lunes, 25 de enero de 2021

Al cole en pañales 4

Capitulo 4 Primer día de David con pañal en la escuela 


Pero hay que apurarnos a llegar a casa porque ya me dieron ganas de ir al baño -No te preocupes, si quieres has pipi en el pañal, al fin llegando a casa te vas a bañar David no estaba dispuesto a mojar el pañal, así que se aguanto las ganas, después de que mami termino de comprar fueron a las cajas y pagaron la compra, cuando la cajera paso los pañales por el lector de código de barras David se sintió muy apenado, estaba seguro que la cajera sabia que los pañales eran para él. Luego fueron al coche, mientras caminaban por el estacionamiento David tenía que reconocer que casi no sentía que traía pañal, es más lo único que sentía era la suavidad del pañal al tocar su piel, no era tan desagradable usar pañal, lo malo era la pena que daba tener puesto un pañal como cualquier bebito. En cuanto llegaron a casa David le pidió a mami le quitara el pañal para poder ir al baño, ya no aguantaba las ganas, mami le dijo: -Te dije que hicieras en el pañal, no es bueno que te aguantes te pude hacer daño, incluso puedes quedar incontinente y entonces si a usar pañales siempre David se asusto, no quería que le pasara eso, no volvería a aguantarse tanto, mami le dijo: -Pero aprovechando que tienes ganas de hacer pipi, vamos a iniciar tu entrenamiento para que aprendas a hacer pipi con el pañal puesto Diciendo y haciendo, llevo a David al baño, ya ahí le bajo los pantalones, luego bajo un poco el pañal y metió la mano dentro del pañal, sacando el pene de David, mientras le decía: -Ahora ya puedes hacer pipi David esta súper apenado, de por si hasta el momento en que le pusieron el pañal en la tienda ya tenía mucho tiempo que mami no lo veía desnudo, pero ahora se agregaba que mami le sostenía el pene con su mano mientras él hacia pipi, le costó trabajo que la `pipi saliera a pesar de las ganas que tenia, pero al fin la pipi y se sintió aliviado, ya que termino mami todavía sacudió su pene para que escurriera hasta la última gota de pipi, luego le acomodo el pañal y le subió el calzón y los pantalones, David se sentía un bebito aprendiendo a ir al baño. Ya que salieron del baño fueron a su recamara y mami le quito el pañal para que se pudiera bañar, luego le dijo: -Bueno ya viste como tienes que ir al baño, mañana te voy a poner pañal desde que te despiertes y cuando te den ganas vamos al baño y lo haces tú para que aprendas a hacerlo tu solito, porque en la escuela nadie te va a ayudar. Cuando se despertó en la mañana como de costumbre sintió ganas de ir al baño, por lo que lo primero que hiso fue ir al baño a hacer pipi, luego fue a la cocina con la intención de desayunar, en cuanto mami lo vio le dijo delante de Sonia: -Que bueno que ya despertaste, vamos a que te ponga el pañal, no se te olvide que tenemos que practicar tus idas al baño. Rojo de pena acompaño a su mami a su recamara, mami le puso el pañal y lo dejo sin ropa encima del pañal, diciéndole: -No te pongo el pantalón de la pijama porque te va apretar mucho, ya que no están diseñados para usarse con pañal, después de desayunar ya te vistes con la ropa que vas a usar hoy Así que David tuvo que bajar a desayunar en pañal, obvio cuando entro a la cocina observo claramente como Sonia al verlo sonreía burlonamente, lo bueno es que no comento nada, seguro porque sabía que cualquier burla que dijera mami era capaz de cumplir la amenaza y ponerla en pañales también, pero igual esa sonrisa burlona mortifico en demasía a David. Cuando le dieron ganas de hacer pipi le aviso a mami y fueron al baño, mami pretendió dejar que David hiciera pipi como le había enseñado, pero este se hiso bolas y mami tuvo que intervenir: -Fíjate bien como lo hago, porque si no aprendes a hacer pipi tu solo cuando estés en la escuela no te va a quedar más que mojar el pañal e ir a la enfermería a que te cambien. A media mañana salieron de casa para ir a casa de su tía y sus primos, David estaba muy mortificado porque todos ese enterarían que usaba pañal y aunque no lo iba a mojar de cualquier forma le daba mucha pena, trato de convencer a mami que no lo obligara a ir en pañal, pero ella argumento: -Acuérdate que tienes que seguir practicando para que puedas ir al baño con el pañal, Afortunadamente se dio cuenta que el pañal casi no se notaba debajo de sus pantalones, esperaba que nadie se diera cuenta de traía pañal. Estuvieron todo el día en casa de sus tíos, David estaba tranquilo porque parecía que nadie notaba sus pañales, lo malo fue cuando le dieron ganas de hacer pipi, fue con mami y le dijo muy discretamente que tenía que ir al baño, mami se paro para llevar a David al baño, a su hermana, le dijo: -Ahorita vengo voy a llevar al baño a David al baño y regreso Su hermana se quedo muy extrañada ¿Por qué llevaba a David al baño? Ya no era un chiquito David se había fijado muy bien cómo hacer pipi con el pañal puesto, porque no le gustaba nada que mami lo tuviera que llevar, así que en esta ocasión dio los pasos perfectos e hizo pipi sin que mami lo tuviera que ayudar, ya que termino pero antes de salir del baño le dijo a mami -Ya me puedes quitar el pañal, te demostré que ya puedo hacer pipi solo -Tienes razón, pero todavía tienes que aprender a hacer cuando sea popo -Hay no me van a dar ganas de hacer popo -Quien sabe, mejor te dejo el pañal por si acaso, al fin nadie se ha dado cuenta que usas pañal Salieron del baño y David se fue con sus primos a jugar, en cuanto mami llego a la sala, su hermana le pregunto: -¿Por qué llevas al baño a David? -No le vallas a contar a nadie pero es que está usando pañal -!!!Pañal!!! ¿Por qué? -Lo que pasa es que en la escuela recomendaron que los niños usen pañal ya que no los van a dejar salir al baño entre clases y para evitar un posible accidente es mejor que usen el pañal -Nunca había oído algo semejante -Pues fíjate que ahora que le fui a comprar los pañales la vendedora me comento que en varias escuelas están haciendo lo mismo, por eso ha vendido muchos pañales para niños grandes -Ojala en la escuela de mis enanos no se les ocurra eso, pero bueno eso será en la escuela pero ¿Por qué ahora los estas usando? -Tiene que practicar para poder hacer pipi o popo en el baño aunque traiga pañal, por eso ahora usa pañal, pero es cierto en cuanto aprenda solo los va a usar en la escuela Al rato le dieron ganas de hacer popo, pero sabía que ya no faltaba mucho para que regresaran a casa, así que decidió aguantarse, con lo que no contaba es que efectivamente un ratito después se despidieron y se subieron al coche, David estaba feliz, ya que sus primos se enteraron que usaba pañal lo que no sabía es que pronto sus primos no solo sabrían que usa pañal, sino que incluso lo verían en pañal, ya que se subieron al coche mami les dijo que tenía que pasar al súper y mami vaya que se tarda en el súper, David pregunto: -¿No puedes ir al súper mañana? -No, porque tengo cosas urgentes que comprar, pero ¿porqué? -Es que tengo ganas de hacer popo -¿Por qué no me avisaste en casa de tu tía? -Porque estaba seguro que ya nos íbamos a regresar a casa, pero si pasamos al súper no me voy a aguantar las ganas -Pues no te va a quedar más remedio que o que vayamos en el súper al baño de mujeres y ahí te enseñe a hacer popo o hacerte en los pañales y llegando a casa te cambio A David no le gusto para nada la experiencia de pasar al baño de mujeres para que le pusieran pañal, así que pensó que lo mejor era hacer popo en el pañal, le daría mucha pena, pero al fin solo lo sabrían Sonia y su mami, así que pujo para que saliera la popo, le costó algo de trabajo que saliera ya que no estaba acostumbrado a hacer fuera del baño y para colmo de males en público. Pero al fin salió, David sintió rico como salía la popo y se depositaba en el pañal, lo malo es que el olor lo delato aun antes de terminar, Sonia comento: -Mami parece que el bebito ya hiso popo en los pañales, huele muy feo -Ya te dije que no es un bebito y no importa que haya hecho popo, llegando a casa lo cambio y ya Cuando llegaron al súper David lógicamente no se quería bajar del coche porque sabía que el olor lo delataría y cualquier persona con la que se topara adivinaría que estaba hecho popo, ¡que oso!, pero mami fue inflexible -No te puede quedar solo en el coche y Sonia va a bajar, así que andando -Pero mami todos se van a dar cuenta que estoy hecho popo -Eso lo hubieras pensado en casa de tu tía y me hubieras avisado para que te llevara al baño y no estarías pasando por esto No le quedo más remedio que bajarse del coche, al caminar con la popo en el pañal se sintió incomodo, ese bulto pegajoso pegado a los pañales le molestaba con cada paso que daba y lo peor es que varias personas con las que se topo hacían cara de fuchi en cuanto olían a David, incluso un niño como de 4 años le pregunto a su mamá: -¿Por qué ese niño tan grande hiso popo? David se puso de todos los colores y apresuro el paso para ya no oír lo que la mami le contesto al niño, fue una verdadera tortura estar en el súper hecho popo, pero bueno todas las torturas pasan y por fin después de un buen rato salieron del súper un rato que a David se le hiso una eternidad. En cuanto llegaron a casa mami cambio a David, hasta eso le gusto como le limpiaron la popo, sintió muy rico cuando mami pasaba el papel de baño por todas sus pompas, cuando termino mami le dijo -Te rozaste un poco, así que cuando termines de bañarte me avisas para que te ponga Capent No le gusto nada a David esta indicación ya que aunque le gusto como mami lo limpio le dio mucha pena y ahora le daría más pena que le pusieran capent como si fuera un bebito, pero no le quedo más remedio que avisarle a mami cuando termino de bañarse, mami le pidió que se acostara boca abajo y le puso capent donde estaba rosado, luego le puso la trusa y talco de bebe donde la había puesto capent, no cabía duda cada vez se convertía mas en un bebito, ahora mami hasta los calzones le ponía. El domingo fue una tortura para David, se sentía como un condenado a muerte el día anterior a la ejecución, sabía que al día siguiente iría a la escuela en pañales y eso lo mortificaba mucho, lo consolaba saber que no sería el único, pero también sabía que había muchos compañeros que irían sin pañal y seguro se burlarían de él. Lógicamente ese día uso pañal todo el tiempo ya que tenía que aprender a hacer popo con el pañal puesto, mami todavía superviso la primera vez que hiso pipi, pero lo hiso tan bien que mami ya no lo volvió a supervisar, pero cuando le dieron ganas de hacer `popo mami lo llevo al baño, le bajo los pantalones y el calzón luego despego una cinta del pañal y lo bajo, David se sentó en el inodoro, mami le dijo:- -Me avisas cuando termines para que te venga a poner el pañal David recordó cuando era chico y estaba aprendiendo a ir al baño también le tenía que gritar a mami cuando terminaba de hacer popo para que lo fuera a limpiar, ahora no lo limpiaría, faltaba más el lo podía hacer, pero si le volvería a colocar el pañal, ¡que oso!, cuando termino, le grito a mami: -Mami ya termine -Voy Mami entro al baño, le subió el pañal, lo acomodo bien y luego volvió a pegar la cinta que había despegado ,o bueno es que las cintas eran totalmente replegables, mami observo -Es importante que solo despegues una cinta si no luego te va a costar mucho trabajo volver aponer bien el pañal -Si mami -Vamos a practicar a que tú lo hagas porque creo que no te van a volver a dar ganas de hacer popo y mañana tienes que ser un experto Así que David despego una cinta, bajo el pañal se sentó en el inodora, luego se paro subió el pañal, le costó un poco de trabajo colocarlo bien, mami le tuvo que ayudar y luego repego la cinta, mami le pidió que lo hiciera de nuevo, le salió bastante mejor, mami satisfecha dijo: -Parece que ya aprendiste, en premio te dejo ya sin pañal Al día siguiente mami lo despertó y le puso el pañal, luego lo vistió David protesto ya que el siempre se vestía, pero mami le dijo: -Déjate consentir, al fin ya te puse el pañal Después de desayunar salieron para que mami llevar a la escuela a sus queridos hijitos, David vio que salía con su pañalera y lo peor tenía un letrero grande que decía su nombre, todos sabrían que era su pañalera que pena, cuando llegaron a la escuela David se bajo del coche cargando además de su mochila su pañalera, camino a la enfermería se encontró con Liz una compañera con la que se llevaba muy bien -Hola -Hola ¿Cómo te fue en las vacaciones? -Muy bien, lo malo es que terminaron y ahora hay que volver a la escuela y luego con las locuras de la nueva maestra, veo que tú también traes pañal ¿verdad? -Si, por más que le dije a mami que no necesitaba usarlo, que me puedo aguantar perfectamente las ganas, ella fue inflexible -En mi caso creo que estuvo bien que mami me mande en pañal, yo sí creo que a veces no voy a aguantar las ganas y seguro me mojare, va a ser mucho más penoso mojar la falda, que linda pañalera te mando tu mami, es como la de los bebes, mami me mando esta bolsa, no parece pañalera -Tienes razón, también me opuse a eso, podría haber mandado las mudas en una bolsa cualquiera como tu mami, no que todo el mundo sabe que uso pañal -Pues yo hubiera preferido una pañalera como la tuya, al fin que si uso pañal pues que tiene de malo que los demás se enteren, como dice la maestra al rato todos va a traer pañales por que tarde o temprano van a tener “un accidente”, ¿Te parece muy incomodo el pañal? -Hasta eso que casi ni notas que traes pañal, son muy delgados y no molestan, la pena es cuando te los ponen y creo que más penoso si alguna vez te los tienen que cambiar, creo que eso si no lo voy a aguantar, por eso voy a hacer hasta lo imposible -Pues a mi creo que hasta me gusta usarlos, se siente muy rico lo suavecito de loa pañales y como dices casi no se siente que lo estas usando, también me va a dar pena cuando la enfermera me cambie el pañal, pero creo que me voy a acostumbrar rápidamente ya que como te digo yo no aguanto mucho la pipi y seguro seguido lo voy a mojar Después de dejar la pañalera en su lugar fueron hacia el salón de clases, cuando pasaron por los baños David le dijo a su amiga: -Voy al baño, aunque no tengo ganas, es mejor hacer por aquello de las dudas -Tienes razón vamos al baño Entraron cada uno al baño que les corresponde y después de un rato salieron los dos, caminaron hacia el salón, se encontraron con Ruben y Claudia, estaban platicando sobre el tema del día; los pañales, también se acerco Hugo, después de saludarse, les dijo: -Que lindos bebitos que usan pañal para venir a la escuela Lo dijo de broma pero si molesto a los ahí reunidos, Liz le dijo: -No te deberías burlar, seguro en cualquier momento vas a tener un accidente y vas a ver que te va a dar mucho más pena -No soy un bebito para necesitar pañal o para hacerme en los pantalones, ni creas que eso va a pasar, en cambio veo que si hay muchos bebitos que si necesitan pañal para no mojar el uniforme En ese instante llego la maestra y los hiso pasar al salón, ya que todos se sentaron, en su lugar la maestra hablo al grupo, después de presentarse les dijo: -Ya sé que el tema es los de los pañales, pero créanme que es una muy buena medida para evitar pérdidas de tiempo, veo que la mayor parte trae pañal puesto que bueno, a los que no lo están usando les recomiendo que le digan a mami que los mande en pañal, mi experiencia me dice que en poco tiempo todos vendrán en pañal ya que todos en alguna momento van a tener un accidente y recuerden que aquel que mojes su uniforme, por obligación a partir del día siguiente tendrá que venir en pañal, además de que es día igual tendrá que ir a que lo cambien, le van a poner pañal y nada arriba, ya que su uniforme estará mojado, eso da mucha pena. Después de tomar aire continúo: -No voy a tolerar ninguna burla, recuerden que al fin en cualquier momento todos tendrán que venir en pañal no veo porque burlarse, además no tiene nada de malo usar pañal ni los convierte en bebitos, siguen siendo unos niños grandes casi adolecentes que por cuestiones de disciplina tienen que usar pañal, solo es eso De inmediato dijo: -Recuerden que en este grupo está prohibido pedir permiso para ir al baño, cada vez que alguien pida permiso le bajare un punto en civismo y como la idea es que no salgan para nada del salón durante las clases si alguien que no trae pañal moja sus pantalones, obvio lo tendré que mandar a la enfermería a que lo cambien, no se puede quedar mojado, pero le quitare 5 puntos en civismo, entendido Luego la maestra hablo de diferentes temas relacionados con las clase y de inmediato empezó a dar la clase. Eran apenas las 10 de la mañana cuando Tere interrumpió la clase: -Maestra me urge ir al baño -¿Que dije sobre esto? un punto menos para Tere -pero maestra estoy a punto de hacerme -Se los advertí a sus papas, ni modo mójate en el uniforme, pero ya no sigas interrumpiendo, ya tienes dos puntos menos en civismo y si mojas tu uniforme serán 5 mas dos ¡Siete!, así que considérate reprobada en civismo este mes. Siguió con la clase como si nada, después de un rato Jimena interrumpió: -Maestra -¿Que tu también quieres menos puntos en civismo? -No, de hecho traigo pañal, así que no tendría porque pedirle permiso para ir la baño ¿Entonces qué pasa? -Es que Tere ya se hiso pipi y mojo su falda -A ver Tere párate y ve a la enfermería Cuando se paro se veía claramente la mancha de humedad en su falda, todos los niños soltaron la risita -Recuerda que tienes 5 puntos menos en civismo, por cierto les dices a los de intendencia que vengan a limpiar tu desastre -Y clase a callar, les dije que no se podían burlar de nadie Siguieron en clase y después de un rato entro Tere en pañal, se veía como una bebita, se notaba que estaba muy apenada, no quería mirar de frente a nadie y tenía la cara completamente colorada, la maestra le dijo: -No se te olvide que a partir de mañana tienes que venir con pañal, te voy a revisar ¿eh? -Si maestra Cuando salieron a recreo, Tere no quiso salir del salón, estaba muy apenada y el solo pensar que toda la escuela la veri en pañal, prefería quedarse en el salón. Salieron juntos David y Liz, ella dijo: -Voy a la enfermería a que me cambien el pañal, ya lo moje -Bueno aprovechando yo voy al baño -¿no te mojaste? -No, pero lo mejor es que valla al baño, no me quiero mojar Después de un rato se volvieron a encontrar, David le dijo: -Si te tardaron con el cambio -Es que había varios compañeros antes que yo, se ve que pocos pueden aguantar -¿fue muy feo el cambio? -No, se siente muy rico cuando te limpian con las toallitas, lo malo es la pena que te da pero como te dije en la mañana, creo que me voy a acostumbrar rápido -¿Que sientes cuando haces `pipi en el pañal? -También muy rico, sientes como corre la pipi calientita por tú piel hasta que es absorbida por el pañal, muy rico David no sabía como a Liz le podía gustar hacer pipi en el pañal y que la cambiaran, estaba seguro que a él nunca le gustaría Cuando salieron de clase David seguía seco, mientras lis le dijo: -Otra vez moje el pañal, ahora me esperare hasta que llegue a casa y mami me cambie el pañal David le dijo: -Pues si eres muy meona, yo ahorita ni ganas tengo, hasta que llegue a casa y mami me quite el pañal iré al baño Salieron de la escuela, obvio antes cada uno recogió su pañalera, se subió al coche donde lo esperaba mami, de inmediato le pregunto: -¿Cómo te fue en tu primer día de clases? -Muy bien -¿mojaste el pañal? -No, para nada, estoy completamente seco David sintió mucha pena que mami le preguntara eso, más porque Sonia ya estaba en el coche y escucho eso -Te dije que no necesito pañal, con que vaya al baño en el recreo aguanto perfecto -No estés tan seguro que siempre sea así, un día te puedes mojar y no tendría nada de malo para eso es el pañal -A lo mejor tienes razón Liz si mojo el pañal antes del recreo y fue a que la cambiaran y me comento que había varios compañeros haciendo fila para que los cambiaran, ¡que oso! -Ya ves y ¿nadie que estuviera sin pañal se mojo? -Si, Tere no pudo aguantarse y se mojo, todo el día estuvo solo con pañal, que pena -Por eso preferí que vengas con pañal, estas más seguro, bueno en cuanto lleguemos a casa te lo quito Efectivamente en cuanto llegaron a casa mami le quito el pañal, David se sintió aliviado, había pasado el primer día en pañal y no había pasado nada.

Al cole en pañales 3

Capitulo 3 “Le compran pañales a David” 


 El viernes por la tarde, cuando mami regreso de trabajar le dijo a David: -Bueno David tenemos que ir a comprar tus pañales -¿Porqué no mejor vas tú sola?, me da mucha pena que sepan que me compras pañales -Créeme que iría sola, pero es necesario que veamos cuál es tu talla, ni modo que te compre pañales que no te queden, así que vamos David todavía se defendió: -Llévate unos calzones míos y así ven la talla -No, debemos estar seguros que los pañales son de tu talla, te juro que voy a ser muy discreta para que nadie se de cuenta que son para ti. No le quedo mas remedio a David que ir con su mami a que le compraran sus pañales, afortunadamente Sonia no los quiso acompañar, le hubiera dado más pena a David ir con acompañantes. En cuanto llegaron al súper se dirigieron al departamento de bebes, David estaba muy apenado y mas apenado se puso cuando llegaron al mueble donde se exhibían los pañales de bebe, eran gran cantidad de paquetes diferentes y lo peor para David es que alguno de esos `paquetes de pañales serían para él, como si fuera un bebito de mamá. Mami se puso a buscar cuales pañales serian los adecuados para su hijito, pero no encontraba, todos parecían ser para bebitos chiquitos, ninguno para su bebito “Grande”, una vendedora se acerco: -¿Puedo ayudarla? -Gracias, estoy buscando pañales para mi hijo Respondió, señalando a David, este ahora si ya no podía de la pena -¿Moja la cama? Pregunto la vendedora -No, es que en la escuela pidieron que mandemos a los chicos con pañal porque ya no los van a dejar ir al baño durante las clases -Es cierto, se está poniendo de moda que en algunas escuelas pidan eso, es común que vengan mamas buscando pañales para sus niños, ahorita le muestro los pañales que le vienen bien a su hijito La vendedora busco varios paquetes y se los enseño a la mami, esta no decidía cuales serían los mejores, por lo que la vendedora dijo: -Mire yo le recomiendo que le compre de estos Le dijo mientras tomaba un paquete de pañales y continuó: -Son muy buenos y cómodos, ahorita le enseño uno Saco de un mueble un pañal y mientras le enseñaba a mami cada una de las características de pañal, le explicaba: -Mire tiene cubierta tipo tela, eso evita que su niño sude con el pañal, también tiene barreras anti-escurrimiento, que evitan que pueda tener un “accidente” y moje sus pantalones, solo tienen una cinta por lado, lo que hace más fácil ponerle el pañal y ajusta mejor, las cintas son re-pegables, así que si un día no moja el pañal puede usar el mismo al día siguiente, lo que le va a ahorrar mucho dinero, no le recomiendo que use el mismo pañal más de dos días ya que es como si fuera su ropa interior y se ensucia igual que los calzoncillos, pero como lo va a usar solo durante la escuela, cada pañal aguanta perfecto dos usos, también tienen aloe, lo que cuida muy bien la piel evitando rozaduras aunque no le cambien el pañal rápido cuando se moje, y con más razón si hizo popo. A mami le encanto el pañal pero no estaba segura que le quedara a su hijito: -Se ve muy bien el pañal pero lo veo muy chico, ¿si le quedara a mi hijo? -Claro que le queda, lo que pasa es que ha mejorado tanto la tecnología que ahora pueden hacer pañales muy chicos y de cualquier forma son muy absorbentes, si quiere le ponemos el pañal a su bebito y así comprueba que le queda -Pero tendríamos que abrir un paquete y forzosamente lo tendría que comprar aunque no le quede -No se preocupe, ahorita traigo una muestra gratis y con esa muestra vera que si le queda el pañal a su adorable bebe A David no le gusto para nada como se presentaban las cosas; ahora hasta le probarían un pañal como si fuera un bebito La vendedora regreso con un pañal que venía en una bolsa de plástico transparente herméticamente cerrada -Aquí tiene el pañal -¿Dónde se lo ponemos? -Vamos al baño de mujeres ahí hay cambiadores de bebes, seguro su niñito cabe en él -Pero mi niño es varón, ¿lo dejaran entrar al baño de mujeres? -Claro todavía es un niñito que necesita pañal David ni protestaba pero no estaba para nada de acuerdo con la situación, se atrevió a decir -Yo creo que si me va aquedar el pañal, mejor ya cómpralo, no necesito que me lo prueben La vendedora argumento: -Claro que te va a quedar pero es mejor que tu mami se quede tranquila y además así le enseño a ponerte el pañal, para que quede perfectamente bien puesto y no vayas a tener escurrimientos o rozaduras porque el pañal no está bien puesto. Así que caminaron al baño de mujeres, ya adentro la vendedora ayudo a mami a subir a David a la tabla cambiadora, de inmediato mami empezó a desabrochar los pantalones de David, la vendedora la interrumpió: -Deje que yo cambie a su hijo, usted lo va a tener que hacer diario, además así usted observa perfectamente como se lo pongo y aprende bien a poner en pañales a su bebito Así que la vendedora desabrocho los pantalones a David, luego le levanto las piernas para bajar los pantalones por sus piernas, no se los quito completamente, solo los bajo a la altura de los tobillos, luego le bajo el calzón, David quedo encuerado de la cintura para abajo, estaba rojo de pena, luego sintió como le volvían a levantar las piernas para pasar el pañal por debajo de sus pompas, mientras hacía esto la vendedora dijo: -Ya ve que fácil es poner en pañales a un niñito, le voy a poner tantito talco por las dudas, le recomiendo que además de talco le ponga crema de bebe para prevenir todavía mas una posible rosadura David sintió como le espolvoreaban talco, estaba tan apenado que le impidió disfrutar el momento, luego la vendedora pasó la parte de enfrente del pañal por su entrepierna y la ajusto en el estomago de David y pego las cintas del pañal para que quedara bien ajustado, luego le indico a David: -Párate tantito para que mami vea lo bien que te quedo el pañal David obedeció y se paro, se sentía ridículo en pañal y con los pantalones y sus calzones abajo, a la altura de los tobillos, mami comento: -Te quedo perfecto el pañal, te ves muy mono, ¿Cómo lo sientes? ¿Muy incomodo? -No me gusta para nada usar pañal -Bueno eso lo sé, pero no podemos hacer nada los vas a tener que usar en la escuela, pero ¿lo sientes muy incomodo? -No siento nada La vendedora dijo: -Le voy a subir los pantalones para que vea que no se nota para nada el pañal Efectivamente le subió los calzones y los pantalones, ya que termino mami comento: -Es verdad, ni parece que traes un pañal debajo de los pantalones, bueno vamos a subirte a la tabla cambiadora para quitarte el pañal y nos vamos a casa La vendedora dijo: -Se lo debería dejar puesto, así se va acostumbrando a usar pañal y cuando vaya a la escuela ya ni se dará cuanta que está usando pañal -Tiene razón, bueno pues me voy a llevar un paquete para probar y si funcionan bien luego vengo por más David interrumpió: -Oye pero si quítame el pañal -No, la vendedora tiene razón mejor te quedas un rato con él para que te vayas acostumbrando, al fin que llegando a casa te tienes que bañar y te quito antes el pañal Salieron del baño todavía con David refunfuñando por que no le habían quitado el pañal, la vendedora le entrego un paquete de pañales a la mami al momento que le sugería: -También tiene que llevar toallitas de bebe para que lo limpien cuando le cambien los pañales Mami dijo: -Tiene razón, casi se me olvida y también necesito talco y crema de bebe para que no se vaya a rosar mi niñito La vendedora le entrego un paquete de toallitas, un bote de talco y la crema de bebe, mami las puso en el carrito, se despidió de la vendedora y le dijo a David: -Bueno ya tenemos todo lo que necesitas, ahora vamos a comprar lo que hace falta para la casa

Al cole en pañales 2

Capitulo 2 “David se entera que va a ir a la escuela en pañales” 

 David y Sonia estaban tranquilamente viendo la tele cuando escucharon que su mami entraba al depa en el que vivían, había asistido a las juntas de padres antes del inicio de clases de la escuela donde asistían sus hijos, David cursaría el 4º grado de primaria y Sonia entraría a 2º de secundaria, en cuanto entro en la sala los dos le preguntaron cómo habían estado las juntas: -La tuya Sonia fue muy interesante, tocaron todos los temas que son importantes para que todo esté bien en el curso Y siguieron platicando sobre la junta, a David obvio no le interesaba mucho el tema, cuando vio que hacían una pausa de inmediato pregunto: -¿Cómo estuvo la junta de mi grupo? Su mami contesto: -También muy interesante, se ve que la Maestra Sandra tiene mucha experiencia dando clases, fue muy clara en todos los puntos, vas a tener que estudiar mucho y ser muy disciplinado para que no tengas problemas con la Profesora. A David no le gusto mucho lo que escucho, seguro era una Maestra muy exigente, su mami siguió hablando: -Algo que pidió no te va a gustar mucho David se quedo pensando que podía ser, pregunto: -¿Qué fue lo que dijo? -Bueno asegura que es un problema que los alumnos estén pidiendo a cada rato permiso para ir al baño, ya que asegura que es solo un medio para salirse del salón un rato, obvio esto interrumpe la clase y ocasiona mucho retraso, por eso ella no dará permiso para que vayan al baño, tendrán que ir antes de entrar a clases por la mañana, en el recreo o a la salida, David de inmediato interrumpió: -Y si me dan ganas cuando estamos en clases ¿Qué voy a hacer? -Bueno por eso es importante que vayas al baño cuando te mencione, así no te darán ganas en clases -Pero muchas veces no me dan ganas de ir al baño en el recreo ¿Qué hago? -Pues aunque no tengas ganas vas al baño y haces la poquita pipi que tengas, así aseguras que no te darán ganas en clases. David no estaba conforme, intuía que había una trampa que además se veía iba a ser algo muy difícil, así que se atrevió a preguntar: -Muchas veces aunque vaya al baño en el recreo me dan ganas en clases ¿Qué voy a hacer cuando eso me pase? -Pues no te va a quedar más remedio que hacerte pipi -¿¿¿En los pantalones??? -Bueno la idea es que nunca mojes los pantalones, por eso vas a ir a la escuela con pañal puesto -¿¿¿con que??? -Con pañales, la Maestra nos recomendó que los mandemos con pañal para evitar que mojen los pantalones, así si les dan ganas de hacer pipi en clases, simplemente mojan el pañal y en el recreo van a la enfermería a que les cambien el pañal y listo todo bien -Esta Maestra está bien tocada ¿Cómo cree que vamos a ir con pañal? ni que fuéramos bebes -No son bebes, pero a veces se tiene que usar pañal y no tiene nada de malo -Pues yo no pienso ir con pañal a la escuela -Claro que vas a ir con pañal, ya te apunte en la lista de los niños que van a ir a clase con pañal -Oye pero no soy bebito, no quiero ir con pañal, además dices que no es forzoso, así que mejor no llevo pañal -Tienes razón, no es obligatorio llevar pañal, pero es mejor que si lo lleves, imagínate cuando te den ganas en clase y no te quede más remedio que hacerte en los pantalones todos tus compañeros se van a dar cuenta que mojaste los pantalones, en cambio si mojas el pañal, nadie tiene por que saberlo -Pero todos van a saber que uso pañal -La mayoría de tus compañeros van a usar pañal, ni modo que se burlen de casi todos, además si mojas los pantalones te van a mandar a la enfermería a que te cambien y te van a poner pañal, pero sin nada arriba ya que mojaste los pantalones, ¿no es más penoso esto? -Pues pude ser que sí, pero no me imagino usando pañal, además no debe de haber pañales de mi tamaño, no soy un bebito -No te preocupes la Profesora ya nos dijo de cuales pañales hay que comprar, de hecho mañana los vamos a ir a comprar para que el fin de semana uses pañal y así practiques a ir al baño con pañal y el lunes estés preparado para ir a la escuela David estaba desconsolado, sentía terrible la sola idea de usar pañal y no abono nada a su estado de ánimo lo que su hermana comento: -Que mono bebito que va a ir a la escuela con pañal, supongo que también la van a dar mamila al bebito La mamá regaño a Sonia: -No te voy a permitir que te burles de tu hermano, no tiene nada de malo que vaya a la escuela en pañales, al contrario es bueno y te digo que si te vuelves a burlar o si se te ocurre contarle a alguien de esto, a ti también te voy a mandar en pañales a la escuela, ¿entendido? -Tienes razón mami, pero no es para que te enojes, solo se me hace vaciado que a los niñitos de primaria los hagan ir en pañales, que bueno que en secundaria no lo hacen, me moriría de pena. -Pues seguramente te vas a morir de pena, porque explico la Profesora que si esta política funciona bien, evitando que se pierda tanto tiempo por idas al baño, en un mes lo van a implementar en toda la escuela, desde jardín de niños hasta la secundaria y todos los niños tendrán que ir en pañales a la escuela –No creo que lo puedan hacer, en la secundaria nos opondríamos y no aceptaríamos por ningún motivo -Pues no lo van a poder evitar ya que los baños estarían cerrados durante las clases, solo en el recreo los abrirían, así que ¿Cómo irían al baño? Tanto David como Sonia se quedaron callados, no tenían mucho que decir, lo que si es que estaban consternados, en especial David que ya el siguiente lunes iría a la escuela en pañal, que oso.

domingo, 24 de enero de 2021

Aquellos 50 céntimos

Cuando cursaba el quinto grado, revisando una de las viejas carteras de mamá, tuve la suerte,  lo que es, -como se verá-, sólo una manera de decir, de dar en el fondo de una de ellas con un ajado billete de cincuenta pesos, apenas visible en medio de un  revoltijo de manoseados papeles, olvidado allí quién sabe desde hacía cuánto tiempo.
Seré breve, fue verlo y calcular de inmediato la cantidad de chocolatines blancos que podía comprar lo que me impulsó a silenciar el hallazgo para transformarlo, al día siguiente, camino del colegio, en varios puñados de mis golosinas favoritas.

Llegué a la  clase con más de treinta chocolatines guardados en la cartera entre los útiles escolares.

Para no delatarme, los primeros los consumí en el baño del colegio durante los recreos y los papeles a medida que los desenvolvía los fui arrojando al inodoro.

Recién rumbo casa comencé a preocuparme seriamente por el resto de los chocolatines y las posibles consecuencias de mis acciones, pues tenía plena conciencia de haberme apoderado de un dinero ajeno para malgastarlo todo en chocolate, sustancia que no me permitían consumir en exceso.
 

Ante mi se abrían entonces dos caminos: sincerarme con mamá y aceptar lo que sin duda caería enseguida, una severa reprimenda aderezada con alguna penitencia más o menos desagradable o bien cruzar los dedos, callarme la boca y, -que-fuera-lo-que-Dios-quiera-. Opté por lo último.

Al comienzo la suerte estuvo de mi parte, cuando llegué mi madre estaba muy atareada, apenas si me prestó atención mientras me ayudaba a quitarme el delantal y lo mismo durante el almuerzo.

Por la tarde tampoco me pidió los cuadernos ni revisó mi cartera, de manera que, después en mi habitación, mientras completaba los deberes, devoré uno a uno todos los chocolatines que quedaban.
 

La evidencia delatora, o sea los envoltorios, los fui escondiendo en el fondo de la cartera con el propósito de deshacerme de ellos al día siguiente en los baños del colegio.

Todo marchaba a la perfección hasta que, en algún momento, mi organismo dijo basta. 

A la hora de la cena llegué descompuesta, el olor de la comida me producía nauseas, rechacé la  cena aduciendo un fuerte dolor de estómago.

Resistí la insistencia de mi madre para que tomara algún bocado, lloriqueando aseguré hallarme descompuesta. Papá observó que tenía el rostro muy congestionado. Luego de un breve conciliábulo, resolvieron mandarme a la cama, donde me tomarían la temperatura y me llevarían un te digestivo.

Haciendo ascos tomé aquel brebaje, el termómetro no acusó fiebre, de modo que no creyeron conveniente molestar al médico por una posible indisposición pasajera. Resolverían qué hacer conmigo al día siguiente de acuerdo al estado que presentara…

Por la mañana antes de salir para el trabajo papá pasó por mi dormitorio a observarme y se despidió con un beso. Al salir le oí decir a mamá que yo no tenía buen semblante, que por las dudas no me mandara al colegio y me tuviera en cama hasta el mediodía, si durante la mañana llegaba a tener vómitos o me quejaba de dolores intensos entonces que llamara enseguida a nuestro médico.

 Un poco más tarde mamá me trajo el desayuno a la cama. Aprovechó para colocarme el termómetro en la ingle. Al levantarme el camisón descubrió mi abdomen salpicado de erupciones y algunas ronchas enormes en la parte donde había estado rascándome.  Pero no dijo nada, solamente me informó que no tenía fiebre y por último me examinó la lengua.

Yo, -a excepción de las molestias que me producía la picazón de la urticaria-, ajena por completo a las idas y venidas de mi madre, me encontraba en el mejor de los mundos. Hasta que escuché que hablaba por teléfono, al parecer con papá.

Sigilosamente salté de la cama y me arrimé a la puerta para escuchar. Alcancé a oír que respondía con enojo: “-Sí, sí claro, le voy a dar una enema enseguida, pero antes va a recibir una que ni se la imagina…”

No quise escuchar más, con el corazón en la boca, regresé de un salto a la cama. La perspectiva de la enema, sospechada desde el momento mismo que me hizo sacar la lengua, resultaba de por sí desagradable, pero lo que me resultaba más inquietante era la “otra cosa” que iba a darme…
 

Permanecía yo en la cama, inmóvil, angustiada y con el oído atento a cualquier movimiento que revelara la proximidad de mamá, cuyas idas y venidas desde la cocina al cuarto de baño acompañaba mentalmente.

Por fin apareció en la puerta para ordenarme que me calzara las pantuflas para acompañarla al baño. Lo que hice sin demora. Allí estaba ya todo dispuesto: colgada del respaldo de la silla una toalla grande y sobre el asiento la palanganita de plástico con la pera de goma para enemas, el pote de vaselina y un paquete de algodón.

Mientras ella desocupaba la silla para tomar sentarse y colocar sobre su regazo la toalla doblada en cuatro, me pidió que me sacara la bombacha. Después hizo que me colocara atravesada boca abajo sobre la toalla como hacía siempre cuando me ponían enemas o supositorios.
 

Lo que percibí, una vez instalada de cara al piso, no fue la habitual sensación provocada por el molesto pico de la pera de goma tratando de franquear la entrada de mi cuerpo , sino una inesperada, fuerte, sonora y ardiente palmada en medio de las nalgas, a la que siguió otra, otra y otra del mismo calibre e intensidad…

Mamá suspendió momentáneamente el castigo para formalizar  un detenido interrogatorio. Quería saber: cuándo, cómo, dónde y por obra de quién había conseguido yo los chocolatines…

En vano traté de ganar tiempo fingiendo no entender sus preguntas, eso le valió a mi desguarnecido trasero una crecida y violenta salva de azotes. Pues aunque aplicados con la mano abierta resonaban sobre mi piel como auténticos cañonazos.

Entre azote y azote, mamá, me hizo comprender que resultaba inútil que me hiciera la desentendida o tratara de negar los hechos porque ella había descubierto en mi cartera los envoltorios de los chocolatines y blancos, -¡nada menos!-, los más indigestos…

Entonces, entrecortadamente a causa de los sollozos confesé todo de Pe a Pa. A medida que la verdad salía a la luz, el enojo de mi madre crecía y el vigor de sus azotes también…

Nunca hasta esa oportunidad, en los once años y medio que llevaba vividos había sufrido una paliza como aquella pues si bien mis padres eran ordenados y estrictos, no empleaban conmigo  castigos corporales.

Ellos eran partidarios de las penitencias, aunque, -algunas veces-, a mamá sobre todo, cuando se le volaban los pájaros, se le iba la mano, entonces sí, me propinaba tirones de pelo o de orejas… En tanto papá, -en las contadas oportunidades que logré sacarlo de las casillas-, se vio ocupó de encajarme sobre la ropa un par de palmadas, pero jamás fueron azotes y menos en las nalgas desnudas.

Una vez terminada la sesión de azotes, extendida y llorosa recibí, creo que hasta con cierto alivio, la intrusión de la pera de goma y la descarga del líquido en los intestinos… El resto del día lo pasé en la cama.


Al cole en pañales 1

Capítulo 1:  “La junta”

La Profesora Sandra explicaba a los padres de familia las principales características de lo que sería la forma de trabajo para tener los mejores logros para el próximo curso que empezaría en unos días.

La profesora era nueva en la escuela, pero tenía gran experiencia como profesora en prestigiosas primarias privadas, cuestión que daba tranquilidad a los padres de familia.

Luego de explicarles temas como tareas, evaluaciones, paseos, comento el tema de la disciplina e indico:

-Como todos sabemos muchos niños y niñas son un poco mañosos y buscan cualquier oportunidad para perder el tiempo y desligarse aunque sea por un momento de sus obligaciones, una de las formas más fáciles que encuentran para poder salir de clase es el permiso para ir al baño.

-En mi experiencia de muchos años estoy segura que esta práctica ocasiona mucha pérdida de tiempo y distracción de los alumnos, en la escuela donde daba clases resolvimos que para evitar estas prácticas se prohibiera salir al baño durante las clases, los alumnos deberían ir la baño antes de entrar a clases por la mañana, luego durante el recreo y por último al salir de clases, es común que acabando de regresar de recreo muchos alumnos piden permiso para ir al baño, lo que yo me pregunto es ¿porqué no fueron durante el recreo?, simple durante el recreo se dedicaron a jugar y se olvidaron de ir al baño.

-Los alumnos de cuarto grado ya tienen la madurez suficiente para aguantar en la mayoría de los casos las ganas de ir al baño si van durante el recreo, así que no hay razón válida para pretender salir al baño durante las clases.

Una señora interrumpió preguntando

-¿pero qué pasa si un alumno efectivamente le urge ir al baño durante las clases? ¿Ni así lo deja salir?

La Profesora contestó:

-Cuando se pone una norma es para cumplirla siempre si no, no funciona y además es imposible saber cuando el alumno efectivamente fue al baño en el recreo y aun así le dieron ganas de nuevo, suele pasar esto ya sea porque tomaron mucho líquidos o por tomar alguna bebida con características diuréticas, en ese caso ese alumno está en un problema.

-¿Y qué va  a hacer ese alumno? Ni modo que se aguante tanto que se pueda enfermar, tendrá que hacer pipi ¿lo va a hacer en sus pantalones?

-No desde luego que siempre se les dice a los alumno que no se aguanten mucho las ganas, si tienen ganas durante las clases y todavía falta para la salida o el recreo lo mejor es que hagan pipi

Alarmada una señora preguntó

-¿¿¿En los pantalones???

La profesora contestó:

-Bueno para evitar que los alumnos mojen los pantalones o las faldas, nosotros recomendamos que manden a su niños con pañal, así si tienen un “accidente” solo mojaran los pañales

La misma señora cuestiono:

-Y si un niño no usa pañal ¿tendrá que mojar los pantalones?

-Pues sí, no le quedará más remedio que mojar los pantalones

-Pero no pueden obligar a los alumnos a usar pañales

– No los obligamos, como les dije antes, solo recomendamos que los manden con pañal, no es obligatorio, pero no lo vean tan tremendo, la experiencia marca que al principio los niños son muy renuentes a usar pañal pero poco a poco se van convenciendo que lo mejor es usarlos ya que así evitan mojar los pantalones, cosa que además de muy incomodo, obvio les da mucho más pena que usar el pañal ya que nadie se da cuenta que lo usa y menos si lo moja, en cambio al mojar los pantalones todos sus compañeros se dan cuenta y aunque estamos muy atentos  a que no haya ningún tipo de burla, ya sabemos cómo son los niños.

-Si un niño moja el pañal como digo nadie tiene por que darse cuenta, si lo mojo antes del recreo es muy importante que durante el recreo vaya a la enfermería a que le cambien el pañal para evitar rozaduras e incomodidades, pero insisto nadie se dará cuenta que mojo el pañal, bueno a lo mejor en la enfermería se encuentra a algún compañero, pero como este también fue a que le cambiaran el pañal no habrá mayor problema.

-Les voy a pasar un formato para que lo llenen los papas que piensan mandar a sus hijo en pañal, los que por el momento no los piensen mandar en pañal, en cualquier momento pueden decidir mandarlo en pañal, basta con que me manden un recadito y no habrá problema.

-Es importante que estén conscientes que si un alumno que no usa pañal tiene un “accidente” y moja su ropa, tendrá que ir en ese momento a la enfermería a que lo cambien, le pondrán un pañal, mismo que ustedes tendrán que reponer al día siguiente y como mojo su ropa obvio se quedara el resto del día solo con pañal, cosa que les da mucha pena, una cosa es que uses pañal y otra que lo traigas a la vista de todos.

-Además a partir del día siguiente tendrá por obligación que venir a la escuela en pañal todos los días hasta que acabe el curso, les aseguro que después de los primeros meses todos los alumnos de este grupo vendrán en pañal a la escuela, todos los niños tarde o temprano tienen un “accidente”, así que insisto, evítenle la pena a su hijo de mojar la ropa delante de todos sus compañeros y mejor mándelos desde el lunes en pañales.

-¿y qué pañales les compramos? Yo solo he visto de bebes y para adultos, pero creo que ninguno de estos les quedaran

-Efectivamente los pañales para adultos no les van a quedar, solo les van a hacer mucho bulto en la entrepierna, es mejor que les compren pañales de bebe, los pampers etapa 6 les van a quedar muy bien.

-No se les vaya a ocurrir ponerles de los pañales- calzoncitos que venden para niños que mojan camas, mi experiencia me dice que es común que estos calzoncitos no absorben lo suficiente y son comunes los “accidentes” en los que mojan la ropa

-Los padres que decidan mandar a sus hijos en pañales tendrán que enviar una pañalera o puede ser cualquier bolsa con dos mudas de pañales y con lo que quieran que limpien a su hijo cuando le tengan que cambiar el pañal, lo mas practico son las toallitas de bebe y pueden mandar talco y crema de bebe para garantizar que el olor a pipi se quite completamente.

Una mamá cuestiono:

-Siento que aunque esta puede ser una buena medida para evitar distracciones dentro del salón por idas al baño nuestros hijos se van a sentir discriminados con respecto al resto de los niños, ya que serán los únicos en la escuela que usen pañal

La profesora  argumento:

-En parte tiene razón, los niños pueden sentirse discriminados, sin embargo le diré que no tendrían porque los niños de otros salones enterarse que en este grupo la mayoría de los niños usan pañal

-Es muy difícil que no corra la noticia por toda la escuela, ya ven como corren los chismes

-Es cierto sin embargo aun cuando sepan que algunos niños de este grupo usan pañal, nunca sabrán con precisión quiénes son y por otro lado ni les conviene burlarse porque seguramente en poco tiempo toda la escuela estará igual.

-Quiero decirles que la Directora de la escuela está muy interesada en el tema y si funciona como le he dicho que opero en la escuela que estaba antes, su idea es poner la misma política en toda la escuela, desde jardín de niños hasta la secundaria, así que seguramente todos los niños terminaran en pañales.

Después de agotar el tema por completo pasaron a otras cuestiones y se dio por terminada la junta.


Falsificar la firma de mamá en la agenda del cole

Cuando yo tenía quince años, estudiaba Bachillerato en un colegio donde había unas normas y un control bastante estricto. Todos los alumnos teníamos que llevar un diario que servía de correspondencia entre los profesores y las familias en el que se anotaban además de los deberes cotidianos todas las incidencias sobre el rendimiento y comportamiento del alumno en la clase y los padres tenían que firmarlo diariamente.

Un día yo no hice ninguno de los deberes de ninguna asignatura. Todos los profesores me pusieron la correspondiente observación en el diario. Esto, añadido a la mala conducta que había venido demostrando últimamente y que también quedó reflejada en el diario, provocó que aquel día yo no se lo enseñara a mi madre y falsificara la firma. El problema es que el profesor tutor llamó por teléfono a casa y la puso al corriente de lo ocurrido. Como consecuencia de lo que había hecho, me expulsaron durante una semana.
Esa misma tarde de viernes, nunca se me olvidará, nada más entrar mi madre me preguntó por el diario. Yo no sabía qué hacer, pero tuve que entregárselo, lo leyó y ,señalando la firma falsificada, me dijo:
- ¿Te parece bonito?
Yo me quedé mudo. Sin más me llevó a mi habitación, se sentó sobre el borde de la cama, me desabrochó el cinturón, me bajó la cremallera, me bajó los pantalones, me bajó los calzoncillos hasta los tobillos y, mirándome cara a cara desnudo de cintura para abajo, me dijo:
- Prepárate. Ya verás cómo te voy a poner el culo. 
Después me tumbó boca abajo sobre sus rodillas, me quitó los zapatos,luego los pantalones y luego los calzoncillos, levantándome bien el jersey para dejarme todo el pompi al aire y bien a la vista, colocándomelo a su gusto para proceder a darme la azotaina. Yo, ante la vergüenza de la desnudez de mi trasero como de mis partes delanteras, que también se me veían y ante el hecho de imaginar, lo que me esperaba,pude notar el color rojo de mi cara, aunque no tan rojo ni mucho menos como tendría el culo dentro de unos instantes. Se quitó la zapatilla y comezó a propinarme unos buenos azotes. Después de un largo rato recibiendo unos buenos zapatillazos, el culo me ardía, me escocía y me dolía. Paró un momento para inclinar mi cuerpo un poco más hacia adelante y colocarme el pompis más hacia arriba, más en pompa con el fin de tenerlo más a la vista y poder pegarme mejor y aún más fuerte. Yo, como veía que la azotaina proseguía y ante el dolor que sentía en mi trasero y el que aún me quedaría probablemente por sentir, empecé a morder la manga del jersey para poder resistir mejor la dura de los azotes que me estaban dando. La zapatilla resonaba como si me estuviese rompiendo el culo en mil pedazos y esa impresión tenía yo también cuando se me clavaba en el pompis a cada azote que recibía. Me daba una tanda diez o doce azotes en cada lado y luego en el centro, abriéndome bien la raja para que pudiese sentir también allí el castigo. Se me hacía interminable y empezó a dolerme tanto que ya empezaron a saltárseme las lágrimas. Después de otro largo rato paró, me levantó y me mandó ponerme de cara a la pared, diciéndome:
- Te he dado doscientos azotes con la zapatilla, pero no he terminado todavía. Lo que has hecho no tiene nombre. Son muchas faltas gordas cometidas a la vez: no hacer los deberes de matemáticas, ni de historia, ni de lengua, ni de inglés (cuatro faltas graves ya), mal comportamiento en clase y la más grave de todas: falsificar la firma. Ponerte el culo como un tomate es poco. Te lo voy a dejar además bien señalado y en condiciones de que te acuerdes para toda la vida de la azotaina que te voy a dar hoy. Te aseguro que no te vas a poder sentar en una buena temporada y vas a estar sin poder ponerte el calzoncillo en unos cuantos días.
Dicho esto y después de unos minutos, cogió el cinto duro y ancho que utilizaba conmigo con frecuencia, colocó dos almohadas una encima de otra sobre la cama y me dijo:
- Ponte sobre los almohadones con el culo en pompa. Ya sabes cómo tienes que hacerlo. Vete preparando.
Yo casi no me atrevía a rechistar, pero aún así llevándome la mano a mi dolorido trasero desnudo y ardiente dije:
- Mamá, me duele mucho.
- Y más que te va a doler. Quítate también el jersey y prepara el culo para otros doscientos azotes y esta vez con el cinto.
Sentía pavor hacia lo que me esperaba y enrojecí de nuevo, pero tuve que obedecer. Me incliné sobre la cama, me coloqué sobre los almohadones y así, con el culo bien en pompa y completamente al aire, en la posición idónea empecé a recibir los terribles azotazos que empezó a darme con el cinto. Éste era tan duro que se me clavaba decidamente en el pompis, haciéndome el daño y las señales correspondientes y era lo suficientemente ancho como para dejarme todo el culo bien marcado en cuatro azotes dados de arriba a abajo. Aquello se me hacía irresistible. Mordía la manta para no chillar, pero aún así a veces se me escapaba algún gemido y lloraba a moco tendido. El pompis me dolía, me escocía y me ardía cada vez más. Cada vez que sentía un nuevo azote sobre él era como un fuerte latigazo lleno de furia, picor, escozor y  fuego. Después de unos cuantos azotes, volvió a colocarme el culo sobre los almohadones para ponérmelo de nuevo en la posición más idónea para azotarme en él con el cinto y me lo hizo levantar un poco más, lo que aumentó considerablemente el efecto de los azotes, dejándomelo castigado a tope. Cuando había terminado de contar los doscientos azotes, me ayudó a levantarme porque yo casi no podía, pues sentía como si el culo se me fuera a partir en mil pedazos. Así, con todo el culo al aire, más colorado que un tomate, hinchado y señalado a tope, y completamente desnudo me volvió a colocar de pie de cara a la pared, esperando la que iba a ser mi tercera tanda,  tal y como ella misma me anunció.
Pasados unos cuantos minutos, se sentó de nuevo sobre el borde de la cama, me tumbó otra vez boca abajo sobre sus rodillas y con todo el pompis a la vista me dio los doscientos últimos azotes que, esta vez con la mano, pero bien fuertes y, dados sobre mi trasero ya dolorido, más que castigado y hecho una pena, me hicieron dar algún que otro gemido. Al terminar la azotaina, me levanté a duras penas con las dos manos puestas detrás y llorando como una magdalena. Tenía los ojos llenos de lágrimas y éstas se deslizaban por toda la cara hasta la comisura de los labios y la barbilla. Mi madre aún me regañaba ante el dolor y la vergüenza que me producía el hecho de verme y de que me viera en esas condiciones: completamente desnudo por delante y por detrás y con el culo íntegramente al rojo vivo, hinchado como un gran globo colorado a punto de estallar y cubierto totalmente de líneas violáceas y de señales del cinto, de la mano y de la zapatilla. Cuando abrió la puerta del armario para que me lo viera en el espejo, mi vergüenza aumentó aún más y empecé a comprender las consecuencias de mis actos y, al marcharse de la habitación, me tumbé boca abajo sobre la cama llorando desesperadamente.
   Durante la semana siguiente, en la que estuve expulsado sin ir al colegio, mi madre me dio diariamente dos azotainas para que recordara bien lo que había hecho. La primera me la daba por la mañana en el cuarto de baño al salir de la ducha, tumbado sobre sus rodillas y con el cepillo de baño o la zapatilla. La segunda, por la noche, en el dormitorio antes de ir a la cama con el cinto. Siempre lo hacía con el culo al aire como era costumbre y en cada sesión me
daba doscientos azotes, que unidos a los que se iban acumulando ya me ponían a tono. La verdad es que en aquella ocasión me dejó el culo casi en carne viva.  Por supuesto que durante esta semana no me curó ni una sola vez. Solamente pasados estos siete días y acabadas las azotainas, empezó a curarme el pompis como lo hacía en otras ocasiones: tres veces al día me ponía con el culo al aire sobre sus piernas o sobre la cama y me lo curaba primero con alcohol, aunque viera las estrellas y después con una pomada que me aliviaba bastante. Estas curas duraron mucho tiempo. Después de la semana de expulsión, no volví al colegio hasta el siguiente trimestre, pues inmediatamente después llegaron las vacaciones de Navidad. Durante todas estas vacaciones no salí de casa porque estaba castigado y además no podía prácticamente sentarme ni ponerme tan siquiera los calzoncillos sin que sufriera seriamente al hacerlo. Me molestaba tener que andar por casa sin ellos y que mi madre me viera con todo el culo al aire, bien colorado, bien señalado, bien dolorido y bien castigado, pero tuve que reconocer que tenía razón cuando me advirtió al darme la azotaina de que iba a estar sin poder sentarme y ponerme los calzoncillos durante una buena temporada.
Las Navidades pasaron y yo tuve mis regalos de Reyes. Ya había tenido bastante con los azotes y no salir a la calle. El castigo fue muy duro, pero lo que hice fue también muy grave, y desde luego no volví a repetirlo. Aprendí bien la lección y no la he olvidado todavía, ni la lección ni el castigo que sufrí para aprenderla.

El castigo del director 2


- Señor Brown, aquí hay dos alumnas que vienen a verlo,- le comunicó su secretaria por el intérfono.
- ¿Les ha preguntado de qué se trata, señora Howard?
- El tutor de tercer curso las envía con una nota por hablar en clase de forma reiterada, señor. Por lo visto ha tenido que llamarles la atención varias veces.
Robert suspiró. Lo que le faltaba. Precisamente ahora, cuando más ocupado estaba. Por culpa de las reglas que sólo permitían al director imponer castigos corporales, Robert había tenido que quedarse hasta tarde en más de una ocasión. Cuando había aceptado este puesto, no se imaginaba que iba a pasar tanto tiempo calentando el trasero de las revoltosas alumnas de la escuela. St. Claire era una escuela muy exclusiva, presumía de un excelente nivel académico y deportivo y mantenía una estricta disciplina. Raro era el día en que no tenía que azotar al menos a una o dos alumnas. Algunas veces parecía que se pasaba toda la mañana disciplinando a una jovenzuela tras otra. En los cinco primeros cursos había un total de casi 450 alumnas, a razón de tres clases de unas 30 alumnas por curso. A las chicas mayores raramente era necesario castigarlas físicamente, aunque los casos de indisciplina más graves también debía resolverlos Robert.
Tenía ganas de decirle a la señora Howard que las hiciera esperar hasta que terminase lo que estaba haciendo, pero no quería hacerlas perder clases, así que con resignación le indicó que les preguntara el nombre y las hiciera pasar.
Las dos pequeñas, de unos nueve años, entraron lentamente, con los ojos abiertos como platos. Robert tuvo que reprimir una sonrisa. Aunque en su vida privada era bastante bromista, es cierto que trataba de cultivar una imagen de persona seria y severa para beneficio de sus alumnas, pero tal vez tuviera demasiado éxito: Algunas de las más pequeñas parecían temerle como si fuera un ogro. En fin, bueno estaba aparecer como el malo de la película si servía para conseguir que se comportaran.
- Susan Lloyd y Lila Thompson, ¿verdad?
Ellas asintieron tímidamente con la cabeza.
- Os han mandado venir a verme por hablar demasiado en clase. ¿No es así?
Otro asentimiento.
- Vaya, pues no parecéis muy habladoras para estar metidas en líos por hablar más de la cuenta. Está bien, sentaos y recordad que es de mala educación no responder cuando se os habla, ¿entendido?
- Sí, señor.
- Eso está mejor. Vamos a ver,- dijo, hojeando sus expedientes.- Susan, veo que ésta es la primera vez que visitas mi despacho, mientras que Lila ya ha estado aquí otras dos veces... Bueno, pues ya sé por qué estáis aquí. Debéis saber que no me gusta nada que mis alumnas impidan que las clases transcurran con normalidad.Pero todavía no he oído vuestra versión, así que si tenéis algo que decir en vuestra defensa éste es el momento de hacerlo.
- Señor, nosotras apenas estábamos hablamos,- dijo Lila, que parecía ser la que llevaba la voz cantante.
- Vaya, ¿queréis decir que vuestro profesor no está diciendo la verdad?,- se interesó Robert, implacable.
- No..., no, señor... lo que ocurre es que estaba todo el mundo hablando, y el señor Lewis gritó que nos calláramos, y todas se callaron menos Susan y yo, que no nos enteramos.
- Ya veo. ¿Y qué quiere decir eso de que estabais interrumpiendo la clase "de forma reiterada"?
Ante esta pregunta parecieron quedarse sin respuestas.
- ¿Es cierto o no que vuestro profesor os llamó la atención más de una vez? Si no lo es lo mejor será que me lo digáis para que yo lo llame y aclaremos este malentendido entre todos.
Lila no respondió y Susan se echó a llorar. Robert suspiró de nuevo.
- Vamos, vamos,- dijo, con más suavidad.- No hay para tanto. No os voy a comer. Pero me temo que no os habéis portado bien, y ¿sabéis lo que les pasa a las niñas que no se portan bien en Lakewood Hills?
- ¿Les mandan a su despacho?
- Exactamente. Y yo les doy unos azotes para recordarles que deben ser buenas... Vengan conmigo.
Robert se levantó y colocó en el centro de la habitación la vieja y robusta silla que solía utilizar para castigar a sus alumnas.
- Susan, acércate. Tú irás primera,- dijo mientras se sentaba, pensando que sería cruel hacer esperar a la pequeña que estaba más asustada.- Y Lila, mientras tanto tú vete al rincón y espera tu turno... Eso es, de cara a la pared... Y pon las manos sobre la cabeza... Buena chica.
Una vez que Susan estuvo delante suya, Robert introdujo las manos por debajo de su falda, agarró el elástico de sus braguitas y se las bajó hasta las rodillas. A las alumnas de más de diez años siempre les permitía conservar esa última capa de ropa durante los castigos, como concesión a su modestia, pero con las pequeñas no lo consideraba necesario.
- Venga, vamos allá,- dijo mientras la colocaba sobre sus rodillas y le doblaba cuidadosamente la falda sobre la espalda, dejando al descubierto su trasero desnudo.
Sin más dilación comenzó a azotar con la palma de la mano las nalgas de la pequeña. Los golpes no eran muy severos, porque estaba claro que se trataba de una niña bastante sensible, que ya estaba hecha un mar de la lágrimas ante el hecho de estar siendo castigada. No había necesidad de ser muy duro con ella para que aprendiese la lección. A pesar de todo, la mano del director cubría el trasero de Susan una vez tras otra, y los azotes y el llanto resonaban en el silencio del despacho.
En poco más un minuto Robert dio por concluida la azotaina y la ayudó a levantarse. Tras volverle a subir las bragas y alisarle la falda, le dio un beso en la frente y la abrazó, abrazo que la pequeña devolvió como si le fuera la vida en ella.
- Ya está, ya está. No llores más...,- la calmó Robert, con ternura.- Ya pasó...
Varios minutos después, cuando por fin consiguió que se dejase de llorar, Robert le indicó a Lila que se acercase y a Susan que ocupase su puesto.
- Está bien, jovencita. Es tu turno,- le dijo.
Tras prepararla del mismo modo que a Susan, Robert la tendió sobre sus rodillas y tras descubrir su trasero procedió a castigarla. Al contrario que su compañera, Lila parecía grande para su edad, y también bastante más dura. Robert tuvo que incrementar la fuerza de los azotes para obtener la reacción esperada.
Los azotes se sucedían uno tras otros, entremezclados con la voz de Robert, que reñía suavemente a la pequeña, y más tarde con los llantos de ésta última. Las azotainas de Robert no tenían un numero fijado de antemano de azotes, sino que se prolongaban hasta que la rapazuela de turno, cualquiera que fuera su edad, llorase arrepentida, y Robert considerase que había aprendido la lección. Por eso en esta ocasión el castigo duró al menos el doble de tiempo. Cuando acabó, sin embargo, Lila era una niña que lloraba desconsolada, con las nalgas totalmente enrojecidas y la lección bien aprendida.
"Bueno", se dijo Robert, "pues esto ya casi está terminado". No por primera vez, pensó que ahorraría mucho tiempo- y dolor de manos- si existiese una máquina automática de dar azotes. "En fin, no se puede tener todo."
Sin más, el director consoló a Lila, llamó también a Susan, les permitió sonarse en el pañuelo que tenía a tal efecto y las mandó de vuelta a clase tras darles un pequeño sermón para recordarles que si no querían ser castigadas lo único que debían hacer era comportarse como Dios manda.
"A ver si puedo tener un poco de paz", pensó mientras volvía a concentrarse en su trabajo.

El castigo del director 1


El director del colegio, Robert Brown, a pesar de su juventud ya tenía una experiencia de seis años en su puesto, y sabía cómo manejar casos difíciles como éste. En esos momentos
 miraba con rostro serio y desaprobador a la alumna que estaba sentada ante su mesa.
- Señorita,- dijo con su tono de voz más severo,- su comportamiento es totalmente inaceptable. Sus padres hacen un esfuerzo para pagarle la mejor educación, ¿y así es como usted se lo agradece? Ya es la segunda vez esta semana que es sorprendida haciendo novillos. ¿No tiene nada que decir?
La muchacha no parecía dispuesta a decir nada. A sus trece años, Kathy Symons ya había estado más de una vez en el despacho del director, pero su atmósfera seria e intimidatoria le seguía afectando como el primer día: 
Miraba fijamente al suelo y se mordía los labios, mientras jugueteaba nerviosamente con un mechón de su cabello pelirrojo.
- Ya lo suponía,- suspiró Robert.- No hay mucho que decir en su favor, realmente. Estoy empezando a cansarme de verla por mi despacho, ¿sabe? Hace tres días estuvo usted aquí y creo recordar que accedí a imponerle un castigo leve a cambio de que me prometiera tomarse con más seriedad sus responsabilidades. No me parece que se haya tomado usted muy en serio esa promesa, pero le aseguro que esta vez intentaré causarle una mayor impresión.
- Veamos...,- dijo tras pasar un rato ojeando el abultado expediente disciplinario de su alumna.- Ante un caso de reincidencia en una falta grave en una misma semana, el castigo normal para las alumnas de su edad sería una suspensión de un día, pero realmente no me gusta la idea de que pierda horas de clase justo antes de los exámenes. Además, siempre me ha parecido un contrasentido castigar con una expulsión de clase a las alumnas que hacen novillos. Así que voy a ofrecerle una alternativa: Puede escoger el castigo oficial o puede optar por el castigo que normalmente se reserva para las alumnas más jóvenes. 
¿Qué prefiere?
El rostro pecoso de Kathy se ruborizó visiblemente al preguntar:
- ¿El castigo que normalmente se reserva
 para las más jóvenes? ¿Se refiere a...?
- A esó exactamente me refiero, señorita. Puede usted elegir entre la suspensión o una buena azotaina. ¡Vamos! No tengo tiempo que perder. ¿Qué es lo que prefiere?
La chica se revolvió indecisa en su asientos. No era extraña a los castigos corporales que el director del colegio solía imponer a las alumnas más jóvenes, pero desde luego no esperaba volver a recibirlos a su edad. Por otra parte, tampoco le resultaba más agradable la perspectiva de tener que decirles a sus padres que la habían expulsado del colegio durante un día debido a su reiterado mal comportamiento.
- ¿Y bien?
- Yo... Yo elijo la azotaina, señor Brown,- consiguió decir Kathy con un hilillo de voz, ruborizándose aún más.
Es una pena que una jovencita tan encantadora esté siempre metiéndose en líos, pensó Robert.
- Muy bien,- dijo Robert mientras se ponía en pie.- Pues acabemos cuanto antes, por favor. Pase por aquí.
Se acercó a la sólida silla de respaldo recto que utilizaba habitualmente para estos menesteres y la colocó en el centro de la habitación.
- Vamos, no se haga de rogar,- dijo señalando con impaciencia a Kathy.- Acérquese aquí.
Robert se sentó e le hizo un gesto con la mano a Kathy para que se aproximara más. En cuanto la tuvo a su derecha, sin más ceremonia le puso la mano en la espalda y la empujó suavemente para que se tendiera sobre sus rodillas.
- Había esperado no volverla a ver en esta situación,- le dijo, desaprobador, mientras le plegaba la parte posterior de la falda para dejar al descubierto un bonito trasero enfundado en las braguitas blancas que prescribía el uniforme del colegio.- Pero está visto que éste es el único lenguaje que usted entiende. Ya va siendo hora de que crezca un poco y se comporte como 
 la pequeña dama que es, y no como una niña traviesa que necesita que le calienten el trasero para comportarse.
Le sujetó con una mano las muñecas y sin más elevó el brazo y descargó enérgicamente la palma de la mano sobre las nalgas de la niña. Ella se puso rígida y soltó un gritito de dolor, pero Robert no se conmovió lo más mínimo y continuó el castigo sin pausa.
- No, no te quejes tanto,- le riñó, sin dejar en ningún momento de azotarla.- Supongo que no esperarías que los azotes fueran tan suaves como cuando tenías 9 años, ¿verdad? Y aun así tienes suerte, porque te merecerías que fuera mucho más duro contigo. Estoy planteándome pedirle a tus profesores que me informen diariamente de tu comportamiento y repetir este intercambio de pareceres cada vez que no sea satisfactorio.
Kathy no se sentía afortunada, precisamente. El señor Brown estaba pegando más fuerte de lo que ella recordaba, y las bragas apenas proporcionaban protección frente a los vigorosos azotes. Y eso por no hablar de la vergüenza que sentía al estar allí boca abajo sobre las rodillas de su joven y atractivo director, con las bragas expuestas y recibiendo ese castigo tan infantil. Sin poderlo evitar, Kathy empezó a llorar.
- Por favor, no me pegue más,- suplicó.- ¡Duele mucho!
- Eso espero,- contestó Robert, inexorable.- De poco serviría si no doliese, ¿no es cierto? No pienses que me gusta tener que castigaros. De hecho creo que a mí me duele tanto como a vosotras. Pero es cierto eso de que quien bien te quiere te hará llorar. Más vale unos azotes a tiempo cuando lo necesitáis que tener que lamentarse luego.
Pero la pobre Kathy ya no lo escuchaba, pues estaba demasiado ocupada llorando y sacudiendo las piernas, tratando de escapar del dolor que parecía aumentar por momentos.
El castigo continuó aún un buen rato. Los azotes se sucedían a razón de uno cada dos segundos. Al cabo de un rato Kathy dejó de luchar y resistirse y simplemente se quedó allí tendida, llorando a moco tendido y resignada a que la azotaina no iba a detenerse hasta que al director le pareciese conveniente.
Por fin, Robert decidió que Kathy ya había recibido el mensaje con total claridad y los azotes se hicieron menos frecuentes hasta que finalmente se detuvieron por completo. A pesar de ello, Kathy siguió llorando durante un buen rato con la misma intensidad. Nunca había recibido una azotaina tan severa, y aún sentía como si su trasero estuviera ardiendo.
Robert la dejó permanecer allí unos minutos hasta que se hubo tranquilizado un poco. Realmente había sido bastante duro con ella. Hasta podía sentir el calor de las nalgas castigadas a través del fino tejido de las bragas. Y su mano le dolía bastante. Pero cualquier otra cosa hubiera sido una pérdida de tiempo, reflexionó.
- Bueno, ya está. Ya ha terminado todo,- trató de consolarla. La ayudó a incorporarse y le prestó su pañuelo para que se enjugara las lágrimas, a pesar de que ella todavía seguía llorando.
A Robert, quizá por motivo de su juventud, le gustaba mantener las distancias con sus alumnas y evitar las familiaridades, para que no le perdieran el respeto, pero en momentos como éste se permitía hacer una excepción, así que abrazó suavemente a Kathy hasta que ésta se calmó un poco.
- Ya está, señorita Symons, no llore más. A partir de ahora trate de que no tengamos que volver a repetir este castigo... Vamos, creo que ya conoce el procedimiento. Colóquese en aquel rincón de cara a la pared y con las manos sobre la cabeza.
Kathy tuvo que quedarse en el rincón durante veinte minutos, hasta que finalmente el director la dejó marchar, no sin antes recordarle que debía cambiar su actitud si quería evitar una repetición del castigo.

Iniciación a la zapatilla de mamá

 



Mi memoria no alcanza más allá de los cuatro o cinco primeros años de mi vida, pero por lo que he podido ver en el caso de mi hemana, los azotes han formado parte de mi educación en casa desde que tenía cuatro o cinco años. Probablemente a tan tierna edad mi madre se limitaría a darme un par o tres de azotes en el culo, sobre el pañal¹ o el pantalón y más como advertencia que como castigo. 

¹Llevaba pañal por las noches, ya que aún me hacia pipí


Pero a partir de los siete u ocho años ya supe lo que era una azotaina, aunque solo se tratara al principio de una docena de azotes con la mano; eso sí, ya con el culo al aire y sobre las piernas de mi madre.
Esto sería así hasta los 11 años, pues a partir de esa edad mi madre empezó a castigarme a base de severas y prolongadas zurras de zapatillazos, tal y como hacía con mi hermana mayor. Os contaré lo que ocurrió.
Era un caluroso anochecer de verano y tanto mi madre como mi hermana y yo andábamos por casa bastante ligeros de ropa. Mi madre llevaba un corto camisón que apenas le cubría los turgentes y ebúrneos muslos, bajo la fina tela azul se marcaban con voluptuosidad unos pechos pequeños pero firmes y unas bragas que más que cubrir remarcaban sus prominentes nalgas; aún no había cumplido los 40 y estaba maciza pero no gorda. Mi hermana andaría por los 10 años, y llevaba puesta tan solo una camisa rosa bajo la cual mostraba las blancas braguitas a la mínima que se agachaba. Yo llevaba puesto mi pijama de verano, de fina tela y manga y pantalón cortos, sin calzoncillos.
El colegio había terminado hacía dias y yo pasaba mucho tiempo en casa, con mi madre y hermana, practicando el noble deporte de chinchar a mi hermana, cosa que sacaba de quicio a mi madre. Ésta, harta de nuestras peleas, ya nos había amenazado en varias ocasiones con calentarnos el culo, pero no hicimos caso y acabamos por romper un jarrón especialmente valioso para mi madre, que al oir el estrépito acudió enseguida al comedor. Cuando vió el estropicio nos soltó una larga retahila de improperios, y al final acabó pronunciando la temible sentencia:
-Esta vez os la habeís ganado de verdad, os voy a dar tal paliza que vais a estar una semana sin poder sentaros.
Acto seguido agarró a mi hermana del brazo y la arrastró hasta la silla más cercana, allí se sentó y la hizo bascular hasta caer sobre su regazo. Yo no sabía si largarme corriendo, aunque no tenía dónde esconderme, y por si acaso mi madre me advirtió:
-Y tú quédate aquí cerca, que cuando acabe con tu hermana te daré tu merecido.
Dicho esto se quitó la zapatilla y empezó a sacudir el culo de mi pobre hermana aún cubierto por las braguitas, alcanzando algunos zapatillazos la parte superior de sus muslos, que enseguida se tiñeron de rojo. Mi hermana lloraba e intentaba escapar, pero estaba bien sujeta. Al cabo de 15 o 20 azotes mamá paró un momento la azotaina para proceder a bajarle las braguitas, dejandóselas justo donde empezaban los muslos. Mi hermana incrementó sus lloros y protestó:
-¡No mamá, por favor!¡Con el culo al aire no!¡No lo haré más, te lo prometo!
Pero cuando mi madre decidía darnos un buen escarmiento nada ni nadie podía impedírselo, y enseguida reanudó la tunda, alternando una nalga y luego la otra, azotando sin prisas pero sin pausas. Hasta 150 zapatillazos llegué a contar, y los diez últimos -especialmente fuertes- se los propinó con el talón de la zapatilla, más grueso y recio que la suela, logrando que mi hermana aullara como un cerdo degollado.
Cuando dio por finalizado el correctivo y liberó a mi hermana, ésta se dejó caer al suelo, en donde permaneció algunos segundos llorando aún a moco tendido y frotándose vigrosamente las posaderas, más rojas que una amapola.
En cuanto hubo recuperado el aliento, mi madre la mandó ponerse cara a la pared, con las manos en la cabeza, y acto seguido se dirigió a mí con aquella voz firme y autoritaria que no admitía réplica:
-Muy bien, jovencito, es tu turno. Ahora vas a saber lo que les pasa a los niños que no saben comportarse. Ven aquí enseguida.
-No mamá-protesté-. Me portaré bien, pero no me pegues.
-Demasiado tarde, necesitas un buen escarmiento y te lo voy a dar. Tienes exactamente cinco segundos para venir y tumbarte sobre mis rodillas. Uno, dos, tres...
Antes de que dijera cuatro ya estaba sobre su regazo, resignado a llevarme mi merecido con la mayor dignidad posible, aunque las lágrimas ya asomaban por mis ojos. En cuanto me tuvo donde ella quería, me bajó el pantaloncito del pijama hasta medio muslo, recogió la zapatilla que había dejado caer al suelo al terminar con mi hermana y empezó a sacudirme de lo lindo, primero una nalga, luego la otra, a veces atizándome una salva rápida sin cambiar de lado, otras veces llegando hasta los muslos y haciéndome brincar de dolor. ¡Cómo escocía la zapatilla de marras! Yo ya me había llevado un par de azotainas severas, pero sólo con la mano, pero es que ahora tenía el culo ardiendo. No conté los azotes, bastante tenía con no berrear como un loco, pero calculo que me cayeron más o menos el mismo número que a mi hermana en el par de interminables minutos que duró la azotaina. Conmigo también remató la faena con los consabidos diez azotes propinados con la parte del tacón, que me hicieron ver todas las estrellas del firmamento. Llorando tuve que colocarme también de cara a la pared, al igual que mi hermana, y mamá nos advirtió muy seriamente:
-Os quedareís así hasta que yo lo diga, y al que se mueva le mondo el culo a zapatillazos.
Estando en tan vergonzosa y humillante posición llegó mi padre a casa y se encontró con el cuadro, le dió un beso a mi madre y le dijo:
-Veo que estos dos han vuelto a hacer de las suyas.
-Pues sí, y esta vez han roto el jarrón chino, pero te aseguro que esta vez se han llevado un buen escarmiento.
Por suerte, para mi padre el jarrón no tenía el mismo valor que para mi madre, y además venía cansado del trabajo, que si no hubiéramos cobrado por partida doble. En vez de sacudirnos unos correazos (cosa que haría en alguna otra ocasión), se limitó a mandarnos a la cama sin cenar, no sin antes estamparnos un par de manotazos en el culo desnudo a mi hermana y a mí.
-¡Venga! A la cama sin cenar, y que no oiga ni una mosca porque si he de venir lo haré con el cinturón.
Llorosos y cabizbajos nos dirigimos a la habitación sin rechistar y nos acostamos, durmiéndonos calentitos pero sin demasiados problemas. Y, aunque el recuerdo de la zapatilla (o el gesto de mi madre amenazándome con ella) me mantuvieron bastante modosito un tiempo, no pasó ni un mes antes de que volviera a zurrarme la badana, y desde aquel momento la zapatilla fue el instrumento de disciplina preferido de mi madre, aunque en alguna ocasión usara algún otro que tuviera más a mano. Pero de todo esto ya os hablaré más adelante.

Mi madrastra Clara 2

Después de seguir saliendo con Clara durante dos o tres meses más, Papá y ella acabaron casándose. Es un poco raro asistir a la boda de tu propio padre. Mis hermanos pequeños participaron como pajes de honor o algo así, pero yo me negué en redondo. Papá no insistió, pero me dejó bien claro que más me valía portarme bien en la boda, porque no iba a tolerar que echara a perder una ocasión tan especial. Después de la ceremonia los dos se fueron una semana a Italia de luna de miel, y nosotros nos quedamos con los abuelos.
Cuando volvieron se me hizo un poco raro vivir en la misma casa que Clara. Desde el principio ella se dedicó a todas esas tareas de la casa que solía hacer yo y, aunque eso me dejaba más tiempo libre, me fastidiaba tener que reconocer que ella las hacía mejor que yo. También a mi padre se le notaba muy feliz, y mis hermanos, especialmente la chica, estaban encantados de tener una madre otra vez. Yo era el único que no la llamaba Mamá, y al menos ella respetaba mi necesidad de distancia y no intentaba tratarme como si fuera mi madre, lo cual me parecía muy bien.
Sin embargo, poco a poco empecé a mostrarme menos frío con ella. He de reconocer que era divertida y simpática, y nunca albergaba rencor por nada, así que se hacía difícil mantenerse enfadado con ella. Acabó por llegar el momento en que, aunque seguía llamándole Clara, nuestra relación había mejorado mucho, y ya no la veía como una intrusa sino como un miembro más de la familia.
Lo que voy a contaros a continuación fue un incidente que, aunque pudo haber significado el final de nuestro acercamiento, no sólo no lo hizo, sino que sirvió para unirnos más.
Todo ocurrió un día en el que salimos una hora temprano del colegio porque un profesor estaba enfermo. En vez de ir a casa, unos amigos y yo decidimos ir a un centro comercial. Estábamos riendo y contando historias, casi todas ellas inventadas, para impresionar a los demás. Entonces uno de nosotros contó que tenía un amigo que siempre que quería un juego de ordenador nuevo no tenía que esperar a que sus padres se lo compraran, sino que se lo metía bajo el jersey y salía de la tienda sin pagarlo. Algunos dijimos que no le creíamos, empezamos a discutir y una cosa condujo a la otra hasta que decidimos que lo íbamos a intentar por nosotros mismos. Lo echamos a suertes y me tocó a mí cometer el robo. A mí no me hacía ninguna gracia y estaba bastante nervioso, pero no podía echarme atrás sin quedar como un gallina delante de todos mis amigos, así que no tuve más remedio que aceptar.
Mientras todos los demás me miraban desde una distancia prudencial yo me puse a examinar los juegos. Me encontraba tan nervioso que estaba temblando como un flan, pero no podía acobardarme ahora, así que cuando me pareció que ningún adulto estaba mirando hacia mí, me metí un juego cualquiera debajo del abrigo y comencé a caminar hacia la salida.
Por desgracia, justo cuando estaba a punto de salir se me acercó un guardia de seguridad y me preguntó qué llevaba bajo el brazo.
Yo por poco no me muero allí mismo. Miré a la salida tratando de calcular si tenía alguna posibilidad de escapar, pero me di cuenta de que el guardia me estaba vigilando atentamente y no me atreví a intentarlo. Así que no tuve más remedio que darle el juego e ir con él hasta el despacho de seguridad.
Al entrar allí me di cuenta de cómo me habían pillado. El despacho estaba lleno de pantallas de televisión que mostraban distintas perspectivas de la tiendo. No había tenido ninguna posibilidad de éxito.
Me pidieron que dijera mi nombre y mi número de teléfono y yo se lo di. Me encontraba tan asustado que ni siquiera me paré a considerar la posibilidad de mentir. Estaba seguro de que iban a llamar a la policía y me iban a llevar a la cárcel.
Pero en vez de llamar a la policía llamaron a casa. Papá no estaba, claro, (esa mañana había salido para Madrid para asistir a un congreso de historiadores y no volvería en un par de días). La que respondió fue Clara y dijo que vendría enseguida.
Mientras esperábamos los de seguridad trataron de hablar conmigo, quizá para meterme miedo y que no lo volviera a hacer más, pero yo ya estaba tan asustado que casi no los oía, y al cabo de un rato se convencieron de que ya estaba tan aterrorizado como se podía estar, así que me dejaron en paz.
Al cabo de unos minutos llegó Clara y se puso a hablar con el encargado. Éste insinuó que estaban pensando presentar cargos contra mí, pero ella le rogó que no lo hiciera y le aseguró que sería castigado con severidad y que nunca me plantearía volver a hacer algo así. Finalmente el encargado se dejó convencer y nos dejó ir, no sin antes advertirme de que si me volvían a coger robando no tendría tanta suerte.
En el trayecto hacia casa no intercambiamos ni una palabra. Yo estaba destrozado y las pocas veces que la miré me di cuenta de que ella también estaba bastante humillada.
Cuando por fin llegamos a casa Clara me dijo que no esperaba de mí una cosa así, y me dio a elegir entre ocuparse ella misma de castigarme o esperar a que mi padre volviera. Yo lo último que quería era que mi padre se enterase de esto, porque sabía lo mucho que valoraba la honradez y que se sentiría totalmente decepcionado conmigo si supiese lo que había hecho.
Si me castigas tú, ¿se lo contarás a Papá? le pregunté.
No, por lo que a mí respecta, una vez que hayas sido castigado ese es el fin del asunto. Pero no creas que si eliges que te castigue yo vas a salir de rositas, me dijo mirándome a los ojos. Te mereces unos buenos azotes y eso es exactamente lo que recibirías.
Yo tragué saliva. Eso no sonaba nada bien, pero ¿cómo de fuerte podía azotarme Clara? Al fin y al cabo era sólo una mujer, no podía tener tanta fuerza como Papá. Además, si Clara cumplía con su palabra todo quedaría entre nosotros, y hasta ahora no me había dado la sensación de ser una mentirosa. Así que le dije que prefería que fuera ella la que me castigara.
Clara asintió y me dijo que la esperase en el rincón de la salita, de cara a la pared. Que ella me llamaría en cuanto se pusiese algo más cómodo. A mí me resultaba un poco ridículo eso de ponerme de cara a la pared como si fuera un niño pequeño, pero era mejor no enfadarla más, así que hice lo que me decía. Entre el calor que hacía y la preocupación por los azotes que iba a recibir estaba empezando a sudar.
Unos minutos después se volvió a abrir la puerta de su habitación y oí que me llamaba. Al entrar vi que estaba sentada sobre su cama, y ella me indicó que me acercara.
Creo que tú sabes que robar está muy mal, Jorge. Es muy poco honrado e incluso te puede meter en líos con la policía. Tu padre y yo esperamos mucho más de ti.
Diciendo esto, Clara me desabrochó el cinturón y me lo bajó hasta las rodillas. A mí me daba vergüenza porque solía ser muy modesto con ella, y no dejaba que me viera cuando no estaba totalmente vestido, pero comprendía que no estaba en posición de protestar, y que tendría que aceptar el castigo que ella quisiera imponerme. Seguidamente, me tendió sobre su regazo.
Yo me sentía extraño. Estar sobre las rodillas de Clara era muy distinto a estar sobre las de Papá. Me recordaba a las veces que mi madre me había dado unos azotes cuando yo era pequeño.
Casi me sentí aliviado cuando la azotaina comenzó, aunque pronto cambié de idea. Puede que Clara no fuera muy fuerte, pero nadie lo diría a juzgar por el modo en que azotaba. Los azotes cubrían todas mis nalgas, concentrándose más en la zona inferior, donde nos sentamos y donde la piel, según empezaba a darme cuenta, es especialmente delicada.
Estaba siendo azotado enérgicamente y el escozor comenzaba a hacerse insoportable. A pesar de que estaba decidido a no llorar, comencé a sentir que se me llenaban los ojos de lágrimas y empecé a moverme a un lado y a otro, tratando de evitar que los azotes cayesen en el mismo sitio varias veces seguidas.
De pronto, tan bruscamente como habían comenzado, los azotes cesaron.
Menos mal, pensé lleno de alivio. Ya no podía aguantar más. Traté de levantarme, pero ella no me dejó.
Tu azotaina acaba de empezar, muchachito. Ponte cómodo porque te vas a quedar justamente donde estás un rato más.
Mientras me decía esto, sentí cómo Clara agarraba el elástico de mis calzoncillos.
No, por favor... protesté débilmente, pero ella hizo caso omiso de mis súplicas y me los bajó lo suficiente para dejarme con el culo al aire.
La azotaina se reanudó con fuerza renovada. No podía creer que la diferencia fuese tan grande una vez que no tenía ninguna protección. Su técnica consistía en golpear tres o cuatro veces la misma zona con golpes rápidos y fuertes y pasar a otra. Con su mano libre me sujetaba para que no pudiese escapar.
Ella no decía ni una palabra, parecía como si toda su mente estuviese concentrada en su tarea. Yo por otra parte sí que emitía sonidos. Primero fueron unos gemidos como de cachorrillo apaleado y luego no pude aguantar más y empecé a llorar como un bebé y a suplicarle que parara y prometerle que sería bueno, que no lo volvería a hacer, cualquier cosa con tal de que ella parase.
Por fin pareció apiadarse de mí y los azotes se fueron haciendo más infrecuentes, hasta detenerse totalmente. Yo permanecí sobre sus rodillas, llorando.
¿Vas ¡PLAS! a ¡PLAS! volver ¡PLAS! a ¡PLAS! robar ¡PLAS! alguna ¡PLAS! vez ¡PLAS! en ¡PLAS! tu ¡PLAS! vida ¡¡PLAS!!?, me preguntó, puntuando cada palabra con un sonoro azote.
No, no, por favor, no sigas más, sollocé.
¿Me lo prometes?
¡¡Síiii!!
Está bien, te creo. Tu castigo ha terminado.
Me ayudó a incorporarme y me subió los calzoncillos, mientras yo no podía evitar frotarme vigorosamente la zona castigada. Entonces abrió los brazos y yo la abracé instintivamente, llorando en su regazo y diciendo que lo sentía.
Ella me estuvo consolando y acariciando la espalda un buen rato, hasta que dejé de llorar. Entonces me dejó que fuera a lavarme la cara, mientras ella iba a recoger a mis hermanos al colegio de al lado de casa.
En el cuerto de baño me miré el trasero y estaba rojo como un tomate.


Esa tarde yo estaba bastante callado y abatido, hasta que Clara me llevó aparte y me preguntó que qué me pasaba, que ya había pasado todo y yo estaba perdonado.
Es que ahora pensarás que soy un ladrón, le dije, mirando al suelo.
Pues claro que no, tonto, me dijo, dándome un abrazo. No pienso que seas un ladrón. Pienso que eres un chico muy valiente, que cuando su familia lo necesitaba ha cuidado de sus hermanos y ha llevado la casa adelante. Todos cometemos errores, especialmente cuando somos pequeños, y porque hayas cometido uno eso no te convierte en un ladrón. Tú has tenido demasiadas responsabilidades, pero todavía eres un niño y necesitas que te dejen seguir siéndolo y jugar y hacer tonterías como todos los demás niños. Eso no quiere decir, añadió con una sonrisa, que no vayas a ser castigado cuando te pases de la raya. Pero después del castigo serás perdonado y no se volverá a hablar del tema. Si tú me dejas yo cuidaré de ti.

 
Y Clara cumplió su promesa. No volvió a hablar del tema ni le comentó a mi padre lo que había pasado. Por mi parte, yo nunca volví a robar, aunque aún recibiría durante mi infancia varias azotainas más por diversos motivos, tanto de mi padre como de Clara.
En justicia tengo que decir que ella siempre se portó muy bien con mis hermanos y conmigo, y que yo acabé por quererla mucho, hasta el punto de que ahora me cuesta trabajo entender cómo pude tratarla tan mal al principio. Incluso me acostumbré a llamarla Mamá, lo cual no quiere decir que haya olvidado a mi otra madre, ni que vaya a hacerlo nunca. Cuando pienso en ella me da mucha pena saber que no voy a volver a verla nunca más. Espero que desde dondequiera que esté pueda vernos crecer y piense en nosotros. También me hubiera gustado que conociese a Clara. Creo que las dos habrían sido buenas amigas.