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La semana se arrastró, cada día una dulce tortura para Adri. Las imágenes de su abuela, la sensación de sus manos firmes en su piel, el ardor y el placer, se repetían en su mente, un bucle constante que lo mantenía en vilo. Contaba las horas, los minutos, hasta el sábado. El recuerdo de esa primera nalgada, el impacto inicial, el dolor que se transformaba en una extraña excitación, era como un fuego latente en su interior.
El sol de la mañana sabatina encontró a Adri despierto mucho antes de lo habitual. Se duchó, el agua fría no logró calmar el torbellino en su estómago, y se vistió con el mismo jogging azul de la semana anterior. Era un talismán, un uniforme para su aventura secreta. Al llegar a casa de su abuela, el aire olía a café ya una promesa tácita.
Su abuela abrió la puerta, una sonrisa cálida en su rostro. Adri qué alegría verde!
Hola Abu. ¿Cómo andas?
Adri se acercó, un abrazo fugaz, pero cargado de anticipación.
Pasa, pasa. Justo un tiempo. ¿Qué te parece si repetimos el ritual del sándwich y la Coca-Cola?
Su abuela le guiñó un ojo, su mirada cómplice.
Se sentaron en el sofá, el mismo donde la semana pasada había comenzado todo. Su abuela regresó con el plato rebosante y la bebida burbujeante. Adri mordió el sándwich, el sabor familiar se mezclaba con la adrenalina que corría por sus venas.
¿Qué tal la semana, campeón?
La abuela observó a su nieto, una chispa divertida en sus ojos.
Uff, Abu. Larga. Pensé en... en lo del sábado pasado, un montón.
Las palabras de Adri salieron un poco atropelladas, su voz teñida de un anhelo apenas disimulada.
A ella le sonó, un sonido ronco se escapó de su garganta. ¿Ah, sí? ¿Y qué pensaste, picarón?
Adri se atragantó un poco con el pan, sus mejillas se encendieron. Pues... que me gustó. Mucho. Y que ya quiero que sea hoy.
Jajaja. ¡Qué descarado! ¿Te gustó el castigo ?
Sí, Abu. Me ardió el culo por días, pero... valió la pena. ¿A ti también te gustó?
Adri levantó la vista, sus ojos celestes brillaban con una mezcla de inocencia y atrevimiento.
Ella apoyó una mano en la rodilla de Adri , un gesto tranquilizador. Digamos que me devolviste las ganas de algunas cosas. Y sí, verte disfrutar, aunque fuera entre lágrimas, fue... interesante.
La voz bajó un tono, una confianza. Me hizo recordar viejos tiempos. Tiempos donde yo era el que ponía orden con... más contundencia.
¿Cómo con mis tíos?
Exacto. Aunque ellos no eran tan... entusiastas como tú.
Una risa compartida llenó la sala, rompiendo la tensión. Bueno, ya charlamos y comemos. ¿Estás listo para la segunda parte?
Adri tragó saliva, sus ojos fijos en los de la abuela. Más que listo. ¿Empezamos con la mano, como precalentamiento?
Buena idea. Hay que preparar ese culito para lo que viene.
La abuela se levantó, su mirada se detuvo en el jogging azul de Adri . Veo que te pusiste tu uniforme de batalla.
Adri ascendió, su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Si. Es el de la suerte.
Ella se sentó en el medio del sofá grande y le hizo un gesto a Adri de ir hacia el mueble de tres plazas. Adri obedeció, su cuerpo vibraba con la expectativa. Ahora recuéstate, apoya la pelvis sobre mi regazo. La cabeza y las manos en el cojín, cerca de este brazo, y las piernas en el otro.
Adri se acomodó, su cuerpo se moldeaba a la postura indicada. Su trasero se elevó, expuesto, una invitación silenciosa. Ella notó el familiar jogging azul, una sonrisa se dibujó en sus labios. Sus ojos se fijaron en las nalgas de Adri , ahora prominentemente levantadas. Estiró una mano, sus dedos rozaron el elástico del pantalón.
Vamos a liberar a esta hermosura.
Ella tiró del elástico, bajando el jogging y el calzoncillo al mismo tiempo. Adri , con un movimiento instintivo, levantó las caderas, facilitando la tarea. La tela se deslizó, revelando el blanco y tierno lienzo de sus nalgas.
Su abuela suspiró, una mezcla de admiración y deseo en su mirada. Sus manos grandes y cálidas se posaron sobre las nalgas de Adri , acariciándolas con una ternura que contrastaba con la inminente dureza. Masajeó la piel, amasándola suavemente, explorando cada curva, cada milímetro. Adri cerró los ojos, un gemido se escapó de su garganta, la anticipación era casi insoportable.
Qué piel tan suave,
Adri . Una obra de arte.
La voz era un murmullo cercano. Pero ahora, la obra necesita un poco de color.
El primer golpe cayó, seco y contundente, en la nalga derecha. *¡SPANK!* Adri se encogió, un pequeño grito ahogado. ¡Sí!
Eso es solo el comienzo, mi pequeño pervertido.
Su abuela alternó las nalgas, una y otra vez, en cada nalga, en el centro, arriba y abajo. Sus manos se movían con precisión, sin dejar un centímetro sin azotar. *¡AZOTAR! ¡AZOTAR! ¡SPANK!* El sonido resonaba en la habitación, un ritmo primitivo y adictivo.
El dolor se intensificó, un fuego ardiente se extendió por sus nalgas. Adri ya no podía contener los gemidos, que se transformaron en sollozos. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, mojando el cojín. Su cuerpo se sacudía con cada impacto. Sus nalgas, antes blancas, ahora se teñían de un rojo vibrante, más intenso que cualquier tomate maduro.
¡Ay, ay, ay! ¡Abu, me duele! ¡Por favor!
La voz de Adri era un lamento, pero en el fondo, una parte de él anhelaba más. El placer del dolor, la humillación, la entrega, lo envolvía.
Su abuela no se detuvo. Sus manos seguían su implacable danza, golpeando con una fuerza calculada, pero sin piedad. El rojo se hizo más profundo, casi púrpura en algunos puntos. De repente, una sensación de calor se expandió por la entrepierna de Adri . Un chorro de esperma se liberó, empapando la falda de su abuela.
Adri se estremeció, la vergüenza y el éxtasis colisionando. Perdóname, Abu...
Su voz era un hilo, ahogada por los sollozos.
Ella detuvo su mano por un instante, su rostro se inclinó. Perdonarte, ¿por qué, por hacerte pis blanco?
Y con esas palabras, dos nalgadas más, duras, resonaron en las nalgas de Adri . *¡AZOTAR! ¡AZOTAR!*
¡Sí! ¡Me duele, Abu! ¡Pero me gustó!
Adri hipó, su cuerpo aún temblaba.
Su abuela se incorporó, una sonrisa en su rostro, su mirada brillaba con una mezcla de satisfacción y picardía. No hay problema, campeón. Mientras me cambio, ves al rincón. Manos en la cabeza, nariz pegada a la pared, y que se te ve bien ese culito rojo. Y cuando vuelva, traigo el cinturón.
Adri , con el cuerpo dolorido pero la mente embriagada, ascendiendo. Se deslizó del regazo de su abuela, sus piernas temblaban. Caminó con dificultad hasta el rincón, la piel de sus nalgas ardía con cada paso. Se apoyó contra la pared fría, las manos entrelazadas sobre su cabeza, su nariz tocando la superficie. Miró hacia atrás, sus nalgas, ahora de un rojo intenso y palpitante, eran una exhibición innegable de lo que acababa de suceder.
Ella regresó, el cinturón de cuero en su mano, un objeto que parecía cobrar vida propia en sus dedos. Se sentó en el sofá, justo enfrente de su nieto, sus ojos fijos en las nalgas expuestas de Adri .
Qué lindo culito, nietito. Bien, bien rojito y calentito.
La voz de su abuela era un ronroneo bajo, cargada de una admiración casi tangible.
Adri , aún con la nariz en la pared, giró ligeramente la cabeza, una sonrisa traviesa asomando entre sus lágrimas. Me duele, pero me gusta... dijo Adri
La abuela soltó una carcajada, el sonido grave llenó la habitación. te gusta que te lo pongan así, ¿o no?
Se levantó, el cinturón chasqueó en el aire, un sonido seco y amenazante. Prepárate para el cinto, ahora. Por eso, te quiero todo desnudo, doblado en la parte posterior del sillón, con las manos apoyadas en los cojines de los asientos.
Adri obedeció sin dudar. Se despojó de su camiseta y sus calzoncillos, dejándolos caer al suelo con un susurro. Su cuerpo joven, esbelto y ahora completamente expuesto, se dobló sobre la parte posterior del sofá. Las manos se apoyaron firmemente en los cojines de los asientos, elevando ligeramente sus caderas. Sus nalgas, aún rojas y palpitantes por el castigo manual, ofrecían un blanco tentador.
Todo tuyo, mi culito, Abu.
La voz de Adri era un susurro jadeante, una mezcla de dolor y deseo.
Ella se acercó, sus pasos resonando con una autoridad silenciosa. Dobló el cinturón, la hebilla metálica brillando bajo la luz. Lo hizo sonar en el aire, un *¡WHAP!* seco que erizó los pequeños vellos de la piel de Adri . Luego, con una presión deliberada y una fuerza contenida, lo estrelló en el centro de las nalgas de su nieto.
¡AAAAAHHH!
El grito de Adri llenó la habitación, agudo y prolongado. Su cuerpo se tensó, las manos se aferraron con fuerza a los cojines, sus nudillos blanqueaban.
Ella vigilaba la marca roja que el cinturón había dejado, una línea perfecta que cruzaba las nalgas. Sigo.
La palabra fue una promesa, una amenaza.
Adri , con el aliento entrecortado, levantó la cabeza. Sí, Abu... duele, pero puedo seguir.
Una súplica apenas audible.
La abuela ascendiendo, una chispa oscura en sus ojos. Levantó el cinturón de nuevo, el cuero silbó en el aire antes de estrellarse contra las nalgas de Adri . *¡WHAP!* ¡AAAAHHH!
Otro grito desgarrador, esta vez con un matiz de éxtasis.
El cinturón subió y bajó, una y otra vez, con un ritmo implacable. Cada golpe dejaba una nueva marca, una línea roja que se sumaba a las anteriores, entrelazándose, cruzándose, creando un mosaico de dolor y color. Las nalgas de Adri se transformaron, de un rojo tomate a un violáceo intenso, salpicado de moretones que comenzaban a aparecer. El cuero del cinturón se pegaba a la piel sudorosa, dejando impresiones temporales, una topografía de castigo.
Las lágrimas de Adri fluían sin control, empapando el sofá. Su cuerpo se retorcía, intentando escapar del impacto, pero al mismo tiempo, buscando más. Los gritos se mezclaban con jadeos y gemidos, una sinfonía de dolor y placer que llenaba el espacio.
Por hoy, es suficiente.
La voz de la abuela cortó el aire, un bálsamo inesperado. El cinturón cayó suavemente al suelo. ¿Qué tal,
Adri ?
Adri , sollozando, se enderezó lentamente, sus nalgas pulsando con un dolor agudo. Me dolió un montón, Abu... pero me gustó. Te pasaste, abuela.
Las palabras salieron entrecortadas, su voz ronca por el llanto.
Ella irritante, una expresión suave en su rostro. Recogió el cinturón y lo dejó a un lado. Luego, se sentó en el medio del sofá, haciendo un gesto para que Adri se recostara de nuevo en su regazo. Esta vez, no era para castigar.
Adri se acomodó, su cuerpo aún tembloroso, su respiración irregular. La abuela tomó un tubo de crema de un cajón cercano. Abrió la tapa, el aroma mentolado llenó el aire. Con sus dedos, comenzó a aplicar la crema en las nalgas de Adri , extendiéndola suavemente, acariciando cada centímetro de la piel herida.
Ahhhhhh...
El alivio fue instantáneo, un escalofrío de placer recorrió el cuerpo de Adri . La frescura de la crema calmaba el ardor, las caricias de su abuela eran un bálsamo. Sus manos se movían con ternura, masajeando los moretones incipientes, suavizando las líneas rojas.
Ella observó las nalgas de su nieto, su obra de arte. Se quedó en silencio por unos cinco minutos, sus ojos fijos en la piel multicolor, una mezcla de rojo, violáceo y blanco. Adri , sintiendo la intensidad de su mirada, sonaba débilmente.
Cómo te calientas, abuelita.
Un tono juguetón en su voz, a pesar de las lágrimas secas en sus mejillas.
La abuela levantó la vista, una sonrisa enigmática en sus labios. Y tú también, pequeño pervertido. ¿O no te acuerdas que fuiste tú quién me lo pidió?
Adri río, un sonido ronco y feliz. Sí, ya sé, abuelita, estoy bromeando. Yo también... querido, te quiero mucho,
Adri . Yo también, te requiero Abu.
Las palabras salieron con una sinceridad abrumadora.
Después de un rato, Adri se levantó. El dolor aún estaba ahí, pero era un dolor manejable, mitigado por la crema y las caricias. Se vistió lentamente, sus movimientos aún cautelosos. Se despidieron con un abrazo, un pacto sellado en el silencio.
El sábado que viene, ¿otro instrumento?
La pregunta fue una invitación, una promesa.
Claro, Abu. Lo pensamos en la semana. Algo más fuerte, ¿no?
Adri irritado, sus ojos brillando con una anticipación renovada.
Algo que te deje el culo aún más hermoso, mi Adri .
Adri ascendiendo, su corazón lleno de una emoción compleja y poderosa. Salió de la casa de su abuela, el sol de la tarde bañando las calles. La semana se había ido, y la siguiente ya se cernía, llena de nuevas promesas, de nuevos dolores y nuevos placeres. Su abuela, por su parte, se quedó en la puerta, observando a su nieto alejarse. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro. La vitalidad había regresado, el fuego había sido reavivado. La historia de sus nalgadas apenas comenzaba.