pared repleta, con envolturas multicolores y diseños variados, todos dirigidos a niños chiquitos que aún no habían aprendido a usar el sanitario. Y uno de esos coloridos paquetes era para Juan.

El niño miro petrificado mientras mamá observaba y examinaba cuidadosamente todo el repertorio, queriendo escoger el pañal adecuado, y el más adorable tambien. En ese momento, una idea afloro en la cabeza del niño “hey, ninguno de estos me va a quedar, no hay ninguna posibilidad de que exista un pañal tan grande, estos pañales son para bebés, y yo no soy ningún bebé”.
“estos son perfectos mi amor, pampers tamaño 7, no más pijamas orinadas, estos te van a mantener sequito toda la noche”
Juan se quedo atónito y asombradísimo, hecho un vistazo rápido alrededor para asegurarse de que nadie pudo oír a su mamá. Como es que ella había sido tan indiscreta?

“oh, perdón, creo que no quieres que nadie sepa que estos son para usted, bueno, puedes ir a esperar afuera en el auto mientras los pago”

Al fin, la posibilidad de escaparse de aquella vergonzosa situación. Juan comenzá a caminar rápidamente, tratando de contener las ganas de correr que sentía, porque no quería llamar la atención. Creía que todo el mundo lo estaba mirando, así continuo su camino hasta afuera y corrió al auto, donde se sentó a esperar y se pudo calmar un poco. Pensando un poco en los acontecimientos, reconoció que las palabras de su madre lo habían aliviado un poco, hasta sintió un poco de satisfacción. No era un secreto lo mucho que detestaba levantarse por las mañanas todo mojado y frío, el olor no era muy agradable tampoco, y siendo sincero consigo mismo, empezaba a disfrutar todas las atenciones extras que su madre tenía con el desde que comenzó su problema, crecer era muy difícil y en ocasiones muy estresante, tal ves un pequeño descanso le haría bien.

Karen puso dos paquetes de pañales en el carrito, además de talco para bebés y crema para la pañalitis, luego rodó el carrito hacia una de las cajas para poder pagar. Mientras registraba los productos, la cajera, una joven de aproximadamente la edad de Katy, preguntó: 
“ah, tu bebito se quedo en casa?”
“no, esta esperando en el auto” repondió Karen, e inmediatamente se percató de la expresión de asombro de la cajera ante la idea de dejar un bebé de pañales solo en un auto.
“no no, el tiene doce años, ya se que me odiaria oirme decirle esto a alguien, pero es que a comenzado a mojarse en la cama otra ves, y bueno, pensé que estos le mantendrían seco y cómodo y me ayudarían también con la ropa que tengo que lavar cada mañana”

“sabes, a mi me hubiese gustado que los míos mojaran la cama de ves en cuando también, es que crecen tan rápido, y algunas veces quieres chinearlos”
“conozco ese sentimiento, ya se que esto es difícil para mi hijo, pero estos pañales son tan lindos, no puedo esperar a ponérselos!”
La cajera le dio el vuelto y la factura “si yofuera tu, aprovecharía esta oportunidad al máximo”


Por fin, de vuelta en casa, Juan se sentó para ver la TV. Un torrencial aguacero caía afuera, y al parecer iba a persistir por varios días, según los reportes en el noticiero. Hacia frío, entonces Karen fue a la cocina a preparar dos tazas de chocolate caliente. Cuando Juan era pequeñito, su mamá siempre le preparaba chocolate caliente y se sentaba a ver la tele con en noches lluviosas como estas. Su mamá pensó que tal ves practicando de nuevo estas viejas rutinas harían la idea de usar pañales un poco más accesible para su hijo, era su forma de darle permiso de que fuera pequeño otra ves.

Caminó hacia su hijo y le dio la jarra de chocolate “toma, has sido muy valiente durante todo esto, te ganaste un premio”.
“gracias” Juan bebió su chocolate y converso con su madre mientras veían la tele. Todo era muy familiar y confortable, se sentía muy bien volver a aquellos viejos rituales que tanto había extrañado mientras crecía. Su resistencia a la idea de usar pañales empezaba a quebrarse. Muy en el fondo, el sabía que realmente los necesitaba.

Al dar las nuevo, Karen miró su reloj “mira, ya es hora de prepararte para dormir, mi amor” levantó la bolsa del supermercado y llevó a Juan arriba hasta su cuarto.

“siéntate aquí” dijo dándole palmaditas a la cama, Juan le obedeció, y ella le comenzó a desatar los cordones de los zapatos.

“ah mamá, yo puedo desvestirme solo!” se quejó Juan con un tono de indignación en su voz.

“tranquilo amor, ya se que puedes, pero es que siempre duras tanto, y no tengo tiempo de esperarte” mientras hablaba continuó con su trabajo, quitándole a Juan los zapatos, y después las calcetas.
“levanta las manos” cuando Juan lo hizo, tomo su camisa, la levanto por encima de su cabeza y se la quitó. Luego la doblo y la acomodo ordenadamente en el armario.
“acuestate” en su actual situación, Juan no vio razón alguna por la cual oponerse, he izo lo que su mamá le ordeno. 
Lo único que podía hacer era quedarse quieto y mirar como su mamá le abría el botón del pantalón, le bajaba el zipper y luego le bajaba los pantalones hasta los tobillos. Después se los quito por completo, los dobló y los guardó al lado de su camisa. Por último su mamá le quito los calzoncillos. Juan se quedó acostado y tan vulnerable como era posible, mientras esperaba a que su mamá le pusiera sus pañales.

De la bolsá salió un tuvo de crema para pañalitis “me pareció ver unas manchas de irritación, mejor lo cuidamos antes de que se ponga mucho peor” dijo su mamá mientras le untaba la crema en la piel. Juan se sobresalto bastante, porque el era hasta hace poco un adolescente, y ahora su mamá le estaba untando crema en el trasero. En cierto modo era relajante, porque el sabía que estaba en manos buenas y amorosas.
Siguió el talco para bebés, el cual fue aplicado deliberadamente en toda el área que pronto cubriría el pañal.
Por último, el paquete de pañales, Juan observaba detenidamente mientras su mamá abría el paquete y sacaba un pañal blanco y perfectamente doblado, el mismo pañal que pronto estaría puesto alrededor de su cintura, el mismo pañal que no había usado desde que era un niño pequeño de unos 2 años.
“levanta un poquito las caderas mi bebé” dijo dulcemente su madre. Juan obedeció nuevamente, y mamá coloco el pañal debajo de el, lo jaló firmemente por en medio de sus piernas, y expertamente aseguró las cintas adhesivas en su lugar, dejando el pañal firmemente colocado alrededor de su hijito adolescente. Le sonrió, y la última idea de resistirse se rompió en su cabeza, se sentía muy bien de ser el bebé de mami. Juan no pudo resistirse y le sonrió también.

“viste, no estuvo tan terrible, verdad?” dijo mamá mientras buscaba unas pijamas en el closet de su hijo. El solo movió su cabeza haciendo un movimiento negativo. Su mamá tomó las pijamas de Tom y Jerry que hacía ya mucho tiempo que su niño no usaba, y gentilmente le ayudó a ponérsela, metiendole las faldas en los pantalones y ajustándole las medias blancas para que sus pies no quedaran descubiertos y fríos.
Hizó que Juan se metiera en la cama y le dio una palmadita en el pañal mientras lo cobijaba.
“te ves muy lindo en pañales”
Juan se puso rojo como un tomate “uh, gracias” y su mamá le dio un besito en la frente.
“que sueñes con los angelitos mi amorcito”
Apagó las luces, y salió cerrando la puerta.

PARTE 4

El ruido del pañal se escuchaba claramente con cada movimiento que Juan hacía. Si tan solo alguno de sus amigos de la escuela se enteraba de esto, se morirá de la vergüenza, pero esa noche la había pasado más relajado y tranquilo que las noches anteriores. Era seguro que se despertaría en la mañana en una cama seca, tibia y limpia, sin importar que se orinara o no, y seguro de que su mama vendría a cambiarlo amorosamente, y se quedo dormido.

En la tenue luz de sol que se colaba por su ventana en la mañana, Juan se fue despertando lentamente, y aún invadido por el recuerdo de las noches anteriores, se apresuro a revisar las sabanas “!están secas¡” se sobresaltó, “al fin, todo se acabo”. Pero luego recordó que su mamá lo mando a dormir en pañales la noche anterior.

Su mamá entró al cuarto “buenos día, vamos a ver como amaneció mi niño” levanto las sabanas y con la mano le reviso los pantalones de la pijama “estas seco” luego le bajo los pantalones un poco para poder revisar el pañal “vaya, te orinaste bastante, bueno, vamos a quitarte ese pañalito todo mojado”

Gentil y dulcemente su mamá le quito toda la pijama, y luego le quito el pañal mojado. Saco una toallita de bebés y le limpio bien toda el área que estaba cubierta por el pañal “ahora si, todo limpio y lindo, no podemos dejar que te roses. Ahora vete a bañar”

Juan se sintió un poco extraño haciéndose cargo de su propia higiene personal en ese momento, pero quería quitarse de encima cualquier señal de olor a bebé. Al fin salió de la ducha y fue a su cuarto, donde encontró que su mamá le había escogido la ropa para el día. Los pantalones cortos y la camisa de pokemon eran un poco infantiles, pensó Juan, pero sabia que tendría que usarlas de todas formas.

La rutina de la escuela pasó a un segundo plano en la mente de Juan, mientras el recordaba todo lo que había pasado en los días anteriores. Había une esperanza. Mientras nadie se enterara podría sobrevivir todas estas cosas que estaban pasándole.

Ya casi era la hora del almuerzo, y su vejiga comenzaba a rogar por ser vaciada.
“puedo aguantarme 15 minutos más” se dijo lleno de coraje, pero la urgencia se hacía más fuerte, estaba a punto de estallar!

Antes de que pudiera levantar la mano, el pipi se le escapo. Desesperada trató de pararlo, pero no podía, y una gran mancha húmeda le crecía en los pantalones y un pequeño charco se formaba alrededor de sus pies. Sus pantalones, sus medias, su camisa, todo estaba mojado.

La profesora noto la cara de preocupación en la cara de Juan

“Juan, que es lo que te parece tan malo de el álgebra?”
“es que yo....”
“oh, pero Juan, ¿te orinaste?”
Juan afirmó con la cabeza, mortificado, y una carcajada estalló en el salón de clases.
La profesora suspiro levemente“ve a la oficina del director, que llamen a alguien para que te recoja”.

Juan salió de la clase, tratando de ignorar los comentarios de todos sus compañeros. Tenía miedo de lo que podía pasar en la oficina.¿tendría que confesar que se orinaba en la cama todas las noches? ¿tendría que revelar que usaba pañales de bebé?

Entro a la oficina y caminó hasta el escritorio, la secretaria estaba haciendo unos papeles
“¿en que te puedo ayudar?” pregunto sin siquiera mirarlo.
“es que yo...” las palabras se le atoraron en la garganta. Tendría que admitir su conducta de niño de preescolar “me orine” tartamudeo “¿podría llamar a mi mamá para que me recoja, por favor?”.
La secretaria levanto la mirada “ah” dijo cambiando su todo de voz como si estuviera hablando un niño mucho más jovencito “por supuesto, siéntate, veremos que podemos hacer”
Juan le dio el número de teléfono a la secretaria
“Buenos días señora, esta es la escuela de Juan. Parece ser que su hijo tuvo un accidente..... no no, el esta bien, quise decir, que se orino en lo pantalones.... si bueno, esto no había pasado antes, pero creo que lo mejor es que venga y lo recoja....bueno perfecto, el estará esperando aquí en la oficina.... adiós. Dijo que ya viene para aca”

una toalla fue colocada sobre una silla y la secretaría hizo que Juan se sentara ahí. Sus ropas mojada se adherían a su piel, como una forma constante de recordarle que acababa de hacer algo que uno podía esperar de un niño de kinder. Y en ese momento, el quería que su mamá llegara como abría querido cualquier niño de 5 años. El solo quería irse a casa, cualquier cosa que su mamá decidiera estaría bien.

Karen se encaminó a la escuela de Juan. Estaba segura de que esto podría pasar en cualquier momento, y estaba preparada para llevarse a su varoncito a casa. Pensaba que la escuela secundaria no era el lugar adecuado para el. Tal ves, por un poco tiempo, sería lo mejor que el se quedara en casa donde ella pudiera cuidarlo.

Su mamá llegó y lo saco de la escuela, llevándolo en auto de vuelta a casa.
“ya se que no es tu culpa mi amor. Vamos a llevarte a casa y voy a dejarte que te limpies, pero tienes que entender que tienes que volver a usar pañales durante el día”.

Ya en casa, Juan se bañó, y se vistió en las ropas que su mamá le había escogido nuevamente. Se fue a la sala para ver un poco de TV, su mamá se sentó con el. Un comercial de pañales pasó. A Juan le dio un poco de vergüenza, las barreras protectoras, la absorbencia, todos estos eran los elementos que mantenían su cama seca por las noches. El comercial también le llamó la atención a Karen; una ves más estaba dentro del grupo de mamás que compran pañales. Este comercial estaba dirigido a ella, una madre preocupada que deseaba mantener a su bebé seco y cómodo.

Más tarde, cerca de las 6, Karen interrumpió el juego de video de su hijo
“¿qué te parece si vamos a comer pizza?”
A Juan le encantó la idea, se puso los zapatos y un abrigo.
Cuando iban saliendo, Karen se detuvo y le dijo a su hijo “¿por qué no vas orinas? No quiero accidentes cuando salgamos”.
Juan se sintió un poco avergonzada de que su mamá le estuviera controlando las veces que debía ir al baño, pero sabia que no era tan mala la idea.

Ya en el restaurante comieron placenteramente y hablaron. Cuando acabaron Karen pagó la cuenta.
“amor, ¿por qué no vas a hacer nines antes de irnos?, te tomaste mucho refresco”.
Juan casi se muere de pensar que tal ves alguien hubiera escuchado a su mamá hablarle así. Estaba seguro de que no tenía que orinar, pero no se iba a poner a discutir con su madre.
Pero la verdad era que si tenia que hacer, y bastante. Se preocupó un poco de que no se hubiera dado cuenta o que no lo hubiera sentido, pero no le comentó a su mamá nada de esto.

 



















miércoles, 6 de agosto de 2025

LA FIESTA DE PIJAMAS


Mis padres necesitaban salir un fin de semana y, por una extraña
casualidad, decidieron que sería mejor que no
los acompañara. Por eso me quedé
con mis tíos David. Mis tíos tenían
cuatro hijos: tres niñas y un niño, mi primo Billy, de 10 años. Billy
era un año menor que yo y nos llevábamos bastante bien, así que no me
importó mucho compartir su habitación y su cama el fin de semana.
No tenía hermanos, y
en aquel momento me pareció un lujo.

Todo fue muy bien hasta la noche, cuando llegó la hora de dormir.
Después de ducharnos, Billy y yo nos metimos bajo las sábanas, cada uno en
calzoncillos. Mis tíos nos dieron las buenas
noches y apagaron la luz, con la expectativa de que dos
niños pequeños pronto se quedarían profundamente dormidos. Nada más lejos
de la realidad. Fue entonces cuando a Billy y a mí nos dio un ataque de
risa. Como la mayoría de los niños de 10 y 11 años que ven
alterada su rutina habitual y tienen la oportunidad de hacer
tonterías y alborotar, Billy y yo empezamos con entusiasmo a
contar chistes, darnos empujoncitos y hacer ruidos desagradables, como
los niños de nuestra edad solían hacer.

Primero fue mi tía quien empezó a suplicarnos que nos calmáramos,
nos calláramos y nos durmiéramos. No tardó mucho en cansarla
y mi tío David intervino. El tío David era un hombre paciente que
participaba activamente con sus hijos. Haría lo que fuera por
ayudarte, pero también esperaba respeto y obediencia. Las
tres primeras veces que nos habló, logró controlar su creciente
ira. Desafortunadamente, con cada intercesión suya, nuestra
capacidad para controlar nuestras risas y tonterías parecía disminuir
aún más.

Finalmente, al encender la luz
del dormitorio, se pronunció: «Ya está, chicos. Estoy harto de hablar. La próxima
vez que tenga que subir, será con el cepillo y podrán
llorar hasta dormirse después de una buena nalgada».
Por un momento, nuestra alegría se rompió y las risas cesaron.
El tío David hablaba en serio. Yo lo sabía y Billy lo sabía mejor que yo.

Una vez más la luz se apagó y las últimas palabras que escuchamos del
tío David fueron: "Ahora vete a dormir".

Lo intentamos. De verdad que lo intentamos, pero las risitas, los ruidos y las
fuertes advertencias de uno al otro: "¡SSSSSHHHHH!",
se hacían cada vez más fuertes. La precaución por nuestra parte parecía descartada
y lo inevitable se hacía cada vez más inevitable.

La luz se encendió. El tío David estaba de pie en el marco de la puerta,
con el cepillo en la mano. De nuevo, las risas cesaron.

Te lo advertí. ¿Te parece gracioso? Ya veremos qué tan gracioso
te parece cuando termine.

Dicho esto, el tío David agarró la silla del escritorio de Billy y
la puso en medio del suelo. Rápidamente fue a la cama y
sacó a Billy de debajo de las sábanas. Yo estaba absorto en lo
que ocurría ante mis ojos, sin ser consciente de que yo
estaba destinado a ser el siguiente.

El tío David se sentó en la silla, le bajó los calzoncillos a Billy hasta los
tobillos y lo colocó sobre su regazo. Rápidamente, el padre
colocó a su hijo en la posición correcta, ofreciéndole su
trasero carnoso y ahora completamente desnudo para que lo castigara. No hubo discusión ni
vacilación. El tío David levantó el cepillo y comenzó una lluvia constante
de fuertes palmadas en el trasero de Billy. Desde donde yo estaba sentada, podía observar
atentamente cómo azotaban a mi primo menor. Y lo hice. Me
maravilló ver cómo el tío David trabajaba con entusiasmo, y una caricia
seguía rápidamente a la última, y las mejillas desnudas de Billy rebotaban en
respuesta, enrojeciendo rápida y profundamente. Billy no tardó
en sollozar. Las lágrimas eran ciertamente reales y se
producían dramáticamente por el profundo escozor que le causaba el cepillo de madera del tío David
. Estaba paralizada al ver a mi
primo siendo azotado tan profundamente por mi tío, conmovida por la dedicación
con la que lo hacía y la fuerte reacción que
le producía. Nunca se me pasó por la cabeza que pronto ocuparía su lugar
. Estaba demasiado fascinado por esta exposición que me
permitían presenciar.

Tan abruptamente como habían comenzado los azotes, cesaron. El tío David
levantó de su regazo a su hijo, cuyas nalgas ahora estaban rojas y vibrantes
, en contraste con el resto de su piel, y
le subió los calzoncillos.

Entonces, sin dudarlo, Billy volvió a la cama y me
arrastraron hacia el centro. No tuve tiempo ni
valor para protestar, y en un instante mis calzoncillos me llegaron a
los tobillos y estaba sobre el regazo de mi tío. El resto fue una mezcla de escozor
y vergüenza. El cepillo me rozó las nalgas
una y otra vez, y la fuerza fue suficiente para causar una reacción más que
leve. Pronto lloré, igual que mi primo Billy
unos minutos antes, y tenía el trasero caliente y dolorido. Estaba acostumbrada
a que me azotaran, ya que solía encontrarme sobre
el regazo de mi padre con bastante frecuencia. Y aunque mi padre me había azotado
con más fuerza, este castigo en particular se me quedó grabado en
la memoria porque me lo administró mi tío David y porque
no solo tuve la oportunidad de presenciar los azotes de mi primo
de antemano, sino porque también me di cuenta de que él estaba presenciando los míos.

Cuando terminaron mis azotes y me subieron las bragas,
me encontré nuevamente en la cama con Billy.

El tío David se dirigió a la puerta, apagó la luz y nos dio una severa
advertencia: «No me hagan volver aquí». No lo hicimos. Estoy seguro
de que había dos chicos demasiado ocupados con sus
traseros doloridos como para encontrar un motivo para reírse.


martes, 5 de agosto de 2025

UN VIAJE EN COCHE


Tenía once años y estaba pasando el fin de semana con mi tío Ken y su hijo Kyle, de diez años. El sábado fuimos al partido de los Chicago Cubs, lo cual fue genial, ya que era un gran aficionado al béisbol y nunca había visto un partido de las Grandes Ligas. El viaje de vuelta a casa de mi tío duró más de una hora, y Kyle y yo estábamos sentados en el asiento trasero haciendo el tonto. Estábamos haciendo mucho ruido y el tío Ken nos dijo varias veces que dejáramos de hacer el tonto. Teníamos esos dedos de espuma de recuerdo que se compran en los partidos y nos golpeábamos con ellos. Kyle golpeó sin querer al tío Ken en la nuca con el suyo.
"¡Ya basta, chicos!", gritó. "¡Les dije que dejaran de hacer tonterías y qué hacen, siguen haciéndolo!"

Había un área de descanso a una milla de la carretera donde el tío Ken se detuvo. Salió y abrió la puerta trasera. "¡Salgan los dos y vengan conmigo!", exigió furioso. "Van a tener que volver a casa con el trasero dolorido para cuando termine con ustedes dos".

Kyle inmediatamente comenzó a suplicar: "¡Por favor, no nos azotes! ¡Prometo que pararé!"

Esto solo enfureció más al tío Ken. "¡Kyle, saca tu trasero del coche ahora mismo o te daré una paliza aquí mismo, jovencito! Tú también, Michael", dijo, mirándome.

Kyle y yo salimos lentamente del coche y seguimos al tío Ken al baño. No había mucha gente, pero había algunas personas. Una vez dentro, agarró a Kyle del brazo y lo condujo a un cubículo. "¡Quédate ahí!", me dijo antes de cerrar la puerta. Podía oír a Kyle llorando y rogándole al tío Ken que no se fuera. Lo siguiente que oí fueron unos azotes rápidos y repetidos, seguidos de los gritos agudos de Kyle. Todos en el baño lo oyeron, pero nadie dijo nada y siguió con sus cosas. Me quedé fuera del cubículo, encogido de miedo, sabiendo que era el siguiente. Parecía eterno, pero los azotes probablemente solo duraron un minuto. Momentos después, la puerta del cubículo se abrió y Kyle salió lentamente, sorbiendo y frotándose el trasero. Los demás presentes lo miraron discretamente.

El tío Ken me agarró del brazo y me metió en el cubículo, cerrando la puerta. No me dijo ni una palabra. Rápidamente me desabrochó los pantalones y los bajó junto con la ropa interior. Me dobló con la cabeza apretada a su lado. Los azotes cayeron sobre mi trasero desnudo, rápidos y fuertes. Ni siquiera tuve tiempo de pensarlo. Inmediatamente empecé a aullar con todas mis fuerzas, intentando zafarme de su agarre. Logré soltarme un momento, pero me agarró por la cintura. No sé si se dio cuenta, pero tenía la mano justo sobre mi pene y mis testículos, apretándolos. Entonces empezó a azotarme más rápido y fuerte que antes. Mi trasero ardía. Incluso me daba azotes a lo largo de la raja del trasero y me dolía muchísimo. Cuando terminó, me subió los pantalones y nos acompañó a los dos, sollozando, de vuelta al coche. Tenía razón respecto a que nos dolería el trasero durante el resto del camino a casa.


domingo, 27 de julio de 2025

QUERIDO PAPÁ!

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ME QUEDO CON MI TÍO


Los padres de Nathaniel Davis no eran muy azotadores, así que Nathaniel se acostumbró a oír: «Apuesto a que te merecías muchos azotes». Esto no era cierto. A los diez años, Nathaniel se portaba bastante bien; e incluso cuando se portaba mal, aceptaba los castigos que sus padres aprobaban sin discutir ni hacer pucheros.

Las vacaciones eran especialmente difíciles para Nathaniel, pues algunos de sus tíos escrutaban cada uno de sus movimientos para demostrar que le habrían beneficiado las nalgadas que no dudaban en darles a sus propios hijos. No era raro que uno o más primos de Nathaniel fueran llevados a otra habitación tras alguna pequeña falta y regresaran minutos después con los ojos rojos y el trasero dolorido. Estos primos a veces se resentían bastante por lo que consideraban una inmunidad injusta de Nathaniel a un castigo con el que estaban demasiado familiarizados. El pobre Nathaniel habría preferido recibir una nalgada a oír a sus primos burlarse de él por ser "un maricón" y "un bebé". ¡No podía evitar que sus padres no creyeran en las nalgadas!

Nathaniel y sus primos se llevaban bien siempre que no saliera el tema de los azotes, así que cuando sus padres tuvieron que dejarlo con su tío favorito durante una semana después de que el padre de Carolyn Davis sufriera un derrame cerebral, no se sintió triste. De hecho, él y los hijos del tío Chris, Ryan y Bryce, estaban deseando pasarlo muy bien juntos esa semana de verano. Chris era divertido y nunca había insinuado que Nathaniel necesitara una paliza, aunque sí les daba azotes a sus propios hijos de vez en cuando.

Mientras Nathaniel esperaba con sus padres a que Chris lo recogiera, su padre sintió la necesidad de sacar el incómodo tema de las nalgadas. Rob Davis se aclaró la garganta antes de empezar a hablar; no se sentía muy cómodo con lo que iba a decir.

Por fin empezó a hablar: «Nathaniel, tu tío nos hace un gran favor al tenerte aquí esta semana. Sabes que les pega a Ryan y a Bryce; bueno, quería que te diésemos permiso para pegarte también si te portas mal esta semana. Le dije que estaba seguro de que le harías bien, pero que sí estaba de acuerdo en que te pegara si te lo mereces. ¿Qué te parece?»

Los ojos de Nathaniel se abrieron de par en par. ¡Nunca imaginó que podría recibir una paliza! Al ver las caras preocupadas de sus padres, Nathaniel supuso que lo que sentía podría impactarlos. Se alegró de que él y sus primos estuvieran en igualdad de condiciones durante esta semana. Sería horrible si ellos recibieran una paliza mientras él estaba castigado. ¡Nunca dejaría de oírlo! Además, Nathaniel sentía una curiosidad terrible por las palizas. Sabía que dolían, claro, pero estaba seguro de que podía aguantar cualquier cosa que Ryan y Bryce pudieran.

Con un extraño cosquilleo en el trasero, Nathaniel dijo: «No me importa, papá. Intentaré portarme bien, pero si me meto en líos, preferiría que me pasara lo mismo que a Ryan y Bryce».

Unos minutos después, Chris llegó a recoger a su sobrino. Nathaniel se despidió de sus padres y pronto él y su tío estaban sentados en el coche. Chris echó un vistazo furtivo a su sobrino, que se parecía tanto a sus hijos, con su pelo oscuro y sus ojos azules. Un poco nervioso, le preguntó: «Nat, ¿te dijeron tus padres que acordaron que puedo azotarte si te portas mal?».

El trasero de Nathaniel comenzó a hormiguear nuevamente cuando respondió: "Sí, me lo dijeron".

Chris entonces preguntó: "¿Estás de acuerdo con eso?"

Nathaniel no pudo evitar sonreír. Era extraño que todos le preguntaran sobre sus sentimientos. Era solo un niño; no tenía voz ni voto. Al cabo de un momento, respondió: «Claro, me parece bien». Luego no pudo resistirse a preguntar: «Eh, Chris, ¿importaría si digo que no?».

Chris le devolvió la sonrisa a Nathaniel. Finalmente dijo: «No quiero que me odies ni nada. Si de verdad te molestara la idea, probablemente no te daría nalgadas, pero creo que tú y tus primos se llevarán mejor si trato a todos por igual esta semana».

Nathaniel tranquilizó a su tío: «Yo también lo creo, pero intentaré portarme bien. Preferiría que no me dieran una paliza». Aunque dijo esto, Nathaniel pensó que no era del todo cierto: quería y no quería una paliza, ambas cosas a la vez.

Al llegar a casa de su tío, Nathaniel llevó sus cosas a la habitación de Ryan. Él y Ryan tenían la misma edad, mientras que Bryce era tres años menor. Pronto se instaló y estaba listo para divertirse con sus primos.

El primer indicio de problemas llegó un par de días después de la visita de Nathaniel. Ni Ryan ni Nathaniel estaban acostumbrados a compartir habitación con otro chico, y Ryan demostró ser bastante territorial con sus pertenencias. Como hermano mayor, le ordenaba a Bryce que no tocara sus cosas, y no veía razón para tratar a Nathaniel de forma diferente. Cuando Nathaniel empezó a jugar con el Guitar Hero de Ryan , se desató una batalla campal. El ruido pronto hizo que Chris subiera para asegurarse de que nadie estuviera mutilado o asesinado.

Chris escuchó las versiones de ambos chicos y luego dijo con severidad: «Ryan, no seas tan egoísta. Si no soportas compartir tus cosas con Nathaniel, tendré que sacarlas de tu habitación mientras dure su visita y otras dos semanas más».

Ryan captó el mensaje y cedió con toda la gracia que pudo. De mutuo acuerdo, ninguno de los dos siguió jugando con Guitar Hero , y se restablecieron las buenas relaciones, aunque Ryan sentía un poco de resentimiento.

Pasaron cinco días de visita sin más incidentes, y entonces a Nathaniel se le ocurrió una idea. A pocas cuadras de la casa de su tío había una casa abandonada que había sido declarada inhabitable tras un incendio. Estaba programada su demolición, y había letreros que advertían sobre la propiedad: «Peligro» y «Prohibido el paso». Nathaniel estaba decidido a explorar la casa y no le costó convencer a Ryan de que lo acompañara. A los dos niños de diez años les pareció una aventura inofensiva. Las señales de advertencia solo existían porque los adultos querían evitar que los niños se divirtieran.

Como era de esperar, Bryce escuchó a los otros dos hablar de sus planes y se invitó. De buen humor, los otros dos accedieron a dejarlo ir. No querían que corriera a ver a la tía Michele; tanto Nathaniel como Ryan sabían instintivamente que si algún adulto se enteraba de sus planes, estos serían cancelados.

Los tres partieron con la agradable consciencia de que se estaban portando mal, pero en su mente eran travesuras inofensivas y, por lo tanto, permitidas. Para entrar en la casa, tuvieron que escalar una cerca de alambre, que tenía otro cartel que indicaba que había sido alquilada a la Compañía Nacional de Cercas. Pronto, los chicos estaban dentro de la casa en ruinas, disfrutando como solo los niños pueden en un lugar oscuro, sucio y peligroso.

Había evidencia de que otras personas también habían estado dentro de las ruinas: botellas vacías de vino y licor de malta, colillas de cigarrillos e incluso algunos objetos bastante desconcertantes que sus padres, más conocedores del mundo, no habrían tenido dificultad en identificar. Mientras Nat y Ryan examinaban varios objetos repugnantes, oyeron a Bryce gritar de dolor de repente.

El niño más pequeño, que solo llevaba chanclas con suela de goma, había pisado una tabla con un clavo que sobresalía. El clavo atravesó el zapato y se metió en el pie de Bryce. Los mayores intentaron no entrar en pánico, pero se dieron cuenta de que su aventura había dado un giro serio. El primer instinto de Ryan fue sacar el clavo del pie de Bryce, pero el pobre niño volvió a gritar con fuerza cuando su hermano lo intentó. Finalmente, los mayores sacaron de la casa a Bryce, medio cargado y medio sostenido, saltando.

Saltar la cerca de alambre con Bryce resultó ser una experiencia terrible que los tres chicos recordarían el resto de sus vidas. En algún momento del proceso, la tabla, con su clavo largo y oxidado, se le cayó del pie a Bryce, y la sensación nauseabunda casi le hizo vomitar.

Mientras los tres caminaban a casa, discutieron qué debían hacer. Para crédito de Nathaniel y Ryan, nunca consideraron ocultar la lesión de Bryce. Sin embargo, sí discutieron varias explicaciones falsas para evitar confesar su estupidez. Finalmente, decidieron decir la verdad después de que Ryan le asegurara a Nat: «Sabrán que mentimos. Siempre lo saben, y eso solo empeora las cosas».

Cuando los tres regresaron a la casa, Ryan y Nathaniel le entregaron a Bryce a Michele. Tras revisar rápidamente la grave herida punzante en el pie de Bryce, Michele metió a los chicos rápidamente en el coche. De camino a urgencias, escuchó la explicación de Ryan y Nathaniel sobre dónde y cómo Bryce se había clavado un clavo en el pie.

La sala de urgencias no fue una experiencia agradable para el pobre Bryce. Mientras Ryan y Nat esperaban en la sala, preocupados por su futuro, a Bryce le limpiaron y vendaron la herida. Luego le administraron una inyección de antibiótico, que, en su opinión, le dolió casi tanto como la uña del pie. Tras unos momentos de tensión, durante los cuales revisaron su historial médico para asegurarse de que no necesitara también una inyección antitetánica, permitieron que Bryce saliera cojeando. Michele, con los labios apretados, no tenía mucho que decirles a los otros dos chicos durante el viaje de regreso.

Al llegar a casa, les ordenó a Ryan y a Nat que esperaran en la habitación de Ryan. Luego hizo lo que pudo para que Bryce se sintiera más cómodo con Tylenol, hielo, almohadas y una voz tranquilizadora.

Mientras Ryan y Nat esperaban a Chris, Nat preguntó: "¿Crees que nos van a azotar?"

Ryan miró a su primo con incredulidad y respondió: "Seguro que sí. No sé qué te hará papá".

Nathaniel, muy nervioso y tenso, explicó: «Si te pegan, a mí también. Mis padres le dijeron a Chris que podía pegarme si me metía en problemas».

Ahora que se dio cuenta de que una paliza no era solo una teoría, Nathaniel estaba asustado. Sentía que se le llenaban los ojos de lágrimas al intentar imaginar cómo sería. A Ryan, que ya sabía cuánto duelen las palizas, también se le saltaron las lágrimas. Sin embargo, dijo con voz tranquilizadora y comprensiva: «Todo irá bien. Duele, pero luego se acabó».

La tarde se les hizo interminable a los dos chicos mientras esperaban a Chris del trabajo. Ninguno tenía ganas de hacer nada más que hablar, pero el único tema que discutían era un constante recordatorio de los problemas que se habían metido. Michele los llamó a almorzar, pero, como era de esperar, ninguno pudo comer más que un par de bocados. Nathaniel descubrió que esperar a ser castigado es la peor manera de pasar una tarde.

Por fin Chris llegó a casa. Michele le repitió con calma la historia que Ryan y Nathaniel le habían contado. No le hicieron gracia mientras subía las escaleras hacia la habitación de Ryan.
 

Cuando los dos chicos oyeron los pasos que se acercaban, sus corazones latieron con fuerza y sus estómagos vacíos empezaron a dar vueltas. Chris entró en la habitación y los encontró sentados juntos en la cama.

La expresión de su rostro no tranquilizó a Nathaniel. Chris estaba tranquilo, pero inconfundiblemente enojado. Cuando los dos rostros asustados se volvieron hacia él, Chris preguntó con dureza: «Bueno, ¿qué tienen que decir?».

Hubo unos momentos de silencio. Ninguno de los dos tenía nada que decir. Chris los fulminó con la mirada y preguntó con sarcasmo: «Supongo que saben leer, así que díganme qué decían los carteles de esa casa».

Nathaniel empezó a decir vacilante: “No pensamos que fuera realmente peligroso…”

Chris lo interrumpió diciendo: «¿Quieres decir que no pensaste... y punto?». Nathaniel empezó a llorar suavemente. La ira de su tío hizo que la idea de una paliza fuera aún peor.

Chris cedió un poco. Con voz firme, pero sin enojo, dijo: «Nathaniel, Ryan, ¿entienden ahora por qué no debieron haber estado en ese lugar?».

Dos voces resonaron tímidamente: “Sí, señor”.

Chris suspiró y continuó: «Entonces no voy a perder el tiempo sermoneándolos. Ambos van a recibir una buena tunda, y espero que en el futuro tengan más criterio».

Nathaniel susurró entre lágrimas: «Lo siento, Chris. También fue idea mía. Nunca pensé que alguien saldría lastimado».

Chris se acercó, se sentó entre los dos chicos y los abrazó. Dijo: «Muy bien, chicos, terminemos de una vez con sus azotes. Nathaniel, la mejor manera de demostrarme que lo sientes es aceptar tu castigo como un hombre. ¿Crees que puedes hacerlo?»

Nat tragó saliva con dificultad y respondió: "Lo intentaré, Chris".

Ryan intervino: "Yo también, papá".

Chris dijo con suavidad: «Bien, chicos. Empezaré contigo, Nat. Nunca te han azotado, y seguro que quieres olvidarlo. Los dos, de pie. Ryan, tú, párate contra la pared. Nat, bájate los pantalones cortos y la ropa interior, por favor».

Nat forcejeó un poco con el botón de sus pantalones cortos, pero finalmente lo desabrochó y los pantalones cayeron al suelo. Dudó un momento y le lanzó a Chris una mirada suplicante, pero Chris dijo con severidad: «La ropa interior también, Nat. Dijiste que intentarías tomarte esto como un hombre». Nathaniel se sonrojó, pero se bajó rápidamente los calzoncillos. Dejó que Chris lo colocara sobre su regazo sin resistencia, y se sintió muy extraño y desorientado, suspendido boca abajo.

Chris lo sujetó firmemente por la cintura, y Nat se tensó al sentir que Chris levantaba la mano. El corazón del chico sintió como si fuera a estallarle en el pecho, y de repente le costó respirar. Entonces la mano de Chris cayó, asestando una nalgada muy fuerte que dejó una huella clara. El cuerpo de Nat se tensó de dolor y sorpresa. La realidad de su primera nalgada, después de tanto tiempo imaginándola, fue un shock; pero antes de que pudiera recuperarse, otra nalgada fuerte le escocía la otra mejilla. Nat dejó escapar un grito ahogado. Intentaba no forcejear, pero a medida que recibía más y más nalgadas, la realidad del dolor minaba su fuerza de voluntad.

No tardó mucho en que Nat llorara y, para su sorpresa, se oyó a sí mismo suplicar. El intenso dolor de los azotes, junto con otras sensaciones extrañas en la periferia de su percepción —la inusual sensación de mirar al suelo, la textura áspera de los pantalones de Chris contra su piel desnuda, los escandalosos sonidos de una mano golpeando la carne—, lo habían consumido por un instante. Luego, varios azotes muy fuertes y fuertes en rápida sucesión sobre la sensible piel justo encima de sus muslos. Oyó su propia voz gemir en protesta; era consciente del dolor más agudo, ardiente y punzante que había sentido desde que empezaron los azotes, y entonces los azotes se silenciaron. Sin embargo, el dolor tardó un poco más en remitir a un nivel soportable, y los sollozos entrecortados de Nat continuaron un rato.

Poco a poco, Nat recuperó su identidad y empezó a esforzarse por controlar el llanto. Chris lo ayudó a levantarse, y Nat sollozó: «Lo siento, Chris. Intenté ser valiente».

Chris abrazó a su sobrino y lo tranquilizó: «Fuiste valiente, Nat. Estoy muy orgulloso de ti por cómo aceptaste tu castigo». Mientras Nat se subía los calzoncillos y los pantalones cortos y se apoyaba contra la pared, Ryan caminó hacia Chris sin que lo llamara. No solo quería demostrar que él también podía ser valiente, sino también acabar con los azotes. Ver cómo le daban a Nat habría sido mucho más interesante si su turno no hubiera llegado aún.

Ryan se quitó rápidamente los pantalones cortos y la ropa interior y se inclinó sobre el regazo de su padre. Habiendo recibido azotes en varias ocasiones, Ryan sabía qué esperar, pero siempre le sorprendía lo poco que su memoria lo preparaba para el evento real. Contuvo la respiración mientras esperaba la primera nalgada y apretó los músculos con fuerza, expectante. Al sentir ese primer azote punzante, exhaló con un jadeo.

Ryan logró permanecer en silencio durante cinco o seis azotes, pero pronto el escozor lo abrumó y empezó a aullar con cada nuevo aumento de dolor. Antes de que terminara la paliza, Ryan sollozaba y lloraba tan fuerte como Nathaniel.

A diferencia de Nat, Ryan se dio cuenta de inmediato de que los azotes habían terminado y se apresuró a levantarse y frotarse el trasero durante unos segundos antes de levantarse la ropa. Su primer instinto fue alejarse lo más posible de su padre, pero Chris extendió el brazo y atrajo a Ryan hacia él. Ryan se relajó mientras su padre lo abrazaba por unos instantes. Ahora que los azotes habían terminado, Chris volvía a ser su amigo.

Más tarde esa noche, mientras Nat yacía en la cama con un trasero tierno, pensó en lo diferente que habrían sido sus padres con el castigo que les dieron a él y a Ryan. No deseaba que empezaran a azotarlo, pero también se dio cuenta de que no le habría importado. Y se alegró mucho de que la próxima vez que sus primos se burlaran de él por no haber recibido azotes, pudiera decirles que sí lo habían azotado, ¡y con fuerza! Ryan lo apoyaría en ese punto.


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